Las banderas del sur y el germen de la revolución

Por Víctor Montes

Entre diciembre de 2022 y marzo de 2023, los pueblos del interior, particularmente del sur del país, se levantaron exigiendo, con absoluta justicia, el respeto a su voluntad expresada en el voto por Castillo y, de fondo, la democratización de la sociedad peruana, expresada fundamentalmente en la exigencia de Asamblea Constituyente.

El detonante del levantamiento, fue la detención e inmediata vacancia de Pedro Castillo, tras su fallido intento de golpe de estado, y la conformación de un gobierno hipotecado a los sectores más reaccionarios, conservadores, racistas y antipopulares que dominan el Congreso (Fuerza Popular, Renovación Popular, Avanza País, Alianza por el Progreso, Acción Popular…).

Un gobierno que fortaleció los elementos autoritarios del régimen democrático en crisis, disparando contra el pueblo y reeditando el acostumbrado desprecio contra los sectores populares, particularmente la población proveniente de la sierra, por medio del conocido “terruqueo”.

Un año después, los motivos tras el levantamiento siguen intactos: Boluarte sigue al frente del gobierno. La mayoría reaccionaria del Congreso avanza en su agenda antipopular. Y sobre todo, la miseria crece en el país y la discriminación, marginación y opresión contra el pueblo y las nacionalidades originarias se acentúan en este contexto.

Elementos de fondo

Tres elementos se combinan en la base del estallido y levantamiento de los pueblos del sur: la miseria a la que nos condena un desarrollo capitalista completamente sometido al dominio imperialista. Dos, la frustración continua del pueblo con una democracia hipotecada a los mandatos empresariales. Tres, la permanente discriminación y opresión a la que son sometidos los pueblos del interior y las nacionalidades originarias. Opresión que sirve al capital, tanto al dividir al pueblo como para extraer la mayor cantidad de plusvalía posible en su explotación.

Estos tres elementos escalaron durante el gobierno Castillo, tras años de descomposición y crisis de la democracia colonial que se expresaron en los continuos cambios de gobierno (5 presidentes en 7 años). Y finalmente estallaron, mostrando el fracaso de la República construida bajo los intereses de la corrupta oligarquía empresarial durante los últimos 30 años. Fracaso que evidencia la incapacidad de la clase burguesa de nuestro país a lo largo de 200 años de independencia, para crear condiciones de desarrollo y bienestar para toda la población.

Las banderas del estallido

Y es ese fracaso de la democracia criolla, capitalista y sometida al imperialismo, el que enfrentaron los pueblos del sur con su levantamiento, materializando esa justa rabia y anhelo de cambio en las consignas “¡Fuera Dina Bolurate! ¡Cierre del Congreso! ¡Elecciones inmediatas! ¡Asamblea Constituyente!”. Era la forma que encontró el movimiento de plantear que era necesario echar abajo todo.

la respuesta de la “democracia”

La respuesta de esa democracia falsa fue la represión sangrienta. No podía ser de otra forma. El Estado, como siempre hemos comprendido desde el marxismo, es fundamentalmente un aparato que organiza la violencia de la clase dominante contra las clases dominadas, oprimidas y explotadas.

La forma que adquiere en cada momento (república democrática, dictadura militar, monarquía parlamentaria…) es solo la envoltura con la que presenta esa dominación violenta.

En ese sentido, la “democracia” es la que mejor maquilla esta realidad, pues hace pensar que “todos” son responsables por lo que sucede ya que “tienen derecho a elegir”. Logra esta falsa idea por medio de elecciones, parlamentos y mesas de diálogo. Pero en la hora de la verdad, también la democracia descubre su rostro represor.

“Democracia” y nación

Y fue justamente la represión sanguinaria desatada por el gobierno, y su campaña de “terruqueo” llena de desprecio contra la población ayacuchana, andahuaylina y puneña, que ya había sido insultada y estigmatizada de forma impune por la burguesía y sus hinchas de las clases medias urbanas durante la campaña electoral, la que incorporó plenamente a la lucha las banderas de la identidad nacional de los pueblos quechua y aymara, discriminados y oprimidos consuetudinariamente por desde la colonia.

Con esto, la democracia criolla y sometida al imperialismo dejó ver su otro fracaso: además de su imposibilidad de generar bienestar para el pueblo, se mostró incapaz de constituir, no ya una “nación” peruana, sino un proyecto integrador, en el que las nacionalidades herederas de los pueblos que fueron subyugados por los españoles, hagan parte con igualdad y plenos derecho, para gozar de sus beneficios.

Una nueva traición

Todo lo anterior propició que el levantamiento del sur no tuviera, para terror de la oligarquía empresarial y sus agentes en el Estado, gente dispuesta a “negociar”. Esto es, a corromperse ante su poder y dinero.

Esto hizo que, mientras la lucha fue dirigida directamente por las organizaciones populares del sur, con el pueblo puneño y aymara a la vanguardia, en forma independiente de las viejas organizaciones reformistas que se dicen “de izquierda”, puso en vilo la continuidad del gobierno, e incluso abrió la posibilidad de imponer la convocatoria a una Asamblea Constituyente, como sucedió en Chile en 2019.

