De “La Batalla por Puno” a la batalla de Puno

El verdadero significado de una lucha histórica

Redacción PST

La Batalla por Puno es un clásico de las investigaciones históricas y antropológicas a las que se han referido muchos intelectuales recientemente, intentando entender la conflictividad desatada desde dicha región hacia todo el sur andino (José Luis Rénique, IEP, 1986).

La investigación detalla desde el altiplano, centro de las culturas milenarias aymara y quechua, su constitución, historia, valores e identidad, y la marginación, discriminación y expolio a la que son sometidas desde la época colonial hasta el presente, y que explican su rebelión y lucha histórica como la que protagonizan estos días.

Se intitula La Batalla por Puno porque, desde el punto de vista de la academia y las clases medias ilustradas, todo el problema del sur se resolvería superando las profundas desigualdades y fracturas con que nació la República, su inconclusa constitución como nación y su Estado fallido, cambiando las reglas de juego y haciendo que los puneños y todas las nacionalidades originarias del país se sientan verdaderamente representadas, reconocidas y respetas.

No obstante, este sueño, que en realidad nace con la misma República, solo ha demostrado en 200 años de azarosa historia con violencia y muertes como la que acabamos de presenciar, la imposibilidad de ser cumplida porque en realidad ella nació mal y no tiene arreglo.

Las demandas democráticas de Puno y de las nacionalidades oprimidas del Perú solo se van a realizar destruyendo el sistema actual basado en el capitalismo dependiente y semicolonial y construyendo otra república y otro estado, con un gobierno de trabajadores, campesinos e indígenas, que construya un Perú Socialista.

A la sazón, no se trata de una discusión académica con académicos ni con la izquierda reformista que con el mismo discurso se mantiene aferrado al semicadáver del sistema capitalista. Se trata del futuro de una lucha que tiene a Puno como su epicentro, pero que en realidad es la lucha de todo el pueblo trabajador y pobre que no puede dejar pasar esta oportunidad para avanzar hacia los cambios de fondo que necesitamos, aprendiendo de las lecciones que nos deja la lucha.

Breve historia

Los enfrentamientos de clase en el Perú están atravesados por otro más antiguo como son los étnicos y culturales que vienen desde la colonia cuando se impuso un sistema de saqueo y explotación destruyendo a otra originaria, lo que con la independencia –hecha por criollos—terminaría configurando dos mundos en un mismo espacio denominado Perú: el de Lima, principalmente, más desarrollada y habitada en su mayoría por blancos (y ahora más mestizos) y culturalmente más identificados con el exterior, y el sur andino, más atrasado, indígena y campesino, con una cultura y tradición que echan raíces en el antiguo Perú. Dos mundos impuestos desde la colonia donde el primero sojuzga, expropia y explota con un inmenso muro de segregación racial, social y económica a las poblaciones originarias, y que se ha preservado en 200 años de República porque han servido de base para alimentar un sistema capitalista parasitario dependiente y semicolonial.

Contra este sistema o forma de apartheid de la nueva República, solo en el último siglo se produjeron verdaderas epopeyas de luchas de esas mismas poblaciones, como las libradas en 1915 con el levantamiento de Teodomiro Gutiérrez (Rumi Maqui) y que también tuvo su centro en Puno, contra el gamonalismo, el trabajo servil y la confiscación de tierras comunales, y reivindicando la vuelta al Tahuantinsuyo, y que sería ahogada en sangre. Un nuevo movimiento con las mismas banderas tiene lugar entre los años 1921 y 1923, con epicentro en Sicuani y que se extiende a todo el altiplano, que también será brutalmente aplastado, como fue Huancho Lima, la proclamada capital del pueblo aymara, donde fueron ejecutados más de dos mil campesinos y sus líderes fusilados.

En el largo periodo de los años 40 al 60 se desataría otra larga ola de sublevaciones en todo el ande, por la tierra y por la abolición del trabajo servil, con sindicalización campesina, huelgas y toma de haciendas, que también costaría cientos de muertos, detenciones y persecuciones, hechas también con los mismos señalamientos despreciativos, y que tendría su hito en el levantamiento encabezado por Hugo Blanco y que, aunque derrotado, terminaría conquistando la reforma agraria dictada en los años 70.

Con esta reforma se resolvería el problema de la tierra, pero al mantenerse el sistema capitalista atrasado y semicolonial perduraría el atraso del campo, su explotación y el mismo sistema de segregación y marginación en favor de la élite gobernante desde Lima y la costa asociados al imperialismo.

En los años 80 y parte de los 90 el descontento pretendió ser canalizado por Sendero Luminoso, pero por su carácter mesiánico y sus métodos autoritarios fue resistida por la población andina, y finalmente sería contrarrestado con otra represión genocida desatada por el Estado que causó otra masiva masacre de campesinos e indígenas (69 mil), refrescando el mismo mensaje histórico: sus vidas no valen nada, ahora bajo la etiqueta de “terroristas”.

