Sindicatos de los consorcios del Metropolitano realizaron un plantón frente a la Estación Naranjal reclamando la atención a sus demandas salariales y mejores condiciones de trabajo.
SINDICATO ÚNICO DE TRABAJADORES DEL AMAUTA DE LIMA VÍA EXPRESS – CONSORCIO DEL METROPOLITANO
Jorge La Cruz, secretario general adjunto del Sindicato Único de Trabajadores del Amauta de Lima Vía Express, despedido por el solo hecho de ser uno de los promotores de la organización del sindicato en julio del 2023, nos dice que la protesta es porque exigen aumento de salarios. El promedio de salarios es 1500 soles que no alcanza para nada. La empresa dice que “no tiene plata”. Otras demandas son la reposición de los dirigentes despedidos, también por haber fundado el sindicato, y contra el trato discriminatorio y los abusos contra el tiempo de refrigerio. “Si la empresa continúa con esa actitud nos vamos a ir a la huelga”, nos dice el dirigente.
SINDICATO DE TRABAJADORES DE TRANSVIAL LIMA SAC – CONSORCIO DEL METROPOLITANO
El compañero Daniel Oroya Pumarica, secretario general del sindicato de Trabajadores de Transvial Lima SAC, otro consorcio del Metropolitano, nos dice que el pliego de reclamos de este año está en extraproceso desde hace seis meses, ante la negativa de la empresa para resolverlo. Aumento de salarios y mejores condiciones de trabajo son las principales demandas que exigen, entre otras. El consorcio, dueños de españoles, les ha dicho que “no negocia con sindicato”, y que “no hay plata”. En esa línea, el pliego del año 2017-18 sigue pendiente de solución porque está en arbitraje. Y la demora es porque la empresa se niega a nombrar su árbitro. Otra denuncia que hace el dirigente es la negativa de la empresa a pagar la suspensión perfecta, reivindicación ya ganada por la vía judicial.
Plantón en estación Naranjal
Sindicatos del Consorcio del Metropolitano en pie de lucha (Amauta y Trasnvial)
A veintiún días de combativa huelga indefinida, la lucha se mantiene firme y contundente. Conversamos con Luis Nolorbe, secretario general del Sindicato de Trabajadores de la empresa Agregados Calcáreos – COMACSA quien nos informa sobre el estado de su lucha y el momento en que se encuentra.
¿Desde cuando están en huelga y por qué motivo?
Nos encontramos en huelga indefinida desde el 17 de octubre, dado que no hemos llegado a ningún acuerdo durante el proceso de la negociación colectiva, el trato directo.
Ahora en la etapa de extraproceso la empresa se ha sentado a negociar, pero sólo quiere negociar dos puntos: el aumento general y el pasaje por movilidad. Respecto al aumento solo propone 3.30 soles, es decir menos de lo que cuesta un tarro de leche. Respecto al pasaje, solo ofrece 0.30 céntimos de soles.
Nosotros consideramos que no es una propuesta razonable que esté alineada con el estado económico de la empresa. En realidad es una burla, pues según la actual información económica de la empresa (2022) esta es positiva. Ha obtenido buenas ventas, el doble de la obtenida el año 2021. Entonces, la empresa sí está en capacidad de atender nuestro pliego de reclamos sin ningún problema.
Plantón de Comacsa con otros sindicatos
Las autoridades del Ministerio de Trabajo ¿Cómo han actuado?
Respecto al Ministerio de Trabajo nosotros hemos presentado toda la documentación necesaria, de acuerdo a Ley, para irnos a una medida de lucha. Para nuestra sorpresa, el Ministerio nos ha declarado improcedente nuestra huelga dos veces. Aún así hemos mantenido nuestra lucha y hemos presentado la revisión de esas resoluciones adjuntando otras pruebas. Nos encontramos en ese trámite. Claramente la empresa está alargando las negociaciones esperando que el dictamen final del ministerio le favorezca.
Y ¿Cómo ha respondido la federación a la que están afiliados, la Fetrimap?
La federación en todo momento nos ha brindado el apoyo en lo que es asesoría técnica legal. También la solidaridad de sus bases. Es muy bueno que en estos días de huelga tengamos la solidaridad de clase. También nos apoya en el tema de capacitaciones.
Por último, ¿qué llamado haría a los otros sindicatos?
Que nos sigan brindando apoyo con su presencia. Sería bueno si este medio llega a oídos de otros sindicatos para lograr su apoyo. ¿No? La lucha de nuestro sindicato es una lucha de toda la clase trabajadora.
Luego de la pandemia del Covid 19 que trajo despidos masivos, quiebra económica, empobrecimiento general y pérdidas de derechos en la clase trabajadora, la situación no hace más que empeorar cada día, ahora por la recesión y el retroceso económico del país sin salidas a la vista.
Despidos en AJEPER
La peor noticia de estos días ha sido el cese colectivo declarado en la fábrica Ajeper y que dejó 208 obreros en la calle. Ajeper es un poderoso grupo económico nacional con plantas en diversas partes del mundo y perteneciente a la familia Añaños, cuyo patriarca, mientras hunde en la miseria a sus trabajadores, sueña con alcanzar la presidencia de la República para hacer lo mismo en todo el país.
El proceso de despido en Ajeper se inició el 27 de setiembre con la llamada suspensión perfecta de labores –que empieza por dejar sin salario a los trabajadores–, mientras se gestiona el proceso de desvinculación laboral para dejarlos definitivamente en la calle. En realidad se trata de una reestructuración, pues la empresa ha decidido cerrar varias líneas de producción en su planta de Huachipa para concentrarlas en otras de sus plantas del interior del país, sin preocuparse por respetar el derecho al trabajo, o con el expreso propósito de golpear a la organización sindical pues todos los afectados son sindicalizados.
Afiche del Sintragrupeaje por los ceses colectivos
Otras empresas no necesitan dar este paso y recurren a otros métodos como comprar renuncias o ajustan sus políticas de represalias para motivar despidos. Así sucede en las fábricas Molitalia y Celima, afectadas también por paralizaciones o suspensiones de actividades debido a problemas de mercado, y en las que se vienen sucediendo numerosos despidos, que los sindicatos apenas responden con demandas.
Huelgas y pliegos
En este mismo contexto, algunos sindicatos con negociaciones colectivas y que aún mantienen fuerzas organizadas, salen a la lucha.
El sindicato Medifarma viene de realizar una huelga de 23 días con la que alcanzó una modesta solución a su demanda salarial. El Sindicato COMACSA de la fábrica Agregados Calcáreos, realiza una huelga indefinida desde el 16 de octubre esperando también un aumento justo, mientras sobre su cabeza pende una resolución sobre la legalidad de la huelga.
El Sindicato de Artesco (SUTRART), empresa subsidiaria de la alemana Staedtler, realiza otra huelga desde el lunes 30 de octubre. Durante cinco meses el sindicato “dialogó” con la gerencia local sin resultado alguno. La huelga se realiza en forma combativa con el apoyo de las bases de Fetrimap.
Plantón del Sutrart en el Ministerio de Trabajo
Asimismo, con algo más de 200 trabajadores agrupados bajo sus banderas, el Sindicato de Química Suiza también está en huelga desde el jueves 2 de noviembre. La empresa pertenece al grupo Intercorp, uno de los más poderosos del país.
La huelga se desarrolla con plantones en el Ministerio de Trabajo y los frontis de algunas de las empresas del grupo, como la Torre Interbank, Vantivve Perú, Casa Andina. La empresa ofrece un aumento de 1.5 soles, es decir nada, ante una inflación que en lo que va del año ya supera el 7%.
Fetrimap – Marcha contra el Ministro de Trabajo (31/10/2023)
Aun sin dar el paso a la huelga otros sindicatos se movilizan y luchan de diversas formas. El Sindicato de Trabajadores de Smurfit Kappa Perú (ubicada en Paramonga), empresa de capital irlandés y con operaciones en más de 35 países y fabricante de papel y cartón, hace oídos sordos a la demanda de sus trabajadores. En tiendas Ripley, el combativo Sutragrisa continúa con acciones de protesta en las tiendas de la empresa demandando solución a varios pliegos desatendidos por la patronal.
En el sindicato de trabajadores de El Metropolitano, también se realizan movilizaciones por la misma demanda.
Plantón de trabajadores del Metropolitano
¿A dónde vamos?
Hay resistencias y cuanto más duras luchas que en el mejor de los casos alcanzan triunfos parciales, pero en un contexto donde predominan los golpes y el retroceso sobre el conjunto de la clase trabajadora. Por supuesto, los que más pierden son la mayoría precarizada y sin organizaciones sindicales.
Las direcciones de la Fetrimap y la CGTP llevan al desgaste y mayor retroceso a los trabajadores orientando sus esfuerzos a luchas aisladas por sus petitorios, en un contexto donde el ritmo de la confrontación viene marcado por la CONFIEP y se realiza bajo resguardo del gobierno reaccionario de Boluarte.
