Enseñanzas que dejan a los trabajadores la primera vuelta de las elecciones. La necesidad de retomar la movilización

El fantasma que la burguesía quiso borrar con la vacancia de Pedro Castillo en 2022, la cruenta represión de las protestas que se sucedieron contra esa vacancia, la condena a siete años del ex presidente y toda la maquinación que hizo esa misma burguesía para evitar a otro como él en estas elecciones y así asegurarse la elección de uno de los suyos: todo resultó un fiasco. El “fantasma” regresó –con sombrero incluido– en la figura de Roberto Sánchez, candidato de Juntos por el Perú (JP).

Fue una verdadera sorpresa. Por un pequeño margen de votos Sánchez aparece en la segunda vuelta empujado por el voto masivo de las regiones andinas, para posiblemente competir con Keiko Fujimori (Fuerza Popular), heredera de la dictadura, que por cuarta vez busca ser la “opción salvadora” de la burguesía.

Con este resultado, se volvieron a activar todas las alarmas en las élites empresariales y la alta clase media, y con ellas aparecieron las tretas para burlar la voluntad popular con el manido cuento del “fraude electoral”.

Rafael López Aliaga (Renovación Popular), el gran perdedor de estas elecciones y una de las figuras de la reacción capitalista, amenaza a las autoridades electorales y llama a una “rebelión popular” pidiendo la nulidad de las elecciones. Su osadía no es poca cosa: tiene el apoyo de gremios empresariales, de las clases altas de Lima y de la gran prensa, con los que ya puso contra la pared a la ONPE, el JNE, a la JNJ y a la Fiscalía, a las principales instituciones que estos días parecen actuar como sus peones.

En un país marcado por la informalidad, la corrupción y la crisis institucional crónica, la crisis electoral ha dejado su huella en estas elecciones con una serie de irregularidades, fallas y negligencias graves. Esto no debería sorprender a nadie: en la pandemia fallecieron más de 200 mil peruanos por la falta de un balón de oxígeno que el Estado no era capaz de proveer. 

En realidad, estamos ante el fracaso de todo lo planeado, casi al detalle, por la burguesía en tres años de ataque reaccionario. Esperaban una fiesta electoral entre ellos, una final entre López Aliaga y Keiko Fujimori, o en el peor de los casos entre uno de ellos con otro cercano. Pero, en medio de una extrema proliferación de candidatos (36), de organizaciones en general montadas para la ocasión, la votación se dispersó y el pase a la segunda vuelta, por lo menos para definir a quién acompañe a Keiko Fujimori, no se definió de manera clara, quedando López Aliaga en la disputa.

El caso de López Aliaga es de una inmensa frustración. Después de ser empoderado por los grandes medios en años de campaña, en los últimos meses empezó a caer, sobre todo después de “visitar” las poblaciones del sur andino donde la gente le mostró su rechazo por su permanente señalamiento de “terroristas” cuando salió –y salen– a luchar. En su cólera de raigambre gamonal, él les respondió con otros insultos: les dijo “¡gente de mierda!” Es indudable que esto empujó el voto en estas regiones en favor del candidato ubicado en el otro extremo, al que pretendía reencarnar a Castillo.

En estas horas, la presión pasa por el conteo de votos de las numerosas actas observadas. Esto no es nada normal. Miles de ellas corresponden a decenas de miles de votos andinos que el mismo López Aliaga exige que se anulen. Esto, inaceptable para muchos desde todo punto de vista, lleva a una puja que se extenderá (de acuerdo a versiones oficiales) hasta el 15 de mayo. Otro hecho que muestra la crisis en curso: los resultados electorales se sabrán más de un mes después de la votación.

En realidad, la mejor opción que tiene la burguesía es tragarse el sapo y aceptar una segunda vuelta de Fujimori vs. Sánchez, y afinar en la segunda fase electoral sus armas para imponer a la heredera de la dictadura. Si se desplaza a Sánchez y se impone al prepotente López Aliaga, se destapará el verdadero fraude y la crisis se agravará.

