Escribe: Freddy Salazar
La elección de Keiko Fujimori, heredera del ex dictador y resistida por la mayoría obrera y popular por largos años, es un hecho que necesita una explicación, así como lo que significa en el actual contexto, las amenazas que trae y las tareas que se deducen de ellas para los trabajadores y su vanguardia. Aquí presentamos el punto de vista del PST, para aportar a la reflexión y el debate.
1. Neoliberalismo y recolonización en la era Trump

Lo primero y ante todo: el retorno del fujimorismo al poder representa una reafirmación clara de las relaciones de sujeción del país al imperialismo estadounidense, ahora en el marco de su plan de recolonización. En la era Trump, este plan consiste en profundizar el control financiero y económico sobre Latinoamérica, apoderarse de sus recursos naturales estratégicos (litio, cobre, minerales raros), su infraestructura y sistema de defensa, y desplazar la presencia china en la región. Su intervención ya se manifiesta en una serie de hechos, como la intromisión descarada de su embajador, Bernie Navarro, en los asuntos internos del país y en las propias elecciones.
El régimen peruano está diseñado para esta sujeción. Aun si gobernara Roberto Sánchez, el alineamiento sería un hecho. La única diferencia es que, con Keiko Fujimori, la colaboración será abierta y explícita, al estilo Milei. La consecuencia estratégica para el Perú será la profundización de su subordinación y dependencia de los EE.UU.
2. El origen de la crisis es el modelo económico vigente

Los capitalistas aseguran que esto traerá más inversión y comercio, lo que generará empleo. La realidad es que habrá más saqueo y expoliación, como ha ocurrido con la forzada compra de aviones por más de 3.400 millones de dólares en un momento en que se alega crisis en las finanzas públicas.
Además, el regreso de la mirada de EE.UU. hacia el subcontinente se debe a que atraviesa una grave crisis y tiene sed de ganancias. El actual modelo de libre mercado fue implantado por Alberto Fujimori en 1990, quien entregó el país al imperialismo y lo volvió a su condición de exportador primario. Este modelo funcionó al impulso de los 20 años dorados de la globalización hasta que se agotó, instalando la crisis en el corazón del imperio. Esa crisis tiene efectos globales, como la actual guerra en Medio Oriente –que eleva los precios de los combustibles y fertilizantes– y el plan recolonizador que se aplica sobre Latinoamérica. Sin embargo, la ilusión se mantiene por el alza de los precios de los minerales, principal producto de exportación peruano.
Todo esto llevará a un mayor saqueo del país, ahora de la mano de la heredera de Fujimori. Se entregarán más recursos naturales y se promoverán más proyectos mineros; y, con el pretexto de la “defensa nacional”, se afirmará el dominio imperial incrementando su presencia militar.
Más de treinta años de aplicación de este modelo ya demostraron que solo rentabiliza al gran capital, en especial a la gran minería, que acumula sus ganancias en sus países de origen mientras mantiene a las grandes mayorías sumidas en la pobreza y sin servicios básicos. Además, al insertar al país en el mundo sin educación ni infraestructura, no desarrolla fuerzas productivas para competir con la inversión extranjera, que llega solo para aprovechar las riquezas naturales y la mano de obra barata. Ya estamos mal bajo ese imperio, y estaremos peor con la profundización de su dominio.
3. Engaño y traición de los partidos burgueses… y reformistas

Durante más de veinte años, las mayorías lucharon contra dicho modelo, pero todos los partidos que accedieron al poder ofreciendo “cambios” las traicionaron. En 2001, Toledo, el “cholo sagrado”, solo aceleró el modelo mientras se dedicaba a robar y a embriagarse. En 2006, Alan García, que ofreció un “cambio responsable”, aplicó más ataques neoliberales con la política del “perro del hortelano” y dejó el “Baguazo” con 33 muertos, entre ellos indígenas que luchaban contra las explotaciones petroleras. En 2011, el «nacionalista» Ollanta Humala, elegido por su oferta de la Gran Transformación, la abandonó el primer día para abanderar el modelo, y en esa línea intentó imponer con fuerte represión el proyecto minero de Conga y, más adelante, la Ley Pulpín, que ofrecía empleo juvenil sin derechos. En 2021, cuando la pandemia –con medio millón de muertos– radicalizó las demandas de la población, se eligió a Pedro Castillo, que también fue un fraude de ineptitud, promesas incumplidas y sombras de corrupción.