Lo que se necesita es canalizar estos esfuerzos y unirlas en torno a una lucha nacional que, bajo las banderas de las grandes jornadas de inicios de año con Fuera Boluarte y el Congreso, se proponga también derrotar a la política empresarial y alcanzar las soluciones que demanda nuestro pueblo, entre ellas el aumento general, la reposición de los despedidos y la defensa del derecho al trabajo.
La prensa peruana, haciendo eco de la prensa internacional, nos habla de una supuesta “guerra entre Israel y Hamas”. Más aún, nos dice que la culpa de todo es de Hamas, por haber atacado “territorio israelí” y haber asesinado población inocente.
Lo que no cuenta, es la masacre que el Estado sionista de Israel viene llevando a cabo en Gaza (Palestina), y contra el pueblo palestino en general, no solo desde el 7 de octubre pasado, sino desde hace 75 años.
Esta pintura (falsa) que la prensa hace de lo que está ocurriendo en Palestina es clave para los intereses israelíes e imperialistas, que buscan justificar el genocidio que el Estado sionista de Israel está perpetrando y la expulsión total del pueblo palestino de Gaza y Cisjordania ocupada… Entonces ¿Qué es lo que realmente sucede en Palestina?
Una larga historia de ocupación y opresión contra el pueblo árabe palestino
Lo que viene ocurriendo en Palestina es un episodio más de una historia de 75 años de genocidio y expulsión de la población árabe palestina, así como del robo descarado de sus tierras y territorios por parte del Estado sionista de Israel. Como contrapartida, esta historia realza la heroica e incansable lucha del pueblo palestino por conquistar su libertad.
Sin embargo, la opresión del pueblo palestino comenzó antes. Hasta 1914, el territorio palestino, al igual que el de Siria, Líbano, Jordania, Irak y Egipto, estaba ocupado y dominado por le Imperio Turco – Otomano. Tras la Primera Guerra Mundial, las potencias imperialistas triunfantes, particularmente Inglaterra y Francia, se repartieron el territorio del Imperio turco, sin tomar en cuenta el sentir ni los proyectos políticos del pueblo árabe en la región.
El objetivo del imperialismo inglés y francés era, en primer lugar, defender su posición dominante en el Canal de Suez, pero también, controlar las importantes reservas petroleras de la región y explotar a su población.
Palestina, entonces, quedó bajo el dominio de los británicos. Previendo las dificultades de mantener la ocupación de los territorios árabes tras la guerra, Inglaterra ideó, de la mano de las organizaciones judías sionistas, la colonización del cercano oriente con población judía europea. En tal sentido, en 1917, Inglaterra firmó la Declaración Balfour, en la que el imperialismo británico declaró formalmente su intención de apoyar la creación de un “hogar nacional judío” en Palestina.
Esto encendió la mecha de la lucha por la Independencia de pueblo palestino. Entre 1920 y 1935 tuvieron lugar varios motines y levantamientos en diversas ciudades como Jerusalén y Jaffa. Finalmente, en 1936 el pueblo palestino se levantó en armas contra el gobierno colonial inglés.
La gran revuelta de 1936
Tras una serie de enfrentamientos que terminaron en la muerte de dos colonos judíos, y cuatro palestinos en Jaffa, el 20 de abril de 1936 el pueblo palestino inició una huelga general. Las principales banderas de la huelga eran: terminar con la migración de colonos europeos judíos, prohibir la adquisición de tierras palestinas por parte de dichos colonos, y la formación de un gobierno árabe palestino.
Ante la situación, y aprovechando el levantamiento de la huelga en octubre del mismo año, el imperialismo inglés propone partir el territorio palestino para dar paso a dos entidades: una palestina y otra judía. Otorgando a esta última los territorios más fértiles del país.
El pueblo palestino se opuso a dicha propuesta, retomando la lucha en todo el territorio. Esta vez, la lucha ganó el apoyo de otros pueblos árabes. Así, se sumaron excombatientes de la “Gran revuelta siria” de 1925, y se produjeron multitudinarias manifestaciones de apoyo en Irak, Egipto y la propia Siria.
Los británicos respondieron declarando el estado de emergencia, y desataron una feroz represión contra el pueblo árabe palestino, condenando a muerte a los insurrectos. Para esto, trajeron unidades militares frescas desde Malta y del Reino Unido. Las fuerzas militares británicas – con el apoyo de las acciones de la organización paramilitar sionista “Haganá”, creada en la década de 1920– también multiplicaron las ejecuciones sumarias.
Cuando la revuelta fue sofocada (1939), habían sido asesinados 5.000 palestinos, 10.000 heridos y 5.697 fueron hechos prisioneros. Más del 10% de la población fue asesinada, herida, encarcelada, o debió partir al exilio.
La catástrofe (Nakba) palestina
Tras la Segunda Guerra Mundial, Estados Unidos, ahora primera potencia mundial, retomó el proyecto inglés de crear un enclave colonial de la mano del sionismo, dando impulso a la migración de colonos europeos judíos a Palestina.
Los horrores del holocausto judío perpetrado por el régimen nazi sirvieron de justificación ideológica para ganar apoyo a la colonización de Palestina.
En ese marco, en 1947, la ONU acuerda la partición del territorio palestino contra el sentir y voto de los pueblos árabes. El acuerdo otorgaba 54% del territorio a los colonos europeos judíos (33% de la población, incluída la franja agrícola), mientras que a la población Palestina, que constituía el 67% de la población, a penas el 45% del mismo.
Casi 6 meses después del acuerdo de la ONU, el 14 de mayo de 1948, los dirigentes sionistas autoproclamaron el nacimiento del Estado de Israel, y procedieron a la expulsión, mediante el asesinato, de la población palestina.
Campo de refugiados palestinos en Jarama (Damasco, Siria) luego de la Nakba (1948)
Solo en 1948, las milicias sionistas israelíes cometieron 70 masacres en los pueblos y ciudades palestinas, matando a más de 15 mil palestinos, hombres, mujeres, niños, niñas y ancianos, obligando a casi 800 mil a huir más allá de las fronteras de Palestina.
Desde entonces, el pueblo palestino resiste con todos los medios que tiene a disposición, el sistemático robo de sus territorios y el genocidio al que han sido sometidos.
La ideología de los ocupantes: el sionismo
No entenderíamos la brutalidad con la que el Estado de Israel ha masacrado durante décadas al pueblo palestino, sin comprender las bases de su política: el sionismo.
El sionismo es un proyecto político, impulsado originalmente por la pequeña burguesía judía europea, como respuesta al ambiente de creciente odio contra la población que profesaba la fe judía durante el siglo XIX en Europa. Entonces, fuera del selecto grupo de empresarios judíos que habían logrado asimilarse a la gran burguesía de los países imperialistas, masas crecientes de obreros y obreras judías se sumaban al torrente revolucionario de los pueblos de Europa, y abrazaban el socialismo como salida a sus problemas.
La gran burguesía judía, temerosa del crecimiento del socialismo entre el proletariado judío, abrazó entonces las banderas del sionismo para dividir a la clase obrera judía de la que no lo era.
En pocas palabras, el sionismo es una ideología y programa político ultra-nacionalista y de carácter religioso, que propone que todos los males del “pueblo judío” tienen solución en el retorno a la “tierra prometida” por Dios, esto es, Palestina. Visto así, solo el “pueblo judío” tiene derecho sobre dichas tierras, aunque nos las habitara entonces, y solo ellos tendrían el derecho de vivir en ellas.
Para el sionismo, el “pueblo judío” es el “pueblo elegido por Dios”, y por tanto, es superior a los pueblos árabes. Esta ideología supremacista no se distancia, por tanto, de la que usaron todas las potencias coloniales en el pasado, y peor aún, de la que el nazi-fascismo utilizó para justificar la masacre de judíos, polacos y demás pueblos que consideraban “inferiores”.
Un enclave militar del imperialismo
Pero lo que realmente es el Estado de Israel, es un gran “portaviones” en medio del mundo árabe. Así lo definió en la década del 80 el secretario de Estado estadounidense, Alexander M. Haig, durante el gobierno de Ronald Reagan. Entonces dijo “Israel es el mayor portaaviones estadounidense, es insumergible, no lleva soldados estadounidenses y está ubicado en una región crítica para la seguridad nacional de Estados Unidos”.
Y no les falta razón: además de estar ubicado en el corazón del mundo árabe, con sus ricas reservas de petróleo, la población israelí se encuentra militarizada. Todos los ciudadanos y ciudadanas israelíes tienen que acudir al servicio militar desde los 18 años, incluidos aquellos que tienen doble nacionalidad. Los hombres, por un período mínimo es de 3 años, y 2 años para las mujeres. Luego quedan como reservistas hasta los 51 años, debiendo recibir formación adicional cuatro meses cada año. El gasto militar israelí ya bordea el 5% de su PBI.
Es por esto que la segunda partida de gasto militar de los Estados Unidos, después de sus propias Fuerzas Armadas, es la que año a año destina como apoyo al Estado sionista de Israel. Esto ha promediado, de 2009 a la fecha, unos 3 mil 800 millones de dólares anuales.
Sin embargo, solo desde el 7 de octubre, el Congreso estadounidense ha aprobado el envío de 14 mil 300 millones de dólares adicionales al Estado de Israel.