No sería extraño. Una fuerte tendencia reaccionaria mueve a un importante sector del empresariado y de las clases acomodadas. Ellos ya han configurado la presente elección, que no tiene nada de democrática y sí mucho de farsa. La proliferación de candidatos y de “partidos” que los sostienen es propia de la descomposición del sistema; al mismo tiempo, se elevan las vallas para impedir la legalidad de otros partidos verdaderamente de los trabajadores. La Constitución ha sido modificada en más del 60% por un Congreso manejado por una mafia, después de ahogar la protesta popular que pedía elecciones para una Asamblea Constituyente libre y democrática. Entre los cambios que se impusieron están la bicameralidad y la reelección (que habían sido ampliamente rechazadas en una consulta popular), y se concentró todo tipo de poderes en un supremo y reducido “Senado”.

Además, como siempre, la burguesía ve las cosas desde su propia burbuja y no esperaba esa respuesta sólida de la región andina. A lo más, vieron el peligro en Alfonso López Chau (Ahora Nación) –un autoproclamado “socialdemócrata” que había empezado a subir en las primeras encuestas–, y lo “terruquearon” hasta bajarlo. Por otro lado, los sectores más “ilustrados” que trataban de evitar un final de polarización, abogaban por un “voto estratégico” para hacer que un candidato “moderado” o “mal menor” pasara a la segunda vuelta para competir con Keiko Fujimori o con López Aliaga, que estaban adelante en las encuestas, y le abrieron camino a Ricardo Belmont (Partido Cívico Obras) y Jorge Nieto (Partido del Buen Gobierno), entre otros. Todo esto jugó a favor de Sánchez, que inició un crecimiento en las últimas semanas y horas, sobre todo en la región andina, colocándose a duras penas en el segundo lugar, reproduciendo un escenario parecido al del 2021.

Elecciones en medio de una crisis de fondo

Las elecciones muestran toda la gran crisis que atraviesa el país. Una crisis que en el fondo es del régimen y del mismo sistema.

Entre los “opinólogos” se intentan todo tipo de explicaciones, desde el exceso de candidatos y la fragmentación hasta la falta de un “voto consciente”, echándoles la culpa a los electores. En realidad, cada elección es una crisis y cada vez se cae más bajo. Viendo este escenario, un periodista argentino comentó: “cuando nos sintamos deprimidos por lo que sucede en nuestro país, solo hay que mirar lo que ocurre en Perú”.

El sistema “democrático” fue diseñado por la burguesía para garantizar su dominio de clase y la explotación de la clase obrera. Pero la “democracia” peruana del Siglo XXI es, además, hija directa del neoliberalismo más brutal aplicado en el subcontinente, donde las reglas del funcionamiento de la economía ya están dictadas. Por ello, no hay partidos con programas distintos y predominan verdaderos vientres de alquiler que defienden negocios e intereses privados, incluidos los de la economía ilegal, permitiendo que florezca la corrupción, y son descartables. En cada elección se celebra el descarte de un grupo de partidos corruptos, mientras se vota y elige a otros nuevos de su misma naturaleza.

Esta “democracia” degradada mantenía cierto equilibrio cuando la bonanza neoliberal chorreaba sobre la población. Pero dejó de hacerlo cuando la crisis se instaló en el país desde la pandemia del Covid-19, cuando, para salvar los grandes negocios, se arruinó la economía popular, se empujó al desempleo a millones y se dejó morir a casi medio millón de peruanos pobres. Desde entonces las masas salieron a pelear por sus reivindicaciones e inestabilizaron todo. Cayeron gobiernos, se produjeron golpes y todo terminó por socavar la “institucionalidad democrática” instalando una crisis crónica, donde las crisis electorales y sus resultados son productos de ella.

El modelo neoliberal ya no “chorrea” hacia abajo sin que se cuestione su continuidad. Seis años después Perú es casi el único país que no ha superado lo que dejó la pandemia sobre la clase trabajadora y los pobres. Su situación se ha agravado por la creciente expansión del crimen organizado que asesina y extorsiona a transportistas y pequeños negocios en las localidades más pobres. Además, hay que considerar que en 2008 estalló una crisis en el corazón del imperialismo de la que no ha salido hasta ahora, y que alimenta una crisis global con guerras (como en Ucrania, que lleva cuatro años; la de Medio Oriente, Gaza y Cisjordania en la Palestina ocupada, Líbano e Irán en estos días), todo lo cual agrava la crisis nacional al encarecer los combustibles y las subsistencias y hacer más depredador al imperialismo y a los capitalistas.