Si esto no sucedió, fue justamente porque las direcciones tradicionales del movimiento obrero y popular (el Partido Comunista, Patria Roja) y la izquierda parlamentaria (Nuevo Perú) jugaron a impedir que los trabajadores, trabajadoras y el pueblo pobre de las ciudades, se incorporen a la lucha en forma plena y combativa.

Todo lo contrario, lucharon por dividir la movilización para capitalizarse desde su actuación en el podrido Congreso. Es decir, lucharon por desviar la lucha a los cauces de la misma vieja y falsa democracia.

Como no podía ser de otra forma, todos sus intentos por conciliar y obtener los votos necesarios para “adelantar las elecciones” -que no es lo mismo que echar abajo al gobierno- terminaron en un punto muerto, sirviendo de base para el fortalecimiento de los sectores reaccionarios y del propio gobierno Boluarte.

La clase obrera y la lucha del sur: una sola perspectiva

Esta política de las direcciones llevó a que la clase obrera se viera imposibilitada de ingresar a la lucha y hacia dónde caía la balanza con su método (la huelga general).

La clase trabajadora, y particularmente la clase obrera de nuestro país, comparte el mismo origen étnico y cultural que los pueblos que se levantaron en el interior. Migrante, o descendiente de migrantes, las obreras y obreros del país son de raíces puneñas, ayacuchanas, huancaínas, loretanas, huancavelicanas, iqueñas, lambayecanas, cajamarquinas y un larguísimo etcétera. También tienen origen afro y chino.

En ese sentido, el movimiento del sur gozó la amplia simpatía de la clase trabajadora, que tomó sus banderas, pero no tuvo opción para salir a luchar.

Está claro que las masas pobres y trabajadoras de las ciudades tienen la misma necesidad de echar abajo esa “democracia” podrida y sometida al imperialismo, que es la garantía de los regímenes de super explotación y miseria en la que viven y con los que se llenan los bolsillos sus patrones.

En la experiencia de la explotación y la lucha contra ella, la clase obrera que tiene diversas procedencias, costumbres, sexo e identidad de género y opción sexual, se reconoce como una sola, se organiza y construye una perspectiva verdaderamente democrática e integradora.

Por eso, es imprescindible que la clase trabajadora, y dentro de ella la clase obrera organizada, haga suya las banderas que levantó el sur y las combine en su programa de lucha y acción contra el alza del costo de vida, por mejoras en el salario, la salud y la educación, etc. para hacerlo realidad mediante construcción de su propio poder, en alianza con las organizaciones del pueblo pobre y las nacionalidades originarias.

Esto es, la conquista de un gobierno obrero, campesino, popular, que a partir del reconocimiento del derecho a la autodeterminación de las naciones oprimidas, las invite a ser parte, de pleno derecho, de la construcción del país.

Porque la revolución peruana será en primer término, una lucha por la liberación del país del yugo imperialista y la ruptura con las relaciones sociales que se han combinado para sustentar dicha dominación: la explotación capitalista del trabajo y la tierra, y la opresión de las nacionalidades originarias, heredada de la colonia. Una revolución que haga por fin realidad las banderas de la democracia, burlada hasta el día de hoy por la República de la oligarquía empresarial.

Esto mismo es lo que comprendió Mariátegui a principios del siglo XX, cuando en 1928 definió en el programa del Partido Socialista que él fundó que “…Sólo la acción proletaria puede estimular primero y realizar después las tareas de la revolución democráticoburguesa que el régimen burgués es incompetente para desarrollar y cumplir…”.

Pero la clase obrera en el poder, aliada al pueblo pobre y oprimido, no se detendrá en la realización de las banderas que ha planteado el sur. Tal como propuso el revolucionario ruso León Trotsky, al tiempo que hace realidad ese programa, impondrá el control obrero sobre la producción, la expropiación de las grandes minas, pozos petroleros, fábricas y demás medios de producción hoy en manos de los capitalistas y el imperialismo. Esto es, colocará el conjunto de la economía al servicio de las necesidades de todo el pueblo pobre. Y en ese sentido, la lucha por las banderas democráticas debe fundirse en la lucha por la construcción de la sociedad socialista.

Una dirección que lucha por esta banderas

Como apuntamos hace unas líneas, mientras las direcciones del sur guiaron la lucha con independencia, la perspectiva de la victoria del movimiento estuvo planteada gracias a su consecuencia y combatividad. Así de determinante es la dirección, en el momento en que estalla la crisis.

Sin embargo, para cumplir con lo que hemos planteado en estas páginas, hace falta una dirección superior a la que ha tenido hasta ahora el movimiento. Una dirección que, además de consecuencia y combatividad, sea capaz de ligar la lucha y banderas de los pueblos del interior, particularmente los del sur, con la única estrategia que puede garantizar su realización: la toma del poder por parte de las organizaciones obreras, campesinas, populares y de las nacionalidades oprimidas.

Esta tarea, de primer orden, debe concretarse en la construcción del partido revolucionario, que bajo la guía de la teoría marxista, organice la lucha y la posterior construcción de la nueva sociedad, que tendrá que ser socialista.

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