Y como si fuera poco, Estados Unidos dona dinero para llevar nuevos colonos a Israel. Solo en 2020, entregó 5 millones de dólares adicionales con tal objetivo.
75 años de resistencia heroica
Es esta historia la que no cuentan los medios de comunicación, concentrados en señalar las acciones de Hamas como responsables de la masacre en curso.
La verdad es que el pueblo árabe palestino ha adoptado diversas formas de organización y lucha en estos 75 años de rabioso accionar sionista.
La primera respuesta ante la autoproclamación del Estado sionista en 1948, vino de los países árabes, quienes le declararon la guerra. Derrotados en las guerras del 48-49, el 56 (guerra del Sinaí, donde Israel tuvo el apoyo de Inglaterra y Francia) y el 67 (“Guerra de los seis días”), las dirigencias laicas y nacionalistas de los estados árabes iniciaron un curso de capitulación a la ocupación sionista.
En paralelo a esta lucha, en 1964 se constituyó la Organización para la Liberación de Palestina (OLP). Un frente de organizaciones palestinas bajo la dirección de Al-Fatah (Movimiento Nacional de Liberación Palestina), cuya cabeza visible era Yasser Arafat. Bajo la dirección laica de Fatah y la OLP, la resistencia palestina continuó mediante acciones guerrilleras y ataques selectivos. Su bandera era la existencia de un solo Estado palestino, laico, democrático, no racista, donde viva la población sin distinción de credos.
Latuff 2021
Para la década del 80, en medio de los cambios que se producían en el mundo, las dirigencias árabes avanzaron en su camino de capitulación al Estado sionista. Este mismo camino, comenzó a ser transitado por Arafat y Fatah. Esto llevó a que en 1987 estallara la primera intifada, respuesta de la juventud palestina que, piedras en mano, hizo frente a las fuerzas armadas de la ocupación. La primera intifada (1987 – 1993), nunca derrotada por la superioridad militar sionista, fue llevada al callejón sin salida de los “Acuerdos de Oslo”, donde la dirigencia de Fatah reconoció al EStado de Israel bajo la forma de la creación de dos Estados (uno árabe palestino, y el otro, israelí). La misma falsa propuesta que desde 1936 había sido rechazada una y otra vez por el pueblo palestino.
Entre 2000 y 2005 se desarrolló la segunda intifada. Y desde entonces, la ofensiva sionista contra el pueblo palestino no ha cesado. Gaza ha sido bloqueada y cercada. Cisjordania ocupada, constantemente sometida a la construcción de nuevas colonias sionistas. El pueblo palestino, arrojado a la miseria y a ser parias en su propia tierra.
Por una Palestina del río al mar
Por eso, las acciones del pasado 7 de octubre, que sacadas de contexto no parecen más que una acción terrorista, tal como la motejan los medios, es en realidad un acto de lucha de resistencia de un pueblo masacrado y oprimido al extremo por la ocupación sionista de sus territorios. Y por eso, esa lucha debe tener nuestro más absoluto e incondicional apoyo. Porque es la lucha de un pueblo entero por su libertad. Por su derecho a existir y gobernarse. Y por su derecho a volver del exilio.
Y somos claros: esta lucha solo puede triunfar con la destrucción del estado sionista, genocida y fascista de Israel. Como plantea Alejandro Iturbe en un reciente artículo publicado por la Liga Internacional de los Trabajadores (LITci), “…La destrucción del Estado de Israel y la recuperación del territorio palestino para su pueblo solo pueden conseguirse a través de una guerra llevada hasta el final…”. Y agrega, correctamente, “…Para derrotar militarmente a Israel y destruirlo, es necesario que sea atacado desde afuera “por todos los costados”. Es decir, desde la frontera de los países árabes limítrofes (Egipto, Líbano, Siria y Jordania) con el apoyo del conjunto de los pueblos árabes y musulmanes. La resistencia militar palestina debe ser una “chispa” que encienda la lucha revolucionaria y militar de los pueblos árabes contra Israel…”
Pero incluso esa acción por la destrucción del Estado sionista, de parte de los pueblos árabes de la región, debe ser rodeada de solidaridad activa. Esto es, de la movilización de los pueblos oprimidos de todo el mundo. De la clase trabajadora a escala mundial. Este es el llamado que hacemos también en nuestro país, para acabar con la barbarie sionista en Palestina. Por una sola Palestina, laica, democrática y no racista, desde el río hasta el mar.
La permanencia de Boluarte en el gobierno, de la mano de las fuerzas más reaccionarias y corruptas del Congreso, tiene un telón de fondo: la traición de las dirigencias y organizaciones políticas que se autodenominan “de izquierda” a la lucha que iniciaron los pueblos del sur del país a comienzos de este año.
No solo dividieron la movilización durante las semanas en que las delegaciones del sur llegaron a la capital para “tomarla”. Adicionalmente, sobre la frustración de esa oleada de luchas, impusieron una estrategia distinta a las movilizaciones que se han desarrollado de marzo en adelante.
El sur revolucionario
La característica fundamental del levantamiento de los pueblos del interior, particularmente de la sierra sur del país, con Puno a la cabeza, fue la paralización de actividades económicas y la movilización permanente, con métodos insurreccionales, exigiendo la caída inmediata del gobierno y del Congreso.
Esto fue posible, por la existencia de una dirigencia independiente a las viejas direcciones “de izquierda” concentradas en Lima y ligadas al Partido Comunista, a Patria Roja, así como a Nuevo Perú y el Frente Amplio. Todas organizaciones adictas al juego electoral.
Estas direcciones independientes encabezaron una heroica lucha. Pusieron los muertos ante la feroz represión del gobierno Boluarte, y aún así tomaron control territorial de provincias enteras y vías de comunicación (incluso declarado el “Estado de emergencia” en Puno, las Fuerzas Armadas no lograron tomar control de ciudades como Juliaca, ni transitar libremente por las carreteras, disciplinadamente defendidas por las comunidades).
También organizaron destacamentos de autodefensa, sobre todo en Puno, ante la arremetida asesina de las fuerzas armadas y policiales, lo que permitió a la población enfrentar mínimamente la represión.
Por último, bajo esa misma lógica, se lanzaron a “tomar Lima”, enviando miles de personas de diversos pueblos y ciudades de la sierra sur, en una acción que rememoraba la movilización que hirió de muerte a la dictadura fujimorista: la llamada “Marcha de los cuatro suyos”, con la expectativa de echar abajo a Boluarte al cabo de pocos días. Pero esto no ocurrió.
Las dirigencias evitaron el ingreso de la clase obrera
Tal como se dieron las cosas, los pueblos del sur pusieron “toda la carne al asador” durante los meses de diciembre de 2022 y marzo del presente año. Era clave, para que su estrategia de caída inmediata del gobierno y el Congreso fuera exitosa, que su lucha se fundiera con la acción de los pueblos de todo el país.
Y en particular, con la lucha organizada y consciente de la clase obrera, que desde las minas del país, campos agroindustriales, puertos y fábricas, así como desde sus barrios, debía tomar las banderas del sur para, sumando las propias, cortar toda posibilidad de respuesta del gobierno asesino de Boluarte y el Congreso.
Sin embargo, aunque la clase obrera simpatizó con la acción de los pueblos del sur, quedó presa de sus dirigentes nacionales que, más allá de cualquier discurso, se dispusieron a negociar con el gobierno, poniendo en práctica una estrategia distinta: llevar adelante un proceso de movilización controlado, convocando a “jornadas de lucha” esporádicas y con diversas consignas: a veces contra la corrupción, otras contra el alza del costo de vida, etc.
De esta forma, en lugar de fundir la lucha obrera y popular a nivel nacional, con el levantamiento del sur, la política de las dirigencias “de izquierda” (Partido Comunista, Patria Roja, Nuevo Perú, etc.) ha sido domesticar la movilización para llevarla al terreno del cálculo electoral. Esto es, a la espera de construir candidaturas que les permitan disputar una próxima elección, sea esta anticipada o no.
Parecer radical para llevar todo al desastre
La máxima expresión de esta política fue la convocatoria, de la noche a la mañana y sin ningún tipo de trabajo de bases que permita garantizar las medidas, a un Paro Nacional (19 de enero), primero, y a una supuesta “huelga nacional indefinida” (9 de febrero), después.
Esta acción “radical” en apariencia (el Paro Nacional y la Huelga general, de llevarse a cabo, habrían puesto sobre la mesa el problema de quién tenía el control del país), se convirtieron en su contrario y terminaron dando el puntillazo final al levantamiento del sur. Esto porque siendo convocatorias en la forma necesarias y correctas, no fueron trabajadas, de tal manera que nadie paró, dejando nuevamente solos a los pueblos del sur, creando en ellos mayor desconfianza hacia los trabajadores y trabajadoras de las ciudades, particularmente de Lima, consolidando la división del movimiento.
Retomar el camino de los pueblos del sur
Sin embargo, la única forma de superar el momento político que vive el país, en el que los sectores más podridos de la burguesía y sus partidos van ganando cada vez más posiciones en el aparato del Estado, pasa necesariamente por derrotar y echar abajo, tanto al Congreso como al Gobierno de Dina Boluarte.
