Los “izquierdistas” contra el pueblo

Por Víctor Montes

La permanencia de Boluarte en el gobierno, de la mano de las fuerzas más reaccionarias y corruptas del Congreso, tiene un telón de fondo: la traición de las dirigencias y organizaciones políticas que se autodenominan “de izquierda” a la lucha que iniciaron los pueblos del sur del país a comienzos de este año.

No solo dividieron la movilización durante las semanas en que las delegaciones del sur llegaron a la capital para “tomarla”. Adicionalmente, sobre la frustración de esa oleada de luchas, impusieron una estrategia distinta a las movilizaciones que se han desarrollado de marzo en adelante.

El sur revolucionario

La característica fundamental del levantamiento de los pueblos del interior, particularmente de la sierra sur del país, con Puno a la cabeza, fue la paralización de actividades económicas y la movilización permanente, con métodos insurreccionales, exigiendo la caída inmediata del gobierno y del Congreso.

Esto fue posible, por la existencia de una dirigencia independiente a las viejas direcciones “de izquierda” concentradas en Lima y ligadas al Partido Comunista, a Patria Roja, así como a Nuevo Perú y el Frente Amplio. Todas organizaciones adictas al juego electoral.

Estas direcciones independientes encabezaron una heroica lucha. Pusieron los muertos ante la feroz represión del gobierno Boluarte, y aún así tomaron control territorial de provincias enteras y vías de comunicación (incluso declarado el “Estado de emergencia” en Puno, las Fuerzas Armadas no lograron tomar control de ciudades como Juliaca, ni transitar libremente por las carreteras, disciplinadamente defendidas por las comunidades).

También organizaron destacamentos de autodefensa, sobre todo en Puno, ante la arremetida asesina de las fuerzas armadas y policiales, lo que permitió a la población enfrentar mínimamente la represión.

Por último, bajo esa misma lógica, se lanzaron a “tomar Lima”, enviando miles de personas de diversos pueblos y ciudades de la sierra sur, en una acción que rememoraba la movilización que hirió de muerte a la dictadura fujimorista: la llamada “Marcha de los cuatro suyos”, con la expectativa de echar abajo a Boluarte al cabo de pocos días. Pero esto no ocurrió.

Las dirigencias evitaron el ingreso de la clase obrera

Tal como se dieron las cosas, los pueblos del sur pusieron “toda la carne al asador” durante los meses de diciembre de 2022 y marzo del presente año. Era clave, para que su estrategia de caída inmediata del gobierno y el Congreso fuera exitosa, que su lucha se fundiera con la acción de los pueblos de todo el país.

Y en particular, con la lucha organizada y consciente de la clase obrera, que desde las minas del país, campos agroindustriales, puertos y fábricas, así como desde sus barrios, debía tomar las banderas del sur para, sumando las propias, cortar toda posibilidad de respuesta del gobierno asesino de Boluarte y el Congreso.

Sin embargo, aunque la clase obrera simpatizó con la acción de los pueblos del sur, quedó presa de sus dirigentes nacionales que, más allá de cualquier discurso, se dispusieron a negociar con el gobierno, poniendo en práctica una estrategia distinta: llevar adelante un proceso de movilización controlado, convocando a “jornadas de lucha” esporádicas y con diversas consignas: a veces contra la corrupción, otras contra el alza del costo de vida, etc.

De esta forma, en lugar de fundir la lucha obrera y popular a nivel nacional, con el levantamiento del sur, la política de las dirigencias “de izquierda” (Partido Comunista, Patria Roja, Nuevo Perú, etc.) ha sido domesticar la movilización para llevarla al terreno del cálculo electoral. Esto es, a la espera de construir candidaturas que les permitan disputar una próxima elección, sea esta anticipada o no.

Parecer radical para llevar todo al desastre

La máxima expresión de esta política fue la convocatoria, de la noche a la mañana y sin ningún tipo de trabajo de bases que permita garantizar las medidas, a un Paro Nacional (19 de enero), primero, y a una supuesta  “huelga nacional indefinida” (9 de febrero), después.

Esta acción “radical” en apariencia (el Paro Nacional y la Huelga general, de llevarse a cabo, habrían puesto sobre la mesa el problema de quién tenía el control del país), se convirtieron en su contrario y terminaron dando el puntillazo final al levantamiento del sur. Esto porque siendo convocatorias en la forma necesarias y correctas, no fueron trabajadas, de tal manera que nadie paró, dejando nuevamente solos a los pueblos del sur, creando en ellos mayor desconfianza hacia los trabajadores y trabajadoras de las ciudades, particularmente de Lima, consolidando la división del movimiento.

Retomar el camino de los pueblos del sur

Sin embargo, la única forma de superar el momento político que vive el país, en el que los sectores más podridos de la burguesía y sus partidos van ganando cada vez más posiciones en el aparato del Estado, pasa necesariamente por derrotar y echar abajo, tanto al Congreso como al Gobierno de Dina Boluarte.

Para esto, la única estrategia que la historia ha validado, es la que pusieron en marcha los pueblos del sur. Pero es necesario que dicho levantamiento superes las fronteras del sur andino y se extienda por todo el país, desde la amazonía hasta la costa. Y el único sector social que puede convertirse en la columna vertebral de dicho levantamiento, es la clase obrera, presente en todo el país, más allá de su lugar de origen y costumbres. Es la clase la que con su método (la huelga general), discutido y aprobado en las bases, armando coordinadoras de lucha zonales, y preparando sus comités de autodefensa, puede fundir en un solo torrente la lucha de todo el pueblo pobre y trabajadora contra el gobierno asesino de Boluarte, arrancando además soluciones concretas a los más diversos problemas que tenemos entre manos.

Pero esto no será posible sin superar a las dirigencias traidoras que, tras un ropaje ‘de izquierda’ y un discurso cada tanto, “radical”, dividieron la movilización y han llevado a un punto muerto la lucha que se había desatado, con heroicidad y sacrificio en el sur del país.

Esas direcciones controladas por el Partido Comunista, Patria Roja, Nuevo Perú, y demás grupos “democráticos” y “progresistas”, son los grandes responsables de que el gobierno asesino de Boluarte y el congreso se mantengan en pie. Es su adicción a las elecciones y a ocupar cargos en el Estado, lo que les lleva a traicionar la lucha obrera y popular.

Es preciso construir, por eso, dirigencias alternativas, que retomen y organicen la estrategia que nos mostró el Sur: Huelga general, movilización permanente, acción directa y autodefensa. Esa es la estrategia de la lucha obrera conciente y consecuente. Es la única que nos dará la unidad y victoria.

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