Por Federico Romero
Estamos ante una guerra imperialista contra Irán con expansión en la región, con amenazas múltiples y con enormes repercusiones para el mundo, sobre todo para las masas trabajadoras. Aunque la guerra no tiene visos de solución por el momento, ya muestra hechos contundentes y algunas tendencias que permiten entender lo que está ocurriendo y lo que implica para los revolucionarios.
Por qué se produce esta guerra
Lo primero que hay que preguntarnos es por qué se produce este ataque o esta nueva guerra imperialista. La versión más corta es que Israel, en su plan de construcción del Gran Israel, tiene como principal amenaza u obstáculo al Estado iraní, y que estaría arrastrando a EE. UU. para lograr su objetivo de acabar con él, buscando derrumbar al régimen y colocar uno servil en su reemplazo, o empujar al país a una guerra civil interna dadas las múltiples contradicciones que lo atraviesan. Si solo fuera así, estaríamos ante más de lo mismo: una conflictividad más provocada por el Estado sionista tras sus planes expansionistas. Lo cierto es que el imperialismo no se va a involucrar en una guerra de las dimensiones que estamos viendo y con todo lo que está implicando solo por apoyar a su socio israelí. Además, Israel actúa como un enclave militar y de acuerdo con los intereses de EE. UU., aun cuando su dinámica sea propia. ¿Cuáles son esos intereses centrales que se están poniendo en juego en esta guerra?
El primer hecho del cual debemos partir es la crisis actual del imperialismo y, como consecuencia de ella, la del mismo orden mundial surgido después de la caída de la ex URSS, y lo que intenta para salir de ella. El fenómeno que atraviesa los principales hechos que acontecen en la actualidad es el crack financiero del 2008, que inició una larga etapa de crisis capitalista global y que mostró el agotamiento del modelo de globalización liberal capitaneado por EE. UU. Lo que hay desde entonces es una lucha del imperialismo por salir de esa crisis, y al no producirse una salida que restablezca el equilibrio capitalista con un nuevo ciclo de expansión, no se hace más que recrearla con nuevas crisis, guerras, ataques recolonizadores y ataques a los trabajadores del mundo. En este contexto se ubica la guerra actual, como parte de un plan contrarrevolucionario imperialista para salir de su crisis orgánica.
La presente guerra es continuación y expansión de la guerra genocida contra el pueblo palestino. Hablamos de la región más rica en petróleo y gas controlada por EE. UU. y que es sostén de su sistema financiero basado en los petrodólares (todo el petróleo se comercializa únicamente con el dólar, lo que le da el respaldo que necesita como medio de cambio internacional). Por ello tampoco es casual que el socio más inmediato del imperialismo, Europa Occidental, se alinee con EE. UU. en esta guerra donde además es fuente principal de abastecimiento de petróleo y gas.
Al fenómeno económico señalado se suma el fenómeno político-social, que es la respuesta de los pueblos que defienden su independencia y soberanía (Ucrania, Palestina y ahora Irán), y del movimiento de masas a los ataques imperialistas y de sus socios, que agrava la inestabilidad en el mundo y que el imperialismo también busca controlar. Un fenómeno derivado de la caída del principal socio del imperialismo, el estalinismo, en los procesos que llevaron al derrumbe de la ex URSS, y que era su principal garante para mantener cierto statu quo global desde la postguerra. De aquí se deriva el carácter de la etapa de la lucha de clases en la que nos encontramos, de crisis, guerras, contrarrevoluciones y revoluciones.
En este contexto, ¿cómo aparece o se manifiesta la conflictividad con China y Rusia? Desde el punto de vista de algunos sectores, la crisis actual y las mismas guerras y todos los fenómenos mundiales de la lucha de clases se explicarían por la conflictividad EE. UU. vs. China-Rusia, que estarían en una disputa por el reparo del mundo. De aquí se deduce, viendo incluso la magnitud del actual conflicto, que estaríamos camino o al borde de la III Guerra Mundial, lo que no es cierto.