Para esto, la única estrategia que la historia ha validado, es la que pusieron en marcha los pueblos del sur. Pero es necesario que dicho levantamiento superes las fronteras del sur andino y se extienda por todo el país, desde la amazonía hasta la costa. Y el único sector social que puede convertirse en la columna vertebral de dicho levantamiento, es la clase obrera, presente en todo el país, más allá de su lugar de origen y costumbres. Es la clase la que con su método (la huelga general), discutido y aprobado en las bases, armando coordinadoras de lucha zonales, y preparando sus comités de autodefensa, puede fundir en un solo torrente la lucha de todo el pueblo pobre y trabajadora contra el gobierno asesino de Boluarte, arrancando además soluciones concretas a los más diversos problemas que tenemos entre manos.
Pero esto no será posible sin superar a las dirigencias traidoras que, tras un ropaje ‘de izquierda’ y un discurso cada tanto, «radical», dividieron la movilización y han llevado a un punto muerto la lucha que se había desatado, con heroicidad y sacrificio en el sur del país.
Esas direcciones controladas por el Partido Comunista, Patria Roja, Nuevo Perú, y demás grupos «democráticos» y «progresistas», son los grandes responsables de que el gobierno asesino de Boluarte y el congreso se mantengan en pie. Es su adicción a las elecciones y a ocupar cargos en el Estado, lo que les lleva a traicionar la lucha obrera y popular.
Es preciso construir, por eso, dirigencias alternativas, que retomen y organicen la estrategia que nos mostró el Sur: Huelga general, movilización permanente, acción directa y autodefensa. Esa es la estrategia de la lucha obrera conciente y consecuente. Es la única que nos dará la unidad y victoria.
¿Sirve la declaratoria de “Estado de emergencia” en los distritos limeños de San Martín de Porres, San Juan de Lurigancho y la provincia de Sullana (Piura), para “hacer frente” a la inseguridad ciudadana?
Han pasado casi un mes, y la salida de los soldados a las calles de estos distritos se ha demostrado absolutamente incapaz de hacer frente al crimen organizado y la delincuencia, que continúan asesinando e imponiendo su accionar en dichas localidades. Prueba de esto es que tanto Lince, cómo el Cercado de Lima, se han incorporado a la lista de distritos declarados en Emergencia.
Entonces, ¿por qué el gobierno toma esta decisión? ¿A quién favorece con dicha medida? ¿Qué implica la declaratoria del estado de emergencia?
Una medida antidemocrática…
Cuando se declara el “Estado de emergencia”, lo que sucede de forma automática es que el gobierno fortalece su capacidad para usar la fuerza al margen de algunas normas que generalmente lo regulan.
Por ejemplo, de inmediato se dejan sin efecto ciertos derechos o garantías individuales que son básicas para el funcionamiento de lo que se considera un régimen democrático. Estos derechos son: la libertad de tránsito, la libertad de reunión, la inviolabilidad del domicilio y el derecho a la seguridad individual, que no es otra cosa que el derecho a no sufrir detención sin motivo justificado.
Este recorte general de derechos, se usa también contra quienes se reúnen para protestar, pues el derecho a la protesta supone la libertad de reunirse y de transitar. Al mismo tiempo, permite detener a cualquier persona sin que haya de por medio una orden judicial. Detenciones que los gobiernos extienden a cualquiera que consideren que es molesto/a para sus intereses, como dirigentes sindicales, sociales o políticos.
Pero además, la medida vende la falsa idea de que sacar a los soldados a las calles, “mantiene el orden” y permite “vivir tranquilos”. Esta idea, que además juega con la cultura autoritaria de nuestro país, es muy peligrosa para los intereses de la clase obrera y el pueblo, ya que de ser llevada hasta sus últimas consecuencias, la única manera de “vivir en paz” sería que una dictadura militar tome control total del país.
…que facilita el abuso y la corrupción
Sin embargo, los problemas no quedan ahí. La declaratoria del Estado de emergencia también permite a las autoridades echar mano de recursos y realizar contrataciones, sin pasar por los mecanismos de fiscalización que la ley establece. Esto facilita al extremo realizar actos de corrupción.
Otro tanto sucede con el abuso del poder que la declaratoria del Estado de emergencia entrega de hecho a las FF.AA. y policiales. La experiencia histórica, y también la reciente, muestran que ahí donde las FF.AA. y policiales quedan libres para actuar, asumiendo el control de las calles, se cometen los más variados abusos, desde actos de corrupción, hasta maltratos, vejaciones y violaciones directas a los derechos humanos.
Discriminación y estigmatización
Finalmente, la medida agrega un elemento discriminador y estigmatizador al declarar distritos de mayoría trabajadora, como son San Juan de Lurigancho (el distrito más poblado del país) y San Martín de Porres (creado en 1950 con el nombre de“Distrito obrero industrial 27 de octubre”) como zonas “tomadas” por el crimen organizado.
Es el mismo estigma de pobreza que pesa sobre los viejos barrios obreros de Lima y otras ciudades del país (El Rímac, La Victoria, Surquillo, etc.), empobrecidos por la desindustrialización a la que fue sometido el país tras la imposición del plan económico neoliberal, en los 90’s.
Boluarte busca fortalecer a las fuerzas represivas
Nadie puede dudar que en un ambiente donde la sensación de inseguridad crece, la presencia de más personas armadas en las calles (soldados y policías) puede generar en principio un sentimiento de alivio.
Sin embargo, la verdad es que sacar a los militares a las calles manifiesta la absoluta incapacidad del gobierno para hacer frente al flagelo de la delincuencia organizada.
Las grandes mafias que asesinan en las calles, son grandes empresas que, producto de la propia descomposición de la economía capitalista, arrastran tras de sí a los sectores más miserables de la sociedad, que terminan convirtiéndose en microcomercializadores cuando no, sicarios de esas grandes empresas.
No es casual que con el crecimiento económico de la primera década del 2000 (2004 – 2013), relacionado al alto precio de los minerales y materias primas, también se desarrollasen innumerables negocios ilícitos (minería ilegal, tala ilegal, pesca ilegal…) que junto al narcotráfico, defienden su existencia a balazos.
La reciente migración venezolana, expulsada por la miseria que vive el pueblo venezolano bajo la dictadura de Maduro, ha incorporado al país masas de personas en concidicones inhumanas de pobreza, dando nuevo impulso a la trata de personas y dotando de nueva “carne de cañón” a diversas bandas criminales.
Es la contradicción perniciosa de la economía capitalista, que concentra en poquísimas manos cantidades crecientes de riqueza, dejando a la enorme mayoría en la pobreza, la que se convierte en motor de la lumpenización de sectores enteros del pueblo trabajador.
Boluarte pretende ganar réditos con la declaratoria del Estado de Emergencia en los distritos mencionados. Quiere lavarle la cara a unas fuerzas armadas y policiales asesinas, que hace 9 meses terminaron con la vida de 49 personas, disparando a mansalva munición de guerra y perdigones.
Quiere que esas mismas fuerzas armadas sean aplaudidas como “héroes” de la supuesta lucha contra el crimen organizado, solo para volver a reprimir, cada vez que sea necesario, como ha declarado el Premier Otárola en una reciente reunión de empresarios mineros.
Por eso mismo, la clase obrera no puede depositar confianza alguna en la acción de las fuerzas armadas y policiales, al servicio de resguardar el orden capitalista, que nos empobrece y, en últimas, arroja a una parte de nuestra pueblo a los brazos de las bandas criminales que dicen combatir.
Un orden que convive con la criminalidad, como lo han demostrado los lazos que tiene la corrupción y el narcotráfico con el propio Estado.
Responder a la criminalidad con trabajo y autodefensa
Desde la clase obrera, la salida al problema del crimen organizado pasa, necesariamente, por garantizar trabajo y condiciones de vida dignas para la enorme mayoría de la población. Esto significa, recuperar nuestros recursos naturales para que la riqueza que se extrae de nuestro suelo y nuestro mar, para poner esas riquezas al servicio de nuestro pueblo. Para esto es necesario nacionalizar las minas, pozos petroleros, las plantaciones y la pesca. Significa garantizar un salario mínimo y pensiones iguales a la canasta básica de consumo. Significa hacer pagar a las grandes empresas, con impuestos a sus ganancias y patrimonios, la salud y educación públicas.
Pero también, significa reconocer el derecho colectivo, de las organizaciones obreras y populares, de hacer frente a la criminalidad de manera armada, creando rondas urbanas para la autodefensa. Organismos territoriales que, subordinados a las asambleas barriales, impongan orden y hagan frente a las bandas criminales. Estas rondas deben estar compuestas por mujeres y hombres elegidos por las asambleas barriales. Su nombramiento debe ser revocable en todo momento por la misma asamblea, y no deben recibir ningún pago adicional por su labor.
Así, como lo muestra el ejemplo de las rondas campesinas, será el mismo pueblo quien logre controlar la acción de las bandas criminales.