En la reciente época inaugurada con el neoliberalismo fujimorista el campo volvió a escena enfrentando un nuevo problema: la expansión de las actividades mineras y petroleras que trajeron nuevas ocupaciones de tierras y destrucción de sus recursos naturales (como el agua) sumiéndolos en más pobreza, solo para crear una boyante y rentable industria extractiva que se capitaliza en Lima y sobre todo en el exterior, con lo que se realimentó la histórica polaridad y un nuevo ciclo de conflictos. Estos conflictos fueron controlados por el Estado con renovados ataques represivas justificados con el discurso terruqueador, hasta que la corrupción melló la poca credibilidad en la que se sostenía y la feroz pandemia terminó por quebrar su frágil equilibrio despertando de nuevo al mundo andino.

Pedro Castillo

En un inicio, esa crisis se canalizaría por la vía electoral cuando el campo (con el apoyo de la clase obrera) vota de manera sólida por Pedro Castillo al que considera “suyo” y que a la sazón prometía cambios reales para sus vidas. Para los viejos grupos de poder el resultado será de pesadilla pues se instalará en Palacio un representante del mundo andino al que habían oprimido, explotado y marginado durante 200 años y que amenazaba con cambiar esta realidad. Era un triunfo histórico para aquellos y una derrota histórica para los otros; pero en el terreno electoral. Por eso ahora se trataba de sabotear y hundir al gobierno de Castillo poniendo en movimiento todo su poder, y recargando sus viejas armas de discriminación, insultos y terruqueo, hasta que 16 meses después lograron la vacancia. 

Como ya se sabe, Castillo en el gobierno no hizo nada en favor del campo y más bien fue responsable del agravamiento de su situación, y concilió con sus grandes enemigos manteniendo todos sus privilegios. Pero, como se sabe, los poderosos jamás perdonan a los que no son suyos y por eso desde su ala derecha no cesarían de atacarlo, ataques a los que el mismo Castillo contribuiría con su desastrosa gestión de gobierno y corrupción. Así, al mismo tiempo que la derecha ganaba las calles y las clases medias urbanas eran ganadas a favor de la vacancia, las direcciones de “izquierda” desmovilizaban a la clase obrera y dejaban aislado al gobierno; tan aislado que esa misma “izquierda” votaría a favor de la vacancia. Por esta razón el rechazo al desafuero viene desde el interior, donde Castillo pese a todo mantenía considerable apoyo.

La rebelión

La respuesta que se desarrolla desde el interior tiene dos momentos. El primero se inicia en protesta por la destitución de Castillo. El otro, cuando se produce la respuesta criminal con las masacres del 12 de diciembre en Andahuaylas (5 fallecidos) y días después en Huamanga (11 fallecidos), dando inicio a una verdadera rebelión histórica. Ella sería atizada con la masacre de Juliaca el 9 de enero (18 muertos), la militarización, detenciones y toda la represión que se desata sin parar en todo el país para sofocar la movilización; una respuesta violencia que venía desde la campaña pero que ahora se traducía en muertes y sangre, reviviendo las mismas heridas y llagas del pasado histórico. Así, una lucha de reivindicación de Castillo pasa a convertirse en una rebelión contra la misma represión y discriminación del gobierno y Estado, y por las banderas de igualdad ante las leyes, de reconocimiento cultural y de derechos, y las demandas de fuera Boluarte y el Congreso y de Asamblea Constituyente.

¿Refundar la República?

En todo lo dicho hay mucho acuerdo con los sectores intelectuales que reconocen el carácter profundamente democrático de la lucha en curso. En lo que no hay acuerdo, repetimos, es en la pretensión de reformar o refundar la República.

En realidad, no es posible. Es una aspiración que viene desde la fundación de la misma República cuando fue creada teniendo como maestra a la democracia europea, sueño que los intelectuales repiten cada que estalla una nueva crisis como un deseo de infancia, sin sacar lecciones de 200 años de luchas y rebeliones con ríos de sangre de por medio, en los que no se pudo dar ese paso porque existen problemas estructurales que son actuales.  

No hay posibilidades de reformar o refundar la República y alcanzar un estado moderno a imagen y semejanza de Europa porque el Perú ingresó a la “modernidad” capitalista en condiciones de semicolonia, es decir sometido al Imperialismo. Romper con esa dependencia significa romper las cadenas que nos atan al capitalismo mundial y enfrentarnos localmente a sus socios menores burgueses y a su la élite gobernante, es decir a enfrentarnos a los que debían construir la verdadera República. Por eso no es posible.

Por eso también las banderas del sur son extraordinariamente actuales y van a seguir motorizando la lucha popular por toda una etapa. Y esas banderas solo se pueden llevar a cabo como parte de una lucha nacional que una a todos los oprimidos y explotados, que al mismo tiempo haga suyo también la lucha contra el imperialismo, por la independencia, la nacionalización de los recursos naturales y por el establecimiento de un gobierno de trabajadores, campesinos e indígenas, que las lleve a cabo.

De aquí que la tarea no es que la República conquiste a Puno, como creen los intelectuales y demócratas de clase media. La tarea es que Puno y el Ande derrotando a la actual, construyan otra sobre nuevas bases sociales y económicas, en alianza con la clase obrera.

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