Ante este “desorden” y el descontento que recorre todo el país, la burguesía maquina salidas autoritarias y represivas. Salidas que le permitan restablecer su “orden” y “estabilidad” para que fluyan los capitales con enorme sed de ganancia, y para ajustar más el plan neoliberal y lograr la privatización de Petroperú, la autorización de nuevas concesiones mineras, una nueva contrarreforma laboral, entre otras medidas.

Con este fin dieron un primer paso con el golpe contra Castillo. Para ello se apoyaron en la traición de Dina Boluarte, su vicepresidenta, y en el colaboracionismo de un gran sector de la izquierda acomodada en el Parlamento, para frenar las protestas con una sangrienta represión. Luego cambiaron la propia Constitución y las leyes y coparon las instituciones claves para asegurarse el control del poder, incluso con estas elecciones.

Sin embargo, todo esto fue resistido con sucesivas luchas, y aparecieron nuevos actores como los transportistas, la generación Z y poblaciones afectadas por el crecimiento de la inseguridad. Y el régimen se descompuso, tanto más cuanto mostraba corrupción e ineptitud. Para “lavarse la cara”, el régimen vacó a Boluarte y en su lugar colocó al congresista José Jerí (Somos Perú), otro corrupto de su misma especie que llegó a durar poco más de 100 días, para terminar de colocar en su reemplazo a otro congresista como “presidente encargado”, José Balcázar (Perú Libre), más repudiado aún, a pocas semanas de las elecciones.

Este régimen pudo caer. Pero se sostuvo gracias a la colaboración de las direcciones del movimiento obrero que la mantuvieron aislada de las luchas populares.

La clase obrera es la más poderosa fuerza social que produce este sistema y es la llamada a derrotarlo apoyada en la gran población empobrecida y luchadora. Pero está bajo el control de una dirección –entre ellas la que controla la CGTP–, que ha colaborado con la “gobernabilidad” reaccionaria de los últimos años –tanto como lo ha hecho la bancada de “izquierda” del Congreso. Ella también ha colaborado con el montaje de la farsa electoral en curso, manteniendo desmovilizada y adormecida a la clase obrera y aislando sus luchas. Esta situación ha hecho que la clase obrera como tal no tenga alternativas de independencia de clase en estas elecciones, y que su voto se haya dispersado entre varias candidaturas. Ni siquiera apoyó masivamente a los candidatos de esa burocracia que quisieron canalizar el voto obrero hacia el académico López Chau, en cuyas listas había inscrito a varios candidatos, miembros del Partido Comunista Peruano.

Ante la salida autoritaria que promueve la burguesía, la clase obrera está llamada a poner en pie su propia alternativa de clase junto al pueblo pobre. Ya vemos que las elecciones no representan una salida y que todo va para peor. Y más aún, ante una amenaza autoritaria lo que queda es que sus organizaciones de clase luchen por una salida en el camino del poder obrero y popular, bajo una dirección verdaderamente proletaria y revolucionaria. No hay otra.

Es el rol traidor de estas direcciones el que está permitiendo a la burguesía y a sus sectores más reaccionarios ganar espacio para aplicar sus propias salidas. Eso se ve en los resultados electorales. En Lima y una extensa franja de la costa y la selva, donde predominan las actividades económicas más modernas y que cuentan con alta concentración obrera, las preferencias electorales se inclinan hacia las opciones más conservadoras. El plan electoral burgués solo ha sido puesto en cuestión por el vuelco del sector andino a la candidatura de Roberto Sánchez; el sector andino para quien no existe ningún plan de gobierno ante la crisis que la sacude, que no aparece en ninguna encuesta y cuando vota, sus votos son ninguneados. Ese mismo sector, que encumbró a Pedro Castillo en 2021 y que salió a luchar contra su vacancia, ahora se vuelve a expresar votando de manera casi unida por Sánchez, reivindicando con este voto su lucha y a sus víctimas, y expresando su profundo odio a las clases adineradas que lo desprecian, oprimen y explotan.

Sin embargo, sería un error ver el presente proceso como un símil del ocurrido en 2021. El resultado preliminar de la actual elección resulta más un susto injustificado que lo que aconteció entonces. En aquella elección Pedro Castillo tuvo un resultado cerca del 19% y ahora Roberto Sánchez ha recibido 12%, más o menos un tercio menos de votos. Por su lado, Keiko Fujimori, la antípoda de todas las candidaturas, obtuvo 12% en las pasadas elecciones y en las presentes subió a un poco más de 17%.

