Elecciones cuestionadas con signos de farsa

Por Freddy Salazar

Las elecciones generales del 12 de abril dieron la vuelta al mundo con escenas de caos y desorganización, revelando la profunda crisis que afecta al país y que, al parecer, supera todos los récords.

A media mañana de ese día se registraban largas colas en varios centros de votación debido a una considerable demora en la instalación de las mesas de sufragio y en la no instalación de otras, lo que obligó a los organismos electorales a ampliar el horario de votación y luego extenderlo al día siguiente, en un hecho sin precedentes. En medio de este caos, el flash electoral de boca de urna anunciaba resultados completamente “inesperados” por muchos: Keiko Fujimori en primer lugar y, en un distante segundo puesto, aparecían en disputa Roberto Sánchez (Juntos por el Perú) y Rafael López Aliaga (Renovación Popular). Inesperado porque el primero no figuraba en ninguna encuesta y el segundo se consideraba seguro en la segunda vuelta.

Así se inició una verdadera crisis que llegó a poner en cuestión todo el proceso y casi lo echa abajo. Una crisis “por arriba”, en el entorno de la cúpula de poder y sus instituciones, que las masas observaron como un pataleo o una riña más de los que siempre le roban hasta los votos. Fue provocada por López Aliaga que, con el apoyo de un importante sector mediático y empresarial y de su base electoral –conformada por la alta clase media de Lima–, desató una “guerra” con denuncias de todo tipo dirigidas, centralmente a desconocer centenares de actas provenientes de las localidades más pobres y alejadas, que no le eran favorables. El gallinero se ordenaría con un pronunciamiento de la Sociedad de Minería y la Asociación de Bancos –quienes realmente manejan el poder en el Perú–, a través de su gremio, la CONFIEP, se pronunciaron a favor de la continuidad del proceso electoral, señalando que había habido “fallas” graves, pero no así “fraude”.

Así se dispuso que el proceso electoral continúe, magullado, cuestionado y manchado, con la proclamación oficial de los ganadores de la primera vuelta (Fujimori 17% y Sánchez 12%) y el inicio de la segunda vuelta, cuando faltaban 20 días para la realización del nuevo acto electoral.

Fraude no pero sí farsa

Pese a las numerosas fallas en que incurrió el proceso, todos los observadores coinciden en que no hubo “fraude” entendido como una maquinación para distorsionar de manera deliberada la votación del 12 de abril, y que anularla era absolutamente ilegal, tanto como instalar la ley de la selva en el país. Para los grupos de poder, al menos para la Sociedad de Minería, el resultado no representaba el “fin del mundo” pues ven bien posicionada y con ventaja a Keiko Fujimori, su primera y mejor opción, mientras Roberto Sánchez luce débil y sostenido en una imagen impostada de Pedro Castillo.

Además, la mafia gobernante ya le había puesto candados al sistema: cambió normas, copó instituciones y estableció un superpoder parlamentario con el Senado, la única cámara que puede aprobar leyes, nombrar funcionarios claves y vacar al presidente. Dicha cámara, con la votación del 12 de abril, quedó bajo control de Fuerza Popular y Renovación Popular, el bloque más reaccionario, que en alianza con otros partidos de derecha puede controlar cómodamente el poder en los siguientes años, incluso si Roberto Sánchez resultara ganador en el segundo turno.

Pero el intento de López Aliaga y el sector empresarial que lo respalda no es una pataleta ni nada accidental: es lo que hacen siempre los empresarios –vulnerar derechos y normas– cada vez que defienden sus ganancias, y con más razón ahora que ganaron posiciones. Ese mismo talante se expresó hace pocos días en la fábrica Cifarma, donde la empresa ordenó el despido de 18 trabajadores por el simple hecho de acatar una huelga del sindicato.

El resultado

El resultado del 12 de abril reveló la fragilidad del sistema montado en los últimos años para mantener el control del poder por los grandes grupos empresariales del país. Recordemos que el 7 de diciembre de 2022 se consumó un golpe de Estado parlamentario contra Pedro Castillo, que instaló un periodo de reacción política que se inauguró ahogando en sangre las grandes protestas que se desataron en respuesta, y tras él se estableció en el Congreso un pacto mafioso que aprobó cambios constitucionales que reestructuraron el Estado haciéndolo más autoritario y tomó el control de instituciones claves. De paso lavó las caras de Fujimori padre y de su hija, decretó la amnistía de los genocidas de la ex dictadura, etc.; todo para defender la continuidad del modelo de libre mercado.

Así pretendieron allanarse el camino para las elecciones de este año. En ella esperaban una fiesta en familia: una segunda vuelta entre López Aliaga y Keiko Fujimori, o de uno de ellos con otro de centroderecha. Pero la fiesta se quemó, como hemos visto.

Desde su visión clasista y racista la burguesía cree que, así como su poder reside en su dinero, así también puede “resolver” los conflictos de clase con palos, leyes y su perorata monocorde. El caso de Aliaga lo pinta de cuerpo entero. Después de ser empoderado por los medios en años de campaña, empezó a caer en las últimas semanas de campaña, sobre todo después que “visitó” las poblaciones del sur andino que al rechazar su presencia les gritó “¡gente de mierda!”. Esto disparó el rencor de esas regiones hacia él y las élites de Lima, y se volcaron a apoyar al candidato de Pedro Castillo que simboliza su reivindicación.

Pero hay más. Lo único que el Estado hizo estos años fue profundizar esas políticas y ataques, como la cruenta represión que causó más de 50 muertos. Estos sectores se levantaron demandando lo más democrático que ofrece una sociedad que se dice organizada en los principios “democráticos” burgueses: Asamblea Constituyente, y por ello no solo fueron acusados de “subversivos”, sino que entre ellos cambiaron la Constitución para atornillarse en el poder. Asimismo, justificaron la vacancia de Pedro Castillo en nombre de la lucha contra la corrupción, pero nunca brotó tanta corrupción como en los últimos tres años en el centro y en todos los niveles del poder del Estado.

Así fue como casi un chispazo destapó la olla, y la población pobre y necesitada del campo andino, una vez más, utilizó su voto para castigar lo que de verdad es una infamia para el país: el régimen reaccionario que nos gobierna.

Para la burguesía y las clases medias el proceso electoral solo era un simple juego de estrategias. Cuando vieron el “peligro” del ascenso de la candidatura de López Chau –apenas un autoproclamado “socialdemócrata”–, lo “terruquearon” hasta bajarlo. Para los “moderados” que buscaban evitar un final de Keiko con López Aliaga, se trataba de un “voto responsable o “estratégico”, es decir de no desperdiciar el voto en candidatos sin opción y a concentrarlos en una opción de centroderecha. Todo esto lo único que hizo fue jugar a favor de Sánchez, que en silencio fue ganando el apoyo de la región andina hasta colocarse en la segunda vuelta.

La “democracia burguesa” devenida en caricatura bajo el trasfondo de la crisis del modelo neoliberal

La primera vuelta trajo otras perlas, “absurdas” y tortuosas para la conciencia “democrática” de las clases medias, que se jalan los pelos mientras culpan a unos y otros.

Para empezar, el 26% del padrón electoral no fue a votar. En segundo lugar, Keiko Fujimori no “ganó” la primera vuelta, sino que “ganaron” el voto nulo y el blanco, que obtuvieron el 25%. En tercer lugar, los dos candidatos que pasan a segunda vuelta apenas representan una cuarta parte del total de votos “validos”. A esto se agrega que la cifra repartidora para la elección de los congresistas se calcula descontando a todos los que no pasaron la valla electoral –que suman otro 25%–, lo que infla la representación de los que sí lograron pasarla.

¿Qué representación puede tener el Congreso y la Presidencia elegidos en estas condiciones? Muy poca.

Por otra parte, desde diversos sectores se sostiene que la verdadera raíz del problema es la proliferación de candidatos, que esta vez llegaron a 36. En realidad, esta no es la causa sino el producto de un sistema descompuesto. Los “requisitos” para registrar una candidatura son onerosos y exige grandes recursos económicos, lo que es un verdadero filtro dirigido a impedir el registro de organizaciones verdaderamente obreras, y al mismo tiempo para facilitar el ingreso de las mafias que tienen “plata como cancha”.

Cuando alguien expresa nostalgia por los partidos de antaño –incluso los de izquierda–, que se basaban en programas y militantes que movilizaban masas, no ven que lo que ocurre es producto del modelo neoliberal que nos gobierna. Este modelo fomenta la concentración del poder económico y político en manos de una oligarquía capitalista que no acepta ningún tipo de cuestionamiento al modelo neoliberal. Por eso fabrican o compran partidos, sujetan a los que buscan salirse del librero (con ofertas “nacionalistas”, de “izquierda” e incluso a los que llama “caviares”), y conviven con todo tipo de partidos mafiosos. Por esto mismo también, cuando no funcionan las reglas “democráticas” que ellos mismos establecen, las pisotean y hasta hacen golpes.

Así se ha montado la presente “democracia”, que no es otra cosa que una formalidad o caricatura, útil para el ejercicio y control del poder por un grupo económico poderoso sobre las mayorías explotadas y oprimidas, como las del campo que sigue viviendo como en siglos pasados.

El fondo de la crisis

En realidad, las elecciones nos muestran una crisis más de fondo del régimen y del mismo sistema.

