El “desastre” del Estado es el desastre de la burguesía en el poder

Escribe Freddy Salazar

En su discurso de investidura, Keiko Fujimori dijo que recibía un Estado en verdadero “desastre”, ocultando que ella tiene principal responsabilidad al haber “gobernado” desde el Congreso al menos en los últimos tres años. El “desastre” del Estado es indiscutible; se expresa en el abandono de la salud, la educación, la seguridad y también en su extrema corrupción. Pero viene de atrás y ahora salta a la vista de todos, colocando en el centro del debate la búsqueda de salidas.

Es común creer que el Estado es independiente y responde al interés “general”; pero no es así. La sociedad está dividida en clases sociales y en ella dominan siempre los grandes propietarios; en esta época son los capitalistas. Esta clase establece su dominio a través del Estado para asegurar la explotación de la clase trabajadora y, a la vez, protegerse de ella. Ese dominio puede adoptar formas dictatoriales, como fue el régimen de Fujimori, o formas democráticas, como la “democracia” instaurada tras la caída de la dictadura en el año 2000 y que se mantiene hasta hoy. Dictatorial o democrático, el Estado sigue siendo burgués y sirve a sus fines.

La clase dominante, de tanto en tanto, cambia sus modelos económicos; esto es, la manera de explotar para enriquecerse. En los años 90, con Fujimori, recurrió a formas dictatoriales para derrotar la resistencia del movimiento de masas, liquidar sus conquistas y realizar una radical transformación neoliberal del país. Años después, esa dictadura fue derrotada por inmensas movilizaciones, y la burguesía se vio forzada a servirse de sus agentes democráticos para restablecer la “democracia”. De este modo alimentó la ilusión de que en ella todos viviríamos mejor y más felices, cuando lo cierto es que el nuevo régimen, a cambio de concesiones democráticas y elecciones, mantuvo el dominio capitalista y la explotación y el saqueo propios del modelo neoliberal. Eso es lo que perdura hasta hoy.

¿Qué significa el modelo neoliberal? Promover una economía abierta para maximizar los beneficios capitalistas: pocas regulaciones, pocos controles y total “libertad” de trabajo (es decir, trabajo barato). Como la riqueza solo la genera el trabajo, el fomento de la concentración de riqueza propio del modelo neoliberal solo puede traer más pobreza en el polo opuesto. Y, lo que es peor, al ser sumiso al imperialismo, hace que la mayor parte de las ganancias se acumule en el extranjero, perpetuando el atraso del país.

Así, junto a altas tasas de crecimiento económico, se mantienen altas tasas de desocupación y subocupación (50 %); junto a la riqueza extrema en un polo, la pobreza en el otro (30 %), y una economía altamente informal (75 %).

Por ejemplo, un crecimiento del 3 % como el actual apenas alcanza para dar empleo precario a una fracción de los 400 mil jóvenes que cada año ingresan al mercado laboral. El modelo solo funciona para la burguesía, y ni siquiera para toda ella, porque la tendencia a la concentración del capital y la aparición de oligopolios llevan a la ruina a algunos capitalistas

El problema central es el dominio capitalista

La clase dominante, de tanto en tanto, cambia sus modelos económicos; esto es, la manera de explotar para enriquecerse. En los años 90, con Fujimori, recurrió a formas dictatoriales para derrotar la resistencia del movimiento de masas, liquidar sus conquistas y realizar una radical transformación neoliberal del país. Años después, esa dictadura fue derrotada por inmensas movilizaciones, y la burguesía se vio forzada a servirse de sus agentes democráticos –los viejos y nuevos partidos– para restablecer la “democracia”, alimentando la ilusión de que en ella todos viviríamos mejor y más felices, cuando lo cierto es que el nuevo régimen, a cambio de concesiones democráticas y elecciones, mantuvo el dominio capitalista y la explotación y el saqueo propios del modelo neoliberal. Eso es lo que perdura hasta hoy.

¿Qué significa el modelo neoliberal? Promover una economía abierta para maximizar los beneficios capitalistas: pocas regulaciones, pocos controles y total “libertad” de trabajo (es decir, trabajo barato). Como la riqueza solo la genera el trabajo, el fomento de la concentración de riqueza propio del modelo neoliberal solo puede traer más pobreza en el polo opuesto. Y, lo que es peor, al ser sumiso al imperialismo, hace que la mayor parte de las ganancias se acumule en el extranjero, perpetuando el atraso del país.

Así, junto a altas tasas de crecimiento económico, se mantienen altas tasas de desocupación y subocupación (50 %); junto a la riqueza extrema en un polo, la pobreza en el otro (30 %), y una economía altamente informal (75 %). Un crecimiento del 3 % como el actual apenas alcanza para dar empleo precario a una fracción de los 400 mil jóvenes que cada año ingresan al mercado laboral. El modelo solo funciona para la burguesía, y ni siquiera para toda ella, porque la tendencia a la concentración del capital y la aparición de oligopolios llevan a la ruina a algunos capitalistas.