Además, Castillo, habiendo sido un líder de una larga y exitosa huelga magisterial, apareció, adicionalmente, como hombre de campo, y se hizo de un electorado con un discurso radical (nacionalizaciones incluidas) que canalizó el profundo descontento dejado por la pandemia. Sánchez, en cambio, no tiene seguidores que mostrar; es un arribista que empezó su carrera apropiándose del registro electoral de la organización que ahora encabeza, que pertenecía a Yehude Simons, y que en la “vacancia” de Castillo no solo se abstuvo, sino que renunció a su cargo de ministro tratando de lavarse las manos; y en su labor parlamentaria ya demostró que era uno más del montón que el pueblo repudia. Sánchez ha logrado ese resultado solo por el apoyo de Castillo. El personaje muestra su verdadero rostro cuando, apenas mencionadas sus posibilidades de pasar a la segunda ronda, se apresuró a llamar a una alianza de gobierno con Jorge Nieto y Marisol Pérez Tello, ambos de derecha moderada.

Pero también el mismo Castillo ha devenido solo en un símbolo del movimiento popular, más que de lucha o de cambio. En sus dieciocho meses de gobierno no hizo nada contra los grupos de poder ni en favor de los más pobres que lo encumbraron, y su vacancia fue provocada por él mismo. Por ello, el voto a favor de su candidato es más un voto de rechazo a los candidatos del régimen y del sistema.

El resultado de todo esto es que no se ve por ningún lado un fortalecimiento de la izquierda institucional, como pareciera. Toda ella está a la deriva. El gran protagonista de las elecciones del 2021 prácticamente ha desaparecido, junto a otros agrupamientos. Y el “éxito” de JP y Sánchez es netamente un fenómeno electoral.

Nuestro posicionamiento

En el cuadro descrito, el PST se pronunció por el voto nulo, básicamente con la definición de que “los trabajadores no tenemos alternativas”. Ya lo hemos señalado: la clase obrera es el sector social más importante que con su trabajo genera una inmensa riqueza y, contradictoriamente y pese a que da diversas peleas, no se desarrolla de manera independiente debido a la extrema debilidad de su vanguardia y al control que sobre ella ejerce la burocracia.

El voto nulo o la actuación fuera del escenario electoral no es lo mejor, pero no tenemos mejor opción para defender la independencia política de los trabajadores. El PST no tiene posibilidades de ingresar a la competencia electoral debido a las fuertes restricciones para participar en ella. Si pudiéramos participar, lo haríamos para educar a la clase obrera en un programa revolucionario y una alternativa de gobierno de sus organizaciones. Y no podemos ir a la cola de cualquier otra lista de “izquierda” porque no compartimos su programa de conciliación de clase, que los lleva a aspirar –y a dejar la vida– por una curul.

¿A dónde vamos y qué tarea tenemos?

Vamos a una segunda vuelta que, con cualquiera que sea el que pase, será de continuidad de la crisis. Si es Keiko vs. López Aliaga, será una elección ilegítima que solo conseguirá apoyo en las grandes ciudades, mientras que es posible que el descontento del resto del país, y en especial de las regiones andinas, se exprese con el voto nulo. Si es una elección entre Keiko vs. Sánchez, será similar a la anterior, en una suerte de elección entre el “antikeikísmo y anticomunismo” o de “derecha e izquierda”, según las perspectivas de cada sector.

En cualquier caso, los escenarios inmediatos y futuros son de continuidad de la crisis, en todos los niveles. Por ello lo central es retomar las luchas unificadas. En estos días la lucha contra el fraude que quiere imponer la burguesía y su farsa de democracia, planteando la necesidad de retomar en forma unitaria la movilización obrera y popular con la demanda de Asamblea Constituyente libre y soberana. Y junto a esta demanda, la lucha por el congelamiento de precios de los combustibles y productos esenciales, cuyas alzas golpean y golpearán más a nuestras familias por la guerra de Trump y Netanyahu, y por aumento general de sueldos y salarios y pensiones. ¡Basta de silencios y parálisis de la central! ¡Es la hora de luchar en forma unida!

En el marco de esa tarea central de fortalecer la unidad y luchar de las organizaciones obreras y populares, debemos dar pasos firmes en la construcción de un verdadero partido revolucionario para luchar por la salida de fondo que se necesita ante la gravedad de la crisis actual: la conquista de un Gobierno de los Trabajadores.

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