La “democracia” fue diseñada por la burguesía para garantizar su dominio de clase y la explotación de la clase obrera. Pero la falsa “democracia” tal como la conocemos en este siglo XXI es hija directa del neoliberalismo más brutal aplicado en el subcontinente. Mantuvo cierto equilibrio cuando la bonanza neoliberal de los de arriba chorreaba sobre la población, pero dejó de hacerlo cuando la crisis se instaló en el país desde la pandemia del COVID-19, cuando, para salvar los grandes negocios, se arruinó la economía popular, se empujó al desempleo a millones y se dejó morir a medio millón de peruanos pobres. Desde entonces, las masas salieron a escena a pelear por sus reivindicaciones y desestabilizaron todo.

Ahora, como el modelo neoliberal ya no “chorrea” los conflictos de clase se agravan. Seis años después de la terrible pandemia el Perú no superó los niveles de pobreza que dejó. Todo esto se agrava con la expansión del crimen organizado que asesina y extorsiona a pequeños negocios en las localidades más pobres, y ahora más con la crisis global y las guerras que impulsa el Imperialismo (Ucrania, Palestina, Libia, Irán), trayendo más encarecimiento de las subsistencias.

En este escenario la burguesía maquina salidas más autoritarias y represivas que le permitan asegurar su “orden” y “estabilidad” y para ajustar más el plan neoliberal con nuevas privatizaciones (ahora de Petroperú), autorización de nuevos proyectos mineros y nuevas reformas laborales como la Ley Pulpín.

En un primer momento lo intentaron con Dina Boluarte, y fue resistido. Luego aparecieron nuevos actores sociales como los transportistas, la generación Z y las poblaciones afectadas por el crecimiento de la inseguridad. El régimen fue golpeado y pudo caer en distintos momentos, pero fue evitado por la traición de la dirección de la CGTP que desmovilizó a la clase obrera. Ahora se intenta legitimar en estas elecciones un nuevo gobierno que continúe y retome ese mismo plan. 

Las direcciones traidoras

La clase obrera es la más poderosa fuerza social que produce este sistema y es llamada a luchar en alianza con la población empobrecida por los cambios que necesitamos. Pero está bajo el control de una dirección que colaboró con todos los gobiernos, en especial en los cruciales años recientes; lo mismo ha hecho su brazo parlamentario. Ante la salida autoritaria que impuso la burguesía, los pueblos andinos se sublevaron con la demanda de una Asamblea Constituyente Soberana, y la clase obrera debió hacer suya esta lucha y esta demanda con la huelga general. Pero la dirección de la CGTP la separó y aisló de esa gran lucha contribuyendo a que sea derrotada.

Esta dirección también ha colaborado con el montaje de la farsa electoral en curso, manteniendo desmovilizada y adormecida a la clase trabajadora y aislando sus luchas, y avalando esta “democracia” apoyando candidaturas de conciliación, primero subiéndose al carro de López Chau y ahora al de Roberto Sánchez.

Todo esto no ha hecho más que profundizar la desorganización y dispersión de la clase obrera, debilitándola en sus luchas cotidianas y dejando ganar posiciones a nuestros enemigos de clase. Esto se refleja en las elecciones donde vemos el crecimiento de las fuerzas reaccionarias que captan el voto de las zonas obreras y más pobres del país.

Nuestro posicionamiento

En la primera vuelta, el PST se posicionó con la definición de que “los trabajadores no tenemos alternativa”, y llamamos al voto nulo como una forma de defender la independencia política de los trabajadores.

En esta segunda vuelta podemos decir junto a lo más avanzado de la vanguardia obrera, que identificamos claramente a nuestro enemigo, a la que encarna la herencia del ex dictador Fujimori que ejecutó el ajuste más grande de nuestra historia, infligió una inmensa derrota a los trabajadores en los años 90 y realizó genocidio, esterilizaciones forzadas, etc., y luego su heredera, que ha mostrado casi lo mismo estos años.

Por ello votamos por Roberto Sánchez solo para acompañar a los activistas que consideran como decisiva esta experiencia de la segunda vuelta electoral; no es en ninguna forma un llamado a crear confianza o expectativas en lo que Sánchez haría desde el gobierno; por el contrario, estamos seguros de que no es ninguna garantía de un combate frontal contra el plan neoliberal, y que no dará siquiera tibias medidas como un impuesto a los ricos o medidas como la supresión de los ceses colectivos.

Lo hacemos reafirmando la necesidad de retomar la movilización y lucha unida como única manera de defendernos y de cambiar nuestras vidas. La clase obrera y el pueblo bolivianos, con el levantamiento que protagonizan estos días, muestran que la historia la escriben los pueblos luchando en las calles.

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