La crisis del orden mundial se expresa en un fenómeno contradictorio: mientras por un lado se produce un declive de la hegemonía de EE. UU., por el otro surge la emergencia de otras potencias y semipotencias. El más importante es el gigante chino, que crece y se expande desafiando el dominio estadounidense en varias áreas del mundo, en especial Latinoamérica, y junto con él emergen otros que se agrupan en los BRICS (Brasil, Rusia, India), cada cual con ambiciones propias que incluso abren guerras regionales, como la de Rusia contra Ucrania. Esto provoca cierta conflictividad y nadie lo discute, pero no del grado de una conflictividad global que inestabilice al mundo y que nos esté llevando a una III Guerra Mundial.
Por ejemplo, en el caso del ataque a Venezuela, donde EE. UU. realizó un gigantesco despliegue militar, secuestró a Maduro y puso de rodillas al régimen chavista, China y Rusia no hicieron nada y solo se limitaron a declaraciones diplomáticas, pese a sus compromisos y enormes intereses en dicho país (n especial de China con importantes inversiones en dicho país). En la guerra contra Irán sucede lo mismo: Rusia expresó su solidaridad con Irán y se dice que le suministra información satelital a Teherán, pero al mismo tiempo negocia con Trump para ayudar a resolver la crisis energética; y China, también con enormes intereses en la región especialmente su dependencia d gas y petróleo de la región, no ha pasado de una declaración diplomática que no se compara ni con la declaración del gobernante español Pedro Sánchez, que se pronunció claramente contra la guerra.
La conflictividad principal no son los roces de EE. UU. con China, Rusia y otros sectores, sino la lucha de clases, la que se produce del ataque directo del imperialismo sobre las naciones, los pueblos y trabajadores para salir de su crisis, y por la resistencia de ellos, en este caso de Irán, Palestina y los pueblos de Medio Oriente y de otras regiones que se le enfrentan.
La guerra profundiza la crisis imperialista y la polarización
La propia guerra es una muestra de la crisis del imperialismo. En Venezuela hubo un ataque planificado por meses, ordenado y exitoso para la cosecha de Trump. En Irán no existe nada de esto. No existe porque, como en la guerra de los 12 días de junio del año pasado que buscó eliminar las bases nucleares de Irán, esta vez se trataba –en palabras del propio Trump- de un ataque de pocos días dirigido a decapitar al régimen y propiciar su caída o capitulación; algo así como lo que hizo en Venezuela a un costo casi insignificante. Pero el plan fracasó. El régimen no solo no cayó sino que se afirmó, y el pueblo iraní no celebró el ataque imperialista sino cerró filas con su gobierno; y ahora ambos libran una guerra que se extiende mostrando un poderío militar capaz de hacerle frente al imperialismo, asestándole golpes estratégicos y golpeando a su propio socio israelí como jamás ocurrió. Así, EE. UU. y sus aliados han sido arrastrados a continuar y sostener una guerra que no estaba en sus planes, al precio de un alto costo y sin saber cuándo y a qué precio saldrán de ella sin mostrar una derrota abierta.
Si como plan se entienden determinadas metas y acciones unidas en torno a una estrategia a alcanzar, no existe tal plan imperialista. Lo que se ve es una reacción empírica. Esto no quiere decir que no actúe o que no haya una política imperialista: actúan, por ejemplo, contra la inmigración (Obama expulsó más inmigrantes que Trump), actúan contra Palestina y en apoyo a Israel (Biden, del Partido Demócrata, apoyó y financió el ataque sobre Gaza), etc.
El que ha hecho explícito un verdadero plan imperialista es el gobierno de Trump con su Estrategia de Defensa Nacional de los Estados Unidos, publicada en diciembre pasado. En este plan se señala con absoluta claridad su objetivo de volver a recuperar la hegemonía mundial de EE. UU., recuperando su dominio sobre los recursos energéticos (petróleo y gas), apuntar a controlar las tierras raras que son esenciales para el dominio de la tecnología IA, y dejar de encargarse de la «seguridad del mundo» para priorizar el fortalecimiento de su predominio económico y militar… En este marco, incluso, considera como objetivo prioritario restablecer su preeminencia sobre el hemisferio occidental, esto es América Latina, desplazando la presencia de China.