El mundo está siendo testigo ahora de otro capítulo de limpieza étnica en la continua Nakba: la catástrofe palestina desde la formación del Estado racista de Israel el 15 de mayo de 1948. En medio de una nueva masacre en Gaza, es asustadora la complicidad descarada ahora de los gobiernos de todo el mundo y la propaganda ideológica llevada a cabo por los medios de comunicación en manos de los grandes capitalistas, igualando al colonizador y opresor Israel con el pueblo palestino oprimido, que vive sometido a la colonización, el apartheid, la limpieza étnica, el genocidio.
Por: Soraya Misleh
Cubierta con la falacia de dos bandos en guerra, la distorsión de la información sería algo así como creer en una conversación “entre la espada y el cuello”. La frase es del marxista palestino Ghasan Kanafani, en una histórica entrevista a Richard Carleton en 1970, en Beirut, cuando le preguntaron sobre la posibilidad de negociaciones con el colonizador. Asesinado dos años después por Israel en la capital libanesa, a la edad de 36 años, su legado es fundamental para entender que, a diferencia de la desinformación que vemos, no se trata de una guerra circunstancial o puntual.
“No es una guerra civil, es un pueblo que se defiende contra un gobierno fascista. No es una guerra civil o conflicto, es un movimiento de liberación que lucha por justicia. […] Es un pueblo discriminado que lucha por sus derechos. Esto es historia”, enfatiza el revolucionario Kanafani, al refutar las engañosas preguntas y argumentos capciosos del periodista.
En la misma entrevista es categórico: “Nuestro pueblo prefiere morir de pie. Nuestro pueblo nunca podrá ser derrotado”. Una marca de la resistencia palestina heroica e histórica que inspira la lucha de los oprimidos y explotados en todo el mundo. Resistencia es existencia, en todos los aspectos de la vida cotidiana y legítima por todos los medios, no es una opción en medio de la continua Nakba.
El comienzo de la tragedia
La población palestina se enfrenta a la violencia del colonizador, en alianza con el imperialismo del momento –antes Gran Bretaña y ahora Estados Unidos, que envía miles de millones de dólares cada año a la industria de la muerte sionista– desde antes de 1948. La Nakba es un proceso inaugurado con el surgimiento del sionismo político moderno a finales del siglo XIX y su proyecto colonial.
Aún bajo el dominio del Imperio Turco-Otomano, Palestina fue elegida como destino de colonización en el 1er Congreso Sionista en Basilea, Suiza, en 1897. La determinación era asegurar una mayoría de judíos en tierras donde, hasta entonces, había una minoría palestina (sólo 6% al final de ese período). Para ello, la idea era promover la “transferencia de población”. Un eufemismo de limpieza étnica, vía oleadas de inmigración de judíos de Europa del Este y Central hacia Palestina que llevarían a cabo el proyecto de conquista de tierras y de trabajo, lo que debería ser exclusivo para ellos.
Los palestinos, por tanto, comenzaron a ser expulsados a principios del siglo XX. Su resistencia contra el mandato británico, que retuvo el territorio como botín entre las potencias aliadas vencedoras de la Primera Guerra Mundial (1914-1918), y la colonización sionista bajo su bendición marcaron las décadas de 1920 y 1930. Una poderosa revolución tuvo lugar entre 1936 y 1939. Derrotada por las acciones de los enemigos clásicos de la causa palestina revelados por Kanafani en “La revuelta de 1936-1939 en Palestina” (Editora Sundermann) –imperialismo/sionismo, regímenes árabes y burguesía reaccionaria árabe-palestina–, la población palestina quedó absolutamente vulnerable a lo que estaba por venir: la Nakba.
El 29 de noviembre de 1947, la primera sesión especial de la Asamblea General de las Naciones Unidas (ONU) recomendó la partición de Palestina en un Estado judío y otro árabe, con Jerusalén bajo administración internacional. Ahí comenzó la larga historia de complicidad brasileña con la colonización sionista. El diplomático brasileño Osvaldo Aranha presidió la sesión y votó a favor de la partición, que delegaba poco más de la mitad de esas tierras al colonizador, obviamente sin consultar a los habitantes nativos palestinos no judíos.
La resolución de partición fue la luz verde esperada por los sionistas, que habían garantizado alrededor de 30% de judíos en esas tierras, tras varias oleadas de inmigración. Doce días después comenzó la limpieza étnica planificada a principios de los años 1940. Lo que selló el trágico destino de los palestinos fue el Plan Dalet, llevado a cabo en seis meses, en 1948. El resultado fue que 800.000 palestinos fueron expulsados y más de 500 aldeas fueron destruidos. Alrededor de 15.000 palestinos fueron masacrados con refinamiento y crueldad. Hay casos documentados de genocidio en decenas de aldeas, que sirvieron de propaganda para la expulsión de palestinos en ciudades y pueblos vecinos, en que la violación de niñas y mujeres fue fundamental. Israel, con la complicidad del mundo, se creaba en 78% del territorio histórico de Palestina. En 1967, ocupó militarmente el 22% restante: Gaza, Cisjordania y Jerusalén Oriental. Otros 350.000 palestinos se convirtieron en refugiados y 13.000 fueron asesinados. La sociedad palestina sigue enteramente fragmentada: hay 13 millones, la mitad de ellos bajo ocupación y apartheid (incluso en las zonas ocupadas en 1948, donde hay 65 leyes racistas contra ellos) y la otra mitad en refugio/diáspora, privados del derecho legítimo de retornar a sus tierras.
Los palestinos nunca dejaron de resistir. En 1964 se creó la Organización para la Liberación de Palestina (OLP), que unos años más tarde sería dirigida por Yasser Arafat. Muchas acciones de guerrilla y directas marcaron el período posterior, en búsca de la liberación nacional y el fin de la colonización sionista. Muchas protestas y masacres marcan la historia reciente de Palestina, como Sabra y Chatila, por los falangistas en el Líbano, con auxilio de Israel y Estados Unidos, en setiembre de 1982, y otras.
En 1987 se desencadenó la poderosa Intifada (levantamiento popular) de “piedras contra tanques” y, para poner fin a este proceso, se iniciaron negociaciones secretas entre la OLP e Israel, bajo la mediación de Estados Unidos.
El resultado final es la firma de los Acuerdos de Oslo, el 13 de setiembre de 1993, una auténtica “paz de cementerios”. La OLP, que en su carta fundacional –reeditada en 1968 para incluir los territorios ocupados un año antes– declaraba el objetivo de liberar toda la Palestina histórica, desde el río hasta el mar, reconocía el Estado de Israel y se rendía a la ya muerta ”solución de dos Estados”: creación de un Estado palestino en sólo 22% del territorio: Gaza, Cisjordania y Jerusalén Oriental. Esta es la “solución” que la ONU y los gobiernos de todo el mundo siguen proclamando, injusta desde siempre y absolutamente inviable debido a la continua y agresiva expansión colonial sionista.
La espectacular escena, en la foto frente a la Casa Blanca, del apretón de manos hace 30 años entre Arafat y el entonces primer ministro de Israel Yitzhak Rabin, bajo la intermediación del imperialismo estadounidense en la figura del entonces presidente Bill Clinton, vendida al conjunto mundo como “paz” gradual, marcaba otro capítulo de la continua Nakba. Y, desde Oslo, con la ayuda del capataz que crearon estos acuerdos: la Autoridad Palestina, sin autonomía alguna, con total dependencia económica y cooperación en materia de seguridad con Israel. Cisjordania se dividió inicialmente en las zonas A, B y C (esta última representaba más de 60%, bajo control militar total israelí).
Las organizaciones palestinas en la diáspora fueron cerradas y debilitadas, vaciando el movimiento de solidaridad. Cualquier resistencia que surgiese en territorio ocupado fue reprimida por la AP en las áreas que pasaba a administrar, encarcelada por esta o entregada a Israel para componer su larga lista de presos políticos, incluidos mujeres y niños. No en vano el intelectual palestino Edward Said llamó a Oslo como la sumisión y el servilismo; en sus palabras, el “Tratado de Versalles” de la causa palestina.
El descontento por la continua ocupación desembocaría en una segunda Intifada, tras la provocación del carnicero Ariel Sharon en la mezquita de Al-Aqsa, el 28 de setiembre de 2000. Esto duró hasta 2005. Ese año, Israel decidió expulsar a 8.000 colonos de la franja de Gaza. El escenario para lo que vino después estaba preparado.
En 2006, el partido político de orientación islámica Hamás gana las elecciones legislativas en la Palestina ocupada, pero Israel y Estados Unidos no aceptan el resultado democrático. Se impone un cerco inhumano por parte de la ocupación sionista y se inician a continuación los bombardeos “a cuentagotas” o masivos, como se vio en 2008-2009, 2012, 2014, 2021 y ahora, en 2023. Los palestinos de Gaza fueron protagonistas de la “Gran Marcha del Retorno” en 2018, violentamente reprimida por Israel. Los francotiradores (snipers] dispararon y dejaron 189 muertos, entre ellos 35 niños, profesionales de la salud que intentaban socorrer a los heridos, y periodistas con chalecos de prensa, además de más de 20.000 heridos.
El pretexto es siempre que Israel se defiende como “civilización contra la barbarie”. Nada más falso. Es el agresor, el colonizador, el ocupante.
Sobrevienen asesinatos y violencia brutal. Sólo este año, y antes del 7 de octubre, Israel ya había asesinado a 270 palestinos, entre ellos 65 niños. El campo de refugiados de Jenin fue invadido por las fuerzas de ocupación sionistas varias veces desde principios de 2023 y en los años anteriores, con decenas de palestinos masacrados, estelas de destrucción y una situación dramática en la que los refugiados tienen que abandonar sus hogares y huir una vez más, desplazándose internamente.
Con cientos de ataques a los palestinos en medio de los horribles asentamientos coloniales que no paran de expandirse y usurpar sus tierras, puestos de control (checkpoints), muro de la vergüenza y todo el aparato del apartheid, Gaza ya estaba siendo bombardeada a “cuentagotas”. En la estrecha franja que ocupa 340 kilómetros cuadrados, sus 2,4 millones de habitantes, la inmensa mayoría de los cuales son jóvenes y de familias de refugiadas de la Nakba de 1948, la crisis humanitaria es dramática.
Con una aterradora historia de masacres masivas en los últimos 15 años y de cerco inhumano israelí hace 17 años, Gaza se ha transformado en una auténtica prisión a cielo abierto, donde nada entra ni sale sin el permiso de Israel, la mitad de los niños sufren desnutrición crónica, y la mitad de mujeres, anemia. Según datos de la ONU, 80% depende de la ayuda humanitaria, la pobreza alcanza 81,5% y alrededor de 50% está desempleado; entre los jóvenes, esta tasa salta a 64%. En el inhumano bloqueo, no tienen más de cuatro horas de electricidad al día, 96% de su agua está contaminada, sus áreas agrícolas envenenadas por Israel y las millas de pesca se reducen cada vez más. Un aplastamiento en el que los palestinos son sometidos a morir de hambre, de falta de infraestructuras para atención médica, y de que se les impida salir del territorio para buscar los tratamientos necesarios, o con una bomba sobre sus cabezas.
Haciéndose eco de lo que comúnmente escriben en las paredes y gritan –“Muerte a los árabes”– y amplificando la violencia que han impuesto rutinariamente a los palestinos durante décadas, los colonos sionistas han estado llevando a cabo pogromos en aldeas palestinas como Huwara y Turmus Ayya, en la Cisjordania ocupada, también desde principios de 2023, que reflejan la barbarie de un Estado asentado sobre los cuerpos y cadáveres de niños, mujeres, hombres y ancianos palestinos. En los últimos días, un colono prendió fuego a un niño palestino en Al Khalil (Hebrón), en la Cisjordania ocupada.
Pero ningún palestino fue buscado antes de los últimos acontecimientos frente al horror y la barbarie. La “ceguera” y el silencio cómplices de los gobiernos y los medios de comunicación explicitaban por qué los palestinos le dicen a todo aquel que los visita en tierras ocupadas: “Cuéntele al mundo lo que vio, porque la comunidad internacional nos abandonó”.
Nunca ha habido nadie que haya caracterizado la violencia histórica sionista como el terrorismo de Estado que es. A pesar de las numerosas resoluciones de la ONU condenando los crímenes contra la humanidad, la impunidad ha sido el sello distintivo en relación con Israel. En un documento recopilado entre julio de 2017 y noviembre de 2021, Amnistía Internacional concluye: se trata de un régimen de apartheid en toda Palestina, del río al mar. Human Rights Watch, así como la organización israelí de derechos humanos BT’Selem, entre otras, ya habían afirmado lo mismo en informes extensos y detallados.
El gobierno de Lula
Israel ha tenido una caída de su economía de 60% y enfrenta una crisis política y económica interna, así como una crisis mundial del sionismo. Sin embargo, gobiernos de todo el mundo siguen estrechándoles las manos manchadas de sangre, incluso en acuerdos militares. Brasil no está a contramano de esto: lamentablemente, durante los primeros gobiernos de Lula y Dilma, se convirtió en el quinto mayor importador de tecnología militar israelí. Los gobiernos estaduales siguen esta tendencia. Estas son armas probadas en verdaderos conejillos de Indias humanos a los que Israel convierte a los palestinos todos los días, y que luego sirven para el genocidio de pobres y negros y al exterminio indígena.
Al regresar ahora al gobierno, Lula mantiene la retórica de país “amigo de los palestinos” –que fue interrumpida cuando el genocida Bolsonaro asumió el asiento del Planalto, en su abierta y descarada propaganda ideológica sionista.
Desde entonces, los movimientos sociales y populares piden que se escuche a los palestinos. Estos vienen exigiendo desde 2005, cuando comenzó el movimiento BDS (boicot, desinversión y sanciones) contra Israel, el reconocimiento del apartheid sionista y la ruptura de acuerdos, empezando por un embargo militar inmediato. La referencia es a la campaña internacional de solidaridad que ayudó a poner fin al apartheid en Sudáfrica en la década de 1990. Pero hasta ahora, los oídos están sordos. La tradicional y pragmática diplomacia brasileña ha retomado, desde que Lula asumió su tercer mandato como presidente, la defensa de la “solución de dos Estados”. Ha estado emitiendo notas condenando los ataques de Israel, pero en la perspectiva de que “ambos lados” deben abstenerse de cometer actos de violencia y negociar. Un signo de igualdad entre oprimido y opresor repugnante.
La resistencia palestina, con la juventud a la cabeza, ante tal abandono y sin nada que perder, se organiza desde setiembre de 2022 en lo que llama la “Guarida de los Leones” y vuelve a armarse. Son jóvenes sin perspectivas, los llamados “hijos de Oslo”, que se encaminan hacia el martirio. La represión de las fuerzas de ocupación aumenta al ritmo de la expansión de la colonización. Hoy hay 5.200 presos políticos palestinos, entre ellos 170 niños y 33 mujeres, sometidos a condiciones degradantes y torturas. Su único crimen es resistir.
Ante la sorprendente acción coordinada de Hamás la mañana del 7 de octubre, que impuso una derrota política a Israel al revelar que la cuarta potencia bélica del mundo no es invencible, los medios de comunicación y los gobiernos de todo el mundo, incluido Lula en el Brasil, se apresuraron a condenar lo que ellos llaman ataques terroristas.
A pesar de las diferencias políticas, es necesario refutar esta caracterización. Hamás no es el Estado (contra)Islámico o Al Qaeda, como Israel quiere asociarlo, incluso mediante la difusión de noticias falsas (fake news). En la reunión del Consejo de Seguridad de la ONU que siguió a los últimos acontecimientos, el embajador de Israel, Gilad Erdan, incluso dijo: «Este es nuestro 11 de setiembre», en referencia a los ataques a las torres gemelas en Estados Unidos, en 2001.
La propaganda ideológica sionista busca disfrazar el terrorismo, que predomina en los medios de comunicación y del que incluso los apresurados analistas de la izquierda se han hecho eco, enmascarada o directamente. La famosa cita de Malcolm X encaja bien aquí: “Si no tienes cuidado, los periódicos te harán odiar a las personas que están siendo oprimidas y amar a las personas que están oprimiendo”.
Creada en 1987, Hamás es una organización que lleva mucho tiempo intentando sentarse a la mesa de negociaciones y ser aceptada como un interlocutor confiable del pueblo palestino. Con este fin, en 2006 incluso cambió su carta fundacional en la que pedía una Palestina islámica y aceptó la “solución de dos Estados” como principio del territorio a ser liberado. Ha buscado dialogar con gobiernos de todo el mundo. Su objetivo es garantizar un Estado palestino democrático burgués como cualquier otro, no socialista, como la LIT y sus partidos defienden, tras la liberación nacional de Palestina, del río al mar.
Además de señalar con el dedo al único responsable –el Estado de Israel, su brutal violencia histórica y representación actual, el primer ministro Benjamin Netanyahu y compañía–, es imprescindible resaltar que se trata de una lucha anticolonial por liberación nacional que tiene al frente una resistencia heroica e histórica que continúa inspirando a los oprimidos y explotados en todo el mundo.
Mientras tanto, los bombardeos a Gaza continúan a todo vapor, bajo declaraciones racistas como la del ministro de Defensa de Israel, Yoav Galant, quien abiertamente dijo que estaba tratando con animales, y que así es como deberían ser tratados los 2,4 millones de palestinos en Gaza. Ya son más de mil muertos, de los cuales 10% son niños. Los palestinos, una vez más, no saben si morirán de hambre o por las bombas. Es urgente, en este momento, comprender lo que Malcom X enseña: “La reacción del oprimido no puede confundirse con la violencia del opresor”. El grito palestino hoy es “¡Basta es basta!”
Lo habitual en Palestina ha estallado una vez más esta semana, cuando soldados de Hamás consiguieron salir de la Franja de Gaza y entrar en muchas ciudades del sur de Israel.
Por James Markin, La Voz de los Trabajadores, EEUU
La invasión terrestre de Hamás formaba parte de una campaña global que Hamás ha bautizado como “Operación Tormenta Al Aqsa”, que también incluía un enorme bombardeo de misiles y una serie de ataques de pirateo informático contra sitios web israelíes. El nombre de la operación alude a las continuas incursiones de Israel en el complejo del Monte del Templo de Jerusalén, que incluye la mezquita de Al Aqsa, considerada uno de los lugares más sagrados del Islam.
Esta operación es la mayor y más audaz ofensiva de una facción palestina desde la década de 1970. Tras romper el muro de Gaza el sábado, las tropas de Hamás y la Yihad Islámica Palestina (YIP) avanzaron, aparentemente sin oposición, por ciudades del sur de Israel como Sderot y Ashkelon.
Los días que siguieron a la invasión fueron los más sangrientos que Israel haya visto en décadas. Además de los cientos de muertos israelíes, las infraestructuras militares del sur del país quedaron destruidas. Vídeos difundidos por Hamás muestran a sus tropas destruyendo tanques israelíes en sus bases y lanzando explosivos a los soldados en los puestos de control desde aviones no tripulados. Los soldados de Hamás consiguieron llevarse a la Franja a un número desconocido de prisioneros tanto militares como civiles.
Esta violencia brutal de Hamás fue un claro resultado del asedio continuado de Gaza desde 2006. Desde que Hamás llegó al poder en la Franja, Israel ha llevado a cabo una campaña sistemática para impedir que los residentes lleven una vida decente o próspera. El bloqueo impedía a los gazatíes salir, mientras Israel bombardeaba infraestructuras e impedía a los palestinos pescar en el mar o explotar su aeropuerto.
Como escribió Karl Marx, describiendo la brutal violencia de los indios contra el dominio británico durante la Revolución de 1857, «Hay algo en la historia humana como la retribución; y es una regla de retribución histórica que su instrumento sea forjado no por el ofendido, sino por el propio ofensor…«. Del mismo modo, Israel ha forjado el arma que es Hamás a través de su guerra continua contra el pueblo de Gaza.
En respuesta a la operación de Hamás, Israel ha declarado la guerra y ha iniciado el proceso de formación de un gobierno de unidad nacional. Mientras los políticos israelíes comenzaban su trabajo en la Knesset, las fuerzas armadas israelíes no perdieron el tiempo y reanudaron su campaña genocida de bombardeos contra Gaza. Muchos expertos de todo el mundo temen actos de violencia aún peores por parte de las fuerzas armadas israelíes contra la población civil de Gaza en los próximos días. La última vez que Hamás tomó prisioneros, provocó una invasión terrestre israelí, y esta semana podría producirse una invasión terrestre mucho mayor.
La guerra también puede extenderse más allá de la Franja de Gaza. El lunes por la mañana, combatientes de PIJ se infiltraron en Galilea desde Líbano, lo que provocó bombardeos de represalia israelíes en todo el sur de Líbano. El grupo armado Hezbolá anunció que tres de sus miembros habían muerto en estos bombardeos israelíes y juró vengarse del régimen sionista lanzando sus propios cohetes. Dado el éxito anterior de Hezbolá contra las FDI en las dos últimas guerras del Líbano, esto representa el potencial de un segundo frente de guerra muy peligroso.
Del mismo modo, Israel ha anunciado un bloqueo de Cisjordania, cerrando los puestos de control entre las ciudades palestinas. En respuesta a la continua violencia, los palestinos de Cisjordania han anunciado una huelga general y grandes protestas han invadido el odiado puesto de control israelí de Qalandia, a las afueras de Ramala. Israel ha intentado dispersar estas protestas con fuego real, lo que ha causado la muerte de tres palestinos, entre ellos un joven de 16 años.
Mientras tanto, Israel ha dejado claros sus objetivos: la destrucción de Hamás como fuerza gobernante y de tantos palestinos como puedan matar en venganza junto con ellos. Aunque en su primera declaración Netanyahu dijo a los civiles de Gaza que su guerra no es contra ellos y les dijo que abandonaran la Franja, Israel ha seguido impidiendo la salida de los mismos, incluso bombardeando el paso fronterizo con Egipto. Esta mañana, el Ministerio de Defensa israelí ha difundido un vídeo en el que el ministro de Defensa, Yoav Gallant, califica a los gazatíes de “animales humanos” y promete cortar el suministro de alimentos, agua y electricidad a la Franja. Está claro lo que se avecina: un derramamiento de sangre a una escala que no se veía desde 1948.
Israel siente que puede matar impunemente porque Estados Unidos y sus países aliados en Europa le han dado luz verde para actuar. Joe Biden ha dejado clara su postura: cree que se debe permitir a Israel tomar represalias contra los palestinos sin límites. Todas las declaraciones procedentes de Washington han dejado claro que apoyan a Israel sin salvedades. Declaraciones similares han hecho potencias dentro de la órbita del imperio estadounidense, incluido el Secretario General de la ONU, que condenó a Hamás pero se negó a pedir el fin de los bombardeos israelíes.
Declaraciones así fueron hechas por políticos de todo el espectro político estadounidense, incluidos aquellos que habían sido respaldados por DSA como Alexandria Ocasio-Cortez y Cori Bush. En los espacios diplomáticos, Estados Unidos ha intervenido en contra de todos los intentos de pedir un alto el fuego, y en su lugar ha presionado para que se hagan declaraciones conjuntas condenando a Hamás y dando luz verde a Israel para que continúe su guerra contra la población civil de Gaza. Además, la Marina estadounidense ha ordenado la entrada en la región del grupo de ataque del portaaviones Gerald Ford. Este es un acto desnudo de agresión imperialista que revela que Estados Unidos no tiene ningún interés en la paz. Toda la fachada de un orden mundial burgués que se preocupa por los derechos humanos y las condiciones humanitarias se ha hecho pedazos mientras los jefes de Estado de EEUU y Europa aúllan por la sangre palestina.
El movimiento obrero internacional debe dejar claro que rechazamos las acciones de nuestros gobiernos para apoyar a Israel en sus interminables matanzas contra los palestinos. Varias grandes manifestaciones de apoyo a Palestina en ciudades occidentales como Nueva York demuestran que miles de personas están en desacuerdo con el sangriento consenso de sus gobiernos con Tel Aviv. Debemos oponernos totalmente a las falsas declaraciones contra la violencia de nuestros gobiernos, que se niegan a condenar igualmente los horribles ataques antihumanos contra Gaza. Debemos dejar claro que nos negamos a participar en cualquier escalada del conflicto y protestamos contra cualquier ayuda de guerra enviada por EEUU para permitir los crímenes de Israel. Debemos movilizarnos en nuestros sindicatos para unirnos al movimiento BDS y boicotear cualquier arma que se envíe a Israel. Debemos mostrar que los trabajadores del mundo se oponen al genocidio planificado de Gaza.
Sin embargo, mientras que la clase obrera internacional debe unirse en solidaridad con Palestina, la verdadera lucha por el futuro del país debe ser resuelta por los palestinos. Mientras los sionistas mantengan su sangriento dominio a través del aparato del Estado de Israel, el derramamiento de sangre y la violencia serán inevitables. El Estado de Israel debe ser desmantelado y sustituido por una Palestina democrática y laica. Aunque la capacidad militar de Hamás es claramente mayor de lo que nadie sospechaba, operaciones como Al Aqsa Typhoon no pueden, en última instancia, vencer al Estado de Israel. Los dirigentes de los grupos palestinos heredados, como Hamás y Fatah, luchan por seguir siendo relevantes, ya que su estrategia ha fracasado durante décadas a la hora de avanzar hacia un futuro habitable para los palestinos.
Lo que hace falta es que la clase obrera palestina se unifique tras una sola bandera en Gaza, Cisjordania, los territorios de 1948 y la diáspora, con el apoyo de la clase obrera árabe e internacional en general. Sólo un frente tan amplio y unificado de la clase obrera es capaz de hacer una revolución que pueda derrocar la colonización sionista y avanzar hacia un futuro socialista en Palestina.
El pueblo palestino esta nuevamente en lucha en defensa de su terriorio y contra la ocupación colonial sionista-israelí apoyada por el imperialismo.
Israel ha ordenado un ataque masivo por aire, tierra y mar contra Gaza, el pequeño territorio en el que ha sido arrinconado el pueblo palestino tras largos años de ocupación, y desde donde mantiene su heroica resistencia, y donde ya se vienen produciendo cientos de víctimas entre los que se cuentan niños y mujeres, por el criminal bombardeo israelí.
En rechazo a esta nueva masacre del pueblo palestino y en muestra de solidaridad con su lucha, la Federación Palestina del Perú convoca a una concentración el miércoles 11 de octubre a las 5.00 p.m. frente a la Cancillería peruana (Jr. Ucayali 363), Lima.
Llamamos a los trabajadore y trabajadoras, y a la juventud, a sumarnos a este acto, haciendo nuestra la lucha del pueblo palestino por recuperar sus territorios históricos y por la construcción de una Palestina unida, libre, democrática, laica y no racista.