Y pese a que estamos peor, el tema de la dependencia económica no fue central en estas elecciones. Una situación excepcional –fragmentación de candidatos y crisis de representación– permitió al castillismo ingresar a la segunda vuelta con un pequeño margen de votos. En esa fase, su candidato Roberto Sánchez, solo para favorecerse del voto de las clases medias acomodadas, abandonó sus tibias propuestas de reforma económica para abrazar como un todo el modelo neoliberal que encarnaba Keiko Fujimori, validando así su continuidad bajo la nueva administración.
4. No nos engañemos: el fracaso de la «democracia» es producto directo del fracaso del modelo económico

Por último, el retorno del fujimorismo 25 años después simboliza el fracaso de la “democracia”, que había ofrecido libertades, igualdad y mejoras económicas. La izquierda reformista fue la que más mintió: ofrecieron reformar el conjunto del sistema haciéndolo más “humano”. Lo cierto es que ni unos ni otros cumplieron nada, y lo que tenemos es una falsa “democracia” y un sistema económico que nos destruye y empobrece más mientras se enriquecen los grandes capitalistas.
Así, el descontento y las luchas contra todos esos partidos acabaron con ellos y descompusieron el régimen. En esa lucha, el fujimorismo apareció como el último bastión de la burguesía para defender su continuidad. Esto hizo que todos sus detractores “democráticos” utilizaran el legítimo “antifujimorismo” de las masas para encauzarlas electoralmente, empaquetando mejor sus planes de continuidad del modelo neoliberal, es decir, seguir haciendo fujimorismo en el terreno económico. Así hicieron elegir a PPK y con ese discurso también apoyaron a Castillo. Esta vez quisieron repetir la fórmula apoyando a Sánchez, pero fracasaron.
Ahora, con las enseñanzas que nos dejan las lecciones, es preciso enfatizar: es falso que el Perú estuviera atrapado en un conflicto entre dictadura y democracia. Estamos bajo la misma “democracia”, con unos que matan más que otros, que se recrea bajo el sello de cada gobierno, solo que cada vez más decadente y descompuesta por el creciente descontento social.
La “democracia” en 2000 surgió con promesas de verdaderas libertades e igualdad. Con el tiempo, reveló su engaño, porque cada autoridad elegida burlaba la voluntad popular mientras reprimía con saña toda protesta, y devenía más corrupta, incluso con autoridades de “izquierda”. Esta “democracia” demostró que solo era y es una formalidad o instrumento de dominación de la clase capitalista en el poder. Por ese engaño, todos los partidos que ejercieron el poder desaparecieron repudiados por las mayorías.
La crisis crónica de los “partidos” –o su práctica inexistencia– llevó a la crisis crónica del Estado. Esta crisis es grave porque lo paraliza para cumplir sus funciones mínimas, como protegernos ante la creciente criminalidad, crisis como la pandemia y ahora el fenómeno de El Niño. Pero la burguesía hace creer que dicha crisis no es consecuencia de su falsa democracia ni de la aplicación de su modelo económico, sino culpa del “caos” y la ineptitud de la izquierda reformista, y hace creer que se necesita volver a la “estabilidad y orden” para que regrese el crecimiento, que es lo que ofrece el fujimorismo.