El salto en las luchas y la respuesta autoritaria

Esta realidad económica y social es la que aviva las luchas, los levantamientos y las crisis sociales que nos sacuden. Y es la que desestabiliza al Estado y al régimen “democrático”.

La crisis dio un salto en 2013, con el descubrimiento de la megacorrupción de Lava Jato, que llevó a prisión a varios expresidentes, líderes políticos y empresarios, y produjo fuertes fracturas en la institucionalidad burguesa. Años después se agravó con el despegue de la minería ilegal y luego del crimen organizado; dos nuevos actores que hicieron crecer la corrupción, que hoy ocupa posiciones sólidas dentro de las instituciones del Estado. Esta situación de descomposición fue desnudada con la llegada del COVID-19, que evidenció la absoluta incapacidad del Estado y del régimen, que no fue capaz de evitar una inmensa cantidad de víctimas y la ruina total de la economía obrera y popular.

Fue precisamente este golpe el que inició una nueva etapa de la crisis. Impulsadas a salir a las calles, las masas provocaron la caída de gobiernos, y luego tuvo su derivada electoral en 2021 con la elección de Pedro Castillo, un candidato precario pero visto como el más “radical”. Castillo ingresó al gobierno y al Estado para administrarlos, no para cambiarlos; no era una amenaza real para la burguesía, aunque sí un factor de caos. La amenaza real era y seguía siendo la masa movilizada por sus reivindicaciones. Para frenarla, derrotarla y restablecer su “orden”, la burguesía necesitaba recurrir a un golpe de corte reaccionario. Eso es lo que precisamente hicieron, y lo consumaron utilizando a un títere como Boluarte. Con ese golpe, luego desencadenarían la sangrienta represión de las protestas del sur y de las marchas a Lima, infligiendo un importante retroceso al proceso de luchas.

Pero, además, con el golpe persiguen otro objetivo de fondo: acentuar el carácter autoritario (y corrupto) del régimen para garantizar su permanencia.

Así, establecieron un sistema donde ya no gobiernan partidos sino organizaciones mafiosas y arribistas; los líderes y expresidentes acusados de corrupción son amnistiados o exculpados de manera conveniente; los miembros del poder pueden protegerse de investigaciones con las leyes procrimen; las instituciones carecen de independencia real y son manejadas por un solo sector político; los militares y policías tienen licencia para matar a quienes protestan; el Senado concentra poder desvirtuando el sistema parlamentario, y en el Congreso se toman acuerdos canjeando beneficios.

Como parte de este sistema, no es casualidad que el único partido que en 25 años de “democracia” quedó en pie haya sido el fujimorismo. El fujimorismo fue protegido por la burguesía, que le entregó recursos y cuadros, y sobre todo construyó con sus medios una nueva narrativa que presenta el genocidio de los años 90 como un mal menor para acabar con el “terrorismo” y vistió los cambios neoliberales de Fujimori como su mejor obra. Así se crearon las condiciones para que ese sector se posicionara desde el Congreso durante 25 años como reaseguro de los intereses burgueses, hasta retornar al poder en 2026.

Las elecciones mismas fueron una muestra clara de la decadencia total del sistema: alta abstención, alto voto nulo y en blanco, y dos minorías que no alcanzan ni el 10 % del padrón pasan a segunda vuelta, donde el ganador debe definirse entre dos candidatos con altos niveles de rechazo.

Que el “triunfo” haya sido de Fujimori no hace sino revelar la gravedad de la crisis por partida doble: del lado obrero, con una dirección reformista precaria, improvisada y capituladora, que ya acumula sucesivas frustraciones para el movimiento de masas; y del lado burgués, que, ante su grave crisis, debe recurrir al fujimorismo, el más detestado de sus recursos. El estrecho margen de la victoria de Fujimori solo mostró que la peor variante –hasta entonces ella– pasó a ser encabezada por la “izquierda” reformista de JP. A este resultado no se le puede llamar triunfo, y menos aún una salida a la crisis que se arrastra.

Conclusión

Todo esto reafirma la necesidad de echar abajo esta democracia burguesa y su Estado. Retomar el camino del levantamiento del heroico sur andino por una Asamblea Constituyente libre y soberana, sumándole la lucha por la expropiación de los grandes capitalistas y la ruptura de las cadenas que nos atan al imperialismo, en la perspectiva de organizar una economía socialista y un verdadero sistema democrático basado en un gobierno de las organizaciones obreras y populares.

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