La reciente masacre realizada por Israel en el campamento de refugiados palestinos de Jenin, en Cisjordania, ha vuelto a mostrar sin máscaras el carácter usurpador de Israel en Palestina y su esencia violenta y agresiva contra los palestinos. Mostró también que el pueblo palestino no se rinde y resiste heroicamente, en especial los jóvenes[1].
Como vanguardia de esta lucha, cada vez más, la juventud palestina avanza en su conciencia política de la esencia del conflicto y en sus métodos de lucha. Así lo comprueba un extenso reportaje de la BBC[2].
Entre los diversos temas tratados por este artículo, queremos referirnos especialmente a su rechazo a la supuesta solución de los “dos estados” que se dividirían el territorio de Palestina: uno judío (Israel) y otro palestino. Fue la concepción con que la ONU creó Israel, en 1948, legalizando la usurpación de la mayoría del territorio palestino, y hoy continúa siendo defendida por muchos dirigentes internacionales, parte importante de la izquierda mundial y por la ANP (Autoridad Nacional Palestina) y su principal corriente política (Al Fatah). Sobre esta supuesta “solución”, la BBC nos informa:
“Dirigentes internacionales pasaron décadas defendiendo la coexistencia pacífica de dos estados: uno israelí y otro palestino. Pero datos obtenidos por la BBC muestran que esta idea tiene cada vez menos adeptos, principalmente entre los jóvenes palestinos, que también parecen no creer en sus propios líderes. Esos datos exclusivos indican que la juventud palestina está rechazando cada vez más la idea de una solución de dos Estados para el conflicto”. Janna Tamimi, de 17 años, mostro “desdén” cuando le preguntaron sobre esto: «La solución de los dos Estados es un cliché pensado por Occidente que no considera la situación real».
Desde hace décadas, la corriente morenista y la LIT-CI vienen debatiendo que los “dos estados” no representan ninguna solución contra los sectores de la izquierda mundial y las propias organizaciones palestinas que las defienden.
Entre otros muchos artículos, mencionamos uno de Alejandro Iturbe publicado en la revista Marxismo Vivo, en 2011, recientemente reproducido en esta página[3]. El texto referido a los dos estados es el siguiente:
“A pesar de su carácter restringido, después de tantos años de sufrimientos y de no contar con su propio país, esta propuesta es vista, incluso por sectores del propio pueblo palestino, si bien no como la “solución ideal y más justa”, al menos, como un paso adelante al que el gobierno israelí se opone, un punto de apoyo para seguir avanzando.
En este sentido, no es más que la continuidad de la resolución de la ONU de 1947. Volvería a sancionar y legalizar internacionalmente el robo y la usurpación que significó la creación de Israel, incluso si se adoptase sobre la base de las fronteras previas a la guerra de 1967. Al mismo tiempo, el pueblo palestino quedaría definitivamente dividido en tres sectores, mucho más débiles.
El primero de ellos, el millón y medio de palestinos que viven dentro de Israel, serán condenados cada vez más a soportar aislados los ataques de los gobiernos israelíes que quieren borrar su memoria y su historia (por ejemplo, la prohibición de recordar la Nakba); irles quitando la nacionalidad israelí a quienes no juren fidelidad a Israel y el sionismo; y, finalmente, como es el plan de Lieberman, expulsarlos directamente o dejarlos en condiciones insostenibles como a los que viven en Jerusalén oriental.
Los tres millones y medio de Gaza y Cisjordania, habitantes del futuro mini-Estado “independiente”, deberán vivir en un país fragmentado, sin ninguna viabilidad de autonomía económica e, incluso, si se cumplen los compromisos que está aceptando Abbas, sin fuerzas armadas y con sus fronteras patrulladas por tropas de la OTAN. En otras palabras, un poco más que la actual ANP, igualmente cercados por Israel y su bota militar, sólo que formalmente más “independiente”.
Finalmente, los cinco millones que viven fuera de Palestina verán definitivamente liquidado su derecho de retorno. Ése es el contenido de hecho de la creación de los de los “dos estados”: al aceptar esta resolución, se acepta que las tierras robadas y usurpadas de las que fueron expulsados sean definitiva y legalmente israelíes. Y el mini-Estado palestino no ofrecerá ninguna posibilidad objetiva (ni económica ni de tierra) de que se radiquen allí.
Con su política, las direcciones de Al-Fatah y Hamas expresan básicamente los intereses de los sectores burgueses de Cisjordania y Gaza, para quienes la creación del mini-Estado palestino podría traer algún beneficio. Pero lo hacen a costa de sacrificar a los otros dos sectores. Esencialmente a los exiliados que, como vimos, perderían cualquier posibilidad de retornar.
Y esto se refleja en las movilizaciones recientes, donde la vanguardia pasó a ser la juventud palestina que vive en Siria, Líbano o Jordania, y también la de países más alejados. Para ellos, como expresó Soraya Misleh (una periodista brasileña de origen palestino) en una entrevista publicada en la revista Correo Internacional No 5, el derecho de retorno es innegociable, y el eje movilizador es: ¡Vamos a volver a nuestra tierra![1]
Esto abre profundas contradicciones con las direcciones de Al-Fatah y Hamas y, como ya señalamos, a partir de las movilizaciones, la posibilidad de construir una nueva dirección palestina que sea alternativa a los viejos dirigentes y organizaciones, responsables de tantos años de derrotas y frustraciones. Por eso, Abbas y Al-Fatah comenzaron a intentar una reubicación. Firmaron el “acuerdo de reconciliación” con Hamas y presentaron ante la ONU, contra la opinión de Israel y el imperialismo, el pedido de reconocimiento del Estado palestino. La jugada comienza a darles resultado, por lo menos en Cisjordania: miles de palestinos festejaron en las calles este pedido y, a su vuelta, Abbas fue recibido con gran entusiasmo. Es decir, para seguir siendo agente de Israel y el imperialismo, con cierto peso popular, y no ser barrido por la movilización, Abbas necesitó hacer una jugada táctica que lo enfrenta en el terreno diplomático.
Sin embargo, incluso con todas las limitaciones que tiene la reivindicación que hace Abbas, hoy el imperialismo norteamericano e Israel no están en condiciones de otorgarla y se oponen tajantemente a ella. Que dicha votación se realice en la ONU sería una derrota política para ellos. Por eso, sin cambiar ni un milímetro nuestra posición sobre los “dos estados” ni sobre el carácter de la ONU, defendemos el derecho democrático del pueblo palestino de exigir esa votación en la Asamblea General de la ONU, y vamos a apoyar toda movilización de ese pueblo por esa exigencia.
La única solución verdadera: la construcción de una Palestina única, laica, democrática y no racista, y la destrucción de Israel. Frente a la propuesta de los “dos estados”, nosotros reivindicamos que la única solución verdadera a la “cuestión palestina” es la que estaba formulada en el programa fundacional de la OLP: la construcción de una Palestina única, laica, democrática y no racista.
Una Palestina sin muros ni campos de concentración, a la que puedan retornar los millones de refugiados expulsados de su tierra, y recuperen sus plenos derechos los millones que permanecieron y hoy son oprimidos. Un país en el puedan permanecer todos los judíos que estén dispuestos a convivir en paz y con igualdad. Una propuesta que fue abandonada por la OLP pero que es reivindicada por miles de jóvenes activistas palestinos en todo el mundo, y que estuvo presente en las recientes movilizaciones en memoria de la Nakba.
Pero esta propuesta no puede ser llevada adelante, y no habrá paz en Palestina, hasta que no se derrote definitivamente y se destruya el Estado de Israel. Es decir, hasta que el cáncer imperialista que corroe la región no sea extirpado de modo total y definitivo. Llamamos a los trabajadores y al pueblo judíos a sumarse a esta lucha contra el estado racista y gendarme de Israel.
Sin embargo, debemos ser conscientes de que, por el carácter de la población judía israelí que hemos analizado, lo más probable es que sólo una pequeña minoría acepte esta propuesta, mientras la gran mayoría de ellos, incluida la vieja base sionista askenazi, seguramente defenderá con uñas y dientes “su Estado” y sus privilegios y, por lo tanto, deberemos luchar contra ellos hasta el final.
La destrucción de Israel y la construcción de una nueva Palestina es una tarea histórica, equivalente a la destrucción del Estado nazi alemán o el Estado del apartheid sudafricano. Es una tarea difícil que puede demandar muchos años.
Pero la revolución árabe y la movilización del pueblo palestino, sumadas a la derrota de las tropas sionistas en el Líbano y a la crisis del Estado y de la sociedad sionistas, plantean como posible y presente una lucha política y militar unificada de masas del pueblo palestino y del conjunto de las masas árabes que permita la victoria”.
[1] Este texto es la parte final del artículo “La ‘cuestión palestina’, punto central de la revolución árabe” publicado en la revista Marxismo Vivo Nueva Época No 2, en 2011. Fue escrito luego de una gran movilización de jóvenes palestinos en el exilio hacia Israel que “penetraron” las fronteras de Israel y lograron ingresar a su territorio. Actualmente, como cuenta Soraya Misleh en un artículo reciente, la vanguardia de la resistencia palestina ha pasado a ser jóvenes palestinos de Cisjordania, en los focos que ella denomina “guaridas de leones”.