El retorno del fujimorismo veinticinco años después es una afrenta a nuestras conquistas y nuestra memoria. Es un trago amargo, en especial para la vanguardia obrera, después de tantos años de lucha. Pero esto también es responsabilidad de esa misma “izquierda” que, con su desastrosa actuación de estos años, le abrió el camino.
Y esa misma “izquierda” no es capaz de aprender. Después de este estruendoso fracaso, ahora Sánchez y López-Chau se declaran la “oposición democrática” al fujimorismo. Así intentan mantenernos en el mismo círculo de unidad y alianza con la burguesía “democrática”, cuando la experiencia de estos 25 años nos muestra que tenemos que luchar para que la clase obrera y el pueblo se desembaracen de esa falsedad y encaminen su lucha contra el plan burgués de sometimiento al imperialismo y su falsa democracia, y por la conquista de un gobierno propio.
5. ¿Cómo llegamos a esta situación? La traición de las direcciones

¿Cómo podemos explicarnos este nuevo escenario que ha traído el retorno del fujimorismo? ¿Qué ocurrió en el último periodo?
Entre 2020 y 2021 sufrimos una pandemia atroz que desnudó –como en la película Titanic– cómo los ricos se salvan primero junto a sus negocios mientras dejan morir a los que estamos en la “tercera clase”. Esto colmó el descontento que venía de atrás y se expresó en las elecciones de 2021, donde los sectores más pobres giraron del apoyo a la izquierda institucional (Verónika Mendoza) hacia la “izquierda radical” provinciana de Pedro Castillo, buscando soluciones reales a sus demandas. Pero el gobierno de Castillo, precario, improvisado y de naturaleza conciliadora, incumplió sus promesas y naufragó, cayendo quince meses después de haber asumido. Su caída produjo el despertar de los más pobres y explotados del sur andino, que se sublevaron entre 2022 y 2023 reclamando Asamblea Constituyente y cierre del Congreso. Pero el régimen, con Dina Boluarte, en nombre de “salvar la democracia”, ahogó en sangre la protesta, contando con la complicidad de las principales direcciones, entre ellas la de la CGTP.
Si ese alzamiento triunfaba y al menos conquistaba nuevas elecciones, se habría ahondado la crisis del régimen y de su plan económico, y se habría empoderado a la clase obrera al frente de un gran movimiento por una salida propia del pueblo trabajador; pero fue derrotado, y con ello la reacción se afirmó en el poder. El nuevo gobierno fue resistido durante tres años, esta vez por transportistas y la juventud que se alzaron reclamando la caída de Dina Boluarte; pero otra vez esas mismas direcciones les dieron la espalda, apostando a la salida electoral.
Y cuando llegamos a las elecciones, la dirigencia de la CGTP decide participar en ellas, pero no para denunciar su falsedad y centrarse en las luchas, sino para apuntalarla desde una posición electorera y colaboracionista, tras la candidatura de López-Chau. Esta candidatura sufrió un fracaso rotundo, pues recibió un portazo de sus propias bases, que no eligieron a ninguno de sus candidatos pese a que se presentaban como “dirigentes” de la CGTP. Como ya vimos, lo mismo hizo el resto de la “izquierda”.
Entonces, llegamos a esta situación por responsabilidad de la dirigencia de la CGTP y los partidos de “izquierda”, que en todo este periodo traicionaron las grandes luchas, solo para salvar la “gobernabilidad” de la burguesía, y apostando todo a las elecciones.
6. Lo que mostraron las elecciones

Todo lo anterior solo trajo pérdida de confianza en esa “izquierda” y búsqueda de salidas en las diversas ofertas de la burguesía, entre ellas el fujimorismo.
Un estudio previo a estas elecciones muestra un giro a la derecha en las preferencias políticas de la población desde el fracaso del gobierno de Castillo (Cómo –no– pronosticar las elecciones, El Comercio, 19.04.2026).
| 2021 | 2026 | |
| Izquierda | 11.6% | 5.5% |
| Derecha | 17.2% | 15.4% |
| Centro | 5.8% | 6.3% |
En estas elecciones, el ascenso de la derecha abarcaba desde Fujimori y López Aliaga hasta variantes de centroderecha, tanto que incluso se esperaba una segunda vuelta entre dos candidatos de ese sector. Como ya apuntamos, la “izquierda” reformista con JP y Sánchez pasó apenas a la segunda vuelta por un estrecho margen de votos. En el proceso de segunda vuelta se produjeron los alineamientos que, esta vez, terminaron favoreciendo a Fujimori.
¿Qué nos muestra la votación de segunda vuelta? Primero, en la principal plaza electoral nacional, Lima y Callao, Fujimori obtuvo el 64% de la votación; en las zonas residenciales de clase alta votaron por ella el 80%, y en las zonas más obreras, pobres y mucho más pobladas (Independencia, Comas, San Juan de Lurigancho, Villa El Salvador, los barrios del Callao, etc.), votaron por ella en un promedio del 62%.
A nivel nacional, como en 2021, la mayoría de provincias votaron por Sánchez, pero Fujimori se afirmó y avanzó en sus plazas tradicionales de la costa norte y sur, y ganó más votos en las regiones llamadas de “izquierda”: Cajamarca +6%, Junín +3%, Huánuco +3.6%, Pasco +4.6%, Cusco +5%, entre otros. Fue este incremento del voto por Fujimori en el interior –y no del exterior, donde incluso esta vez votaron menos– lo que terminó dándole el diferencial que le permitió ganar.
Esto se explica por otro hecho: mientras la mayoría de los “partidos” son cascarones improvisados, como la misma “izquierda” que representa Sánchez, el fujimorismo es el único partido burgués organizado a nivel nacional que durante más de veinte años pudo resistir la oposición de las mayorías mientras construía lazos con distintas organizaciones, todo, por supuesto, con el apoyo de la burguesía. Y por esto era el único partido burgués preparado para disputar una elección, hasta que las condiciones giraron a su favor, permitiéndole ganar.
Estos son los datos gruesos. El otro factor fue el desarrollo de la misma campaña, en un contexto de dos candidatos minoritarios y con altas resistencias. En ella, Sánchez optó por irse hacia el centro, llegando a aliarse hasta con sectores derechistas (Forsyth, Salvador del Solar), para lo cual incluso abrazó plenamente el modelo neoliberal, con la finalidad de aparecer como la alternativa “democrática”. Por su lado, Fujimori también hizo lo mismo, adoptando un mensaje conciliador, pero lo hizo centrando su discurso en torno a problemas claves como “seguridad” y “orden”, junto con infinidad de promesas. En realidad, los dos obtuvieron buenos resultados y la elección se definió por pocos miles de votos. Lo que al final decidió las elecciones fueron entonces las tendencias descritas.
Viendo los resultados, miembros de la burocracia culpan a sus propios compañeros de base por no haberlos apoyado. Algunos de estos llegan a decir: “Si hubiéramos hecho campaña, esto no habría pasado”. Lo cierto es que, aunque hubieran “hecho campaña”, es probable que el resultado no hubiera cambiado. Los resultados no dependen de “hacer más campaña”, sino de tendencias ya configuradas por la experiencia de las mayorías. Y la experiencia reciente que tenemos es el papel funesto de la “izquierda” reformista y la traición de la dirigencia de la CGTP, que por sí solos explican cómo amplios sectores pobres y explotados siguen siendo cautivos del engaño y ofrecimientos de la burguesía y ahora del fujimorismo. Solo estos hechos nos pueden explicar el retorno del sector burgués más resistido por las masas durante 25 años.
7. El nuevo gobierno

Sin embargo, el retorno al poder del fujimorismo se produce en una situación precaria. Tiene la mitad del país –antipopular– en contra y un gran sector –sobre todo la clase trabajadora organizada– presto a luchar. Si empieza a atacar desde el primer día, habrá respuesta. Bolivia vivió un estallido social pidiendo la renuncia del gobierno apenas electo, porque se inició con feroces ataques. A diferencia de Bolivia, donde la burguesía se hunde en una grave crisis económica, aquí la burguesía tiene margen para estabilizar primero a su nuevo gobierno antes de iniciar sus ataques.
En lo inmediato, esa burguesía necesita “paz social y orden institucional” para mejorar sus ganancias. Si en medio de la inestabilidad y el caos del Estado la economía crece 3%, con “paz social” –tranquilizando al sur de alguna forma– y “orden” institucional –asegurado por la consistencia del gobierno y su mayoría congresal de derecha–, ellos ven que pueden crecer 4% o algo más. Incluso el fenómeno de El Niño, que se viene fuerte, podría tener un impacto económico mitigado y, al contrario, hasta puede ser usado a favor del gobierno. El único ajuste de fondo que necesita la burguesía es contener el gasto fiscal, lo que sí traerá recortes en áreas como salud y educación, y afectará a los trabajadores del Estado.
De otra parte, también tiene planteado encaminar nuevos proyectos mineros, energéticos y de infraestructura, reduciendo la “tramitología” y las regulaciones; y no hablemos de Petroperú, cuya privatización hace rato colocaron en agenda. Y por ahora no necesita aprobar nuevas reformas, porque las que están vigentes le sobran y bastan, como la laboral, en la que las nuevas autoridades solo endurecerán su aplicación para favorecer los ataques patronales. En todo esto piensan que les puede ir “bien”, lo que es falso. No consideran que la principal amenaza viene del entorno internacional, que el efecto Trump no significa “beneficios” sino más saqueo y crisis, como la de los combustibles y fertilizantes, o como una caída en los precios de los minerales, que ya empezó a ocurrir.
Otro frente complicado, y quizá el más grave, es el del combate a la criminalidad, porque es la expectativa de un importante sector popular que votó por ella. Su resolución demanda un cambio estructural, que solo puede ser realizado por un gobierno de los trabajadores. La otra vía es la dictatorial, y en esa el fujimorismo sí tiene antecedentes, lo que podría llevarnos de un recorte de las libertades, la violación de los DD.HH. y la afectación de las luchas, hasta la posibilidad de un cambio de régimen hacia uno de verdad dictatorial.
Por todo esto, se puede decir que volveríamos al escenario anterior de una recuperación parcial de la gobernabilidad burguesa y de su plan económico, en un entorno donde los problemas estructurales, al seguir irresueltos y aparecer nuevos problemas, van a continuar las luchas creando nuevos escenarios y desafíos para los trabajadores.
8. Conclusión: nuestra tarea es resistir, organizarnos y construir una dirección de clase

Todo lo anterior significa que ingresamos a un nuevo momento de conflictividad de clase, enfrentando nuevos y viejos problemas y, sobre todo, a un gobierno más duro.
El principal problema que enfrentamos es la fragmentación de la organización obrera y popular y el retroceso en la conciencia producido por el rol desempeñado por las direcciones. Y, al mismo tiempo, la aparición de nuevos obstáculos políticos (JP, Ahora Nación), falsos liderazgos (Sánchez, López-Chau), y otros llamados “democráticos” que frenarán e impedirán el desarrollo independiente del movimiento de masas.
Por ello, así como necesitamos construir la unidad para la lucha y poner en pie nuevos organismos autónomos e independientes desde las bases, y desarrollar la lucha misma junto, necesitamos poner en pie una nueva dirección de clase, de verdad independiente y revolucionaria, capaz de colocarse al frente de esas tareas.
Una nueva dirección con un programa revolucionario de verdadera liberación nacional y social; y que, en lugar de vivir para las elecciones, viva para la movilización y la organización independiente de las masas, hasta lograr la conquista de un Gobierno de los Trabajadores, que es la única salida estratégica que tenemos y por la que vale la pena luchar.