Este plan contexto explica las acciones que ha venido implementando la administración Trump, desde su política interior de ajuste fiscal y ataque a los migrantes con políticas represivas criminales, su alza generalizada de aranceles y su ataque a América Latina: ataque a Venezuela para apoderarse del petróleo, que es una de las reservas más importantes del mundo; ataque a Cuba con un bloqueo que fuerce la caída del régimen; la reciente reunión en Washington con 12 presidentes de América Latina bajo el lema «Escudo de las Américas», para alinear sus políticas en la región; incluso se explica la grosera intervención de EE. UU. en Perú en torno al megapuerto de Chancay, construido por los chinos, para cortar su plan de penetración comercial en el subcontinente.
En este marco, la política de Trump era poner fin a los conflictos y guerras regionales como el de Ucrania, para lo cual incluso pretendió que le entregaran el Premio Nobel de la Paz. Pero ahora Trump ha involucrado a EEE. UU. en una guerra de proporciones que implica un abandono de dicho plan. Esto ha generado crisis y rupturas al interior de sus partidarios (el grupo MAGA), compuesto principalmente por la oligarquía financiera de Silicon Valley y los grandes grupos financieros norteamericanos; una oligarquía involucrada en el escandalo Epstein.
Esta situación, de no querer más guerras y al mismo tiempo propiciar una de magnitud, solo se puede explicar por la crisis de dominación del imperialismo y su incapacidad para aplicar un plan algo coherente. Para ese fin colocaron a un ególatra en el poder y ahora son víctimas de esa egolatría que los arrastra por caminos casi desconocidos. En su prepotencia y autoconfianza absoluta, Trump desestimó no solo su plan sino todo lo que su sistema de inteligencia y su propia Fuerza Armada tenían definido: que no pueden embarcarse en una guerra contra Irán porque saben que este tiene importantes recursos militares, que EE. UU. no tiene suficiente armamento, etc. Subestimó al régimen iraní y a su pueblo pensando que con un solo ataque lo derrumbarían y lograrían empoderar a Israel en la región. Pero terminó abriendo una verdadera caja de pandora enfrascándose en una guerra de proporciones de la que ahora no sabe cómo salir al menor costo posible.
Todo el escenario mundial ha sido y es conmovido por estas políticas. Muchos gobernantes de peso ya hablan del fin de la “multilateralidad”, la globalización neoliberal y del sistema basado en reglas. El primer ministro de Canadá, Mark Carney, en la reunión de Davos, dio este diagnóstico e hizo un llamado a crear otro orden basado en un acuerdo entre los países de mediano desarrollo, como contrapeso a la crisis actual. El imperialismo dominante, EE. UU., sigue siendo el mismo. Solo que en su crisis se salió del libreto de los consensos y acuerdos presionado por salir de ella y restablecer su dominio. Responde a su crisis creando más crisis.
La “sorpresiva” respuesta iraní
Debido a la larga crisis que atraviesa a Irán y de un descontento creciente con demandas democráticas de su población que salió a protestar por millones antes del actual ataque, EE. UU. pensó que era fácil bajarse al régimen. Irán sufre, además, un bloqueo imperialista desde hace 40 años, y es bombardeado de tanto en tanto por Israel y EE. UU., como lo hicieron en junio pasado, dejando «destruidas» sus bases nucleares. Así, con una violenta ola de ataques esperaban terminar de demoler al régimen. Para agarrarlo desprevenido incluso fingieron estar «negociando». Y, en efecto, con los primeros bombardeos, la plana mayor del régimen fue muerta, el líder supremo Alí Jamenei y gran parte de su familia también, y una escuela de niñas fue bombardeada para desencadenar terror y someter a la población. Como dijimos, el resultado fue exactamente opuesto al que buscaban: el régimen no se derrumbó sino que se recompuso y se puso al frente de la defensa nacional desde el primer día, y todo el pueblo se unió detrás del odiado régimen pidiendo contraatacar. Trump quiso replicar su éxito de Venezuela, pero en su lugar replicó una situación similar a Vietnam, donde el imperialismo creía que con su inmenso poder militar podía aplastar en algunas semanas a una pequeña guerrilla, pero ella se impuso, derrotó a EE. UU. y tomó el poder, basando su lucha en defensa de su soberanía nacional.
Una situación similar sucede ahora. Irán y su régimen no son como Venezuela y el chavismo. Irán es una cultura (Persia) con cerca de 3 mil años de historia, una de las que dieron origen a la civilización moderna, por lo que tiene un fuerte sentimiento de identidad nacional que los ataques han encendido. Es un extenso país con 90 millones de habitantes, ante el cual Israel con una pequeña franja y 8 millones de habitantes casi es nada. Y el régimen no es una simple dictadura donde se puede cortar la cabeza del líder y acabar con él: es un régimen teocrático estructurado y amalgamado por su creencia religiosa chií, la más radical y firme del islamismo. Jamenei tampoco era otro Maduro: frente a este dictador vulgar y típico, y Jamenei era su líder religioso querido y respetado dentro y fuera de Irán por la comunidad chií, que es el 20 % del mundo musulmán, y su asesinato es considerado un martirio, que en el islam es un acto que se venera y se responde con venganza. Por ello, la respuesta desatada por Irán es proporcional al grado del ataque criminal que ha sentido Así se inició y escaló la guerra actual.
Pero esto no explica todo. Puede que Irán no tuviera el armamento necesario para defenderse y es posible aun así no se hubiera rendido de inmediato. Pero resulta que tenía y tiene poder militar, un hecho que ahora asombra a muchos. EE. UU. lo sabía, pero subestimó al régimen más que a su armamento y capacidad militar. El régimen no solo ha soportado los brutales bombardeos sino que responde con eficacia militar y contundencia. Incluso muestra armamento superior al de sus atacantes.
Israel basó su poder militar en su poderoso sistema de defensa antiaérea llamado «Cúpula de Hierro» o Domo, impenetrable ante cualquier misil o dron que se lanzara contra él; como lo vimos en la lucha de Hamás, cuyos disparos casi no impactaban sobre territorio israelí y eran desactivados en el aire. Dicho Domo consiste en un sistema satelital de precisión que le permite identificar los misiles y drones sobre su espacio aéreo y disparar contra ellos misiles «desactivadores» que los hacen explotar en el aire. Como reaseguro, el sistema al mismo tiempo activa una alarma que hace que la gente pueda ir a protegerse debajo de búnkeres. Irán ha roto esta «Cúpula de Hierro» y sus misiles y drones hoy caen sobre blancos predeterminados, sus alarmas ni siquiera pueden activarse y ahora hay sensibles bajas en Israel y en las mismas bases militares norteamericanas.
Irán tiene decenas de miles (algunos dicen 150 000) entre drones y misiles de los más modernos, en gran parte fabricados por ellos mismos; incluso ha suministrado drones a Rusia para atacar Ucrania. Con una oleada de drones (cada uno evaluado en promedio en 20 000 dólares), Irán satura el espacio aéreo de Israel, que debe activar su sistema y lanzar misiles contra cada uno de los drones, misiles evaluados en 4 millones de dólares cada uno. Para peor, estos misiles no solo son costosos sino que ahora, por la proporción inesperada del ataque y su contundencia, se agotan y, al parecer, ya le quedan pocos; y fabricarlos lleva meses. Irán también posee drones marinos que no pueden ser rastreados ni desactivados, los que, transportados en lanchas resultan tan efectivos como un submarino. Posee lo que es su arma más poderosa: misiles supersónicos y de racimo, que son los primeros que rompieron la «Cúpula de Hierro».
De este modo, en el curso de la actual guerra Irán ha logrado:
– Que por primera vez lluevan bombas sobre las principales ciudades de Israel, poniendo fin a su mito de invulnerabilidad y causándole muertes y destrucciones.
– Ha replicado el bombardeo de su centro petrolífero (con inmenso daño ambiental y afectación a la población) con un bombardeo a la principal refinería de Israel.
– Ha bombardeado la principal base aérea israelí, de donde sale su flota aérea y los misiles que le atacan.
– Ha bombardeado al gigante portaaviones Abraham Lincoln, desde donde ataca EE. UU., infligiéndole daños y obligándolo a alejarse a más de mil kilómetros de la zona.
– Ha bombardeado y mantiene ataque permanente a las bases militares de EE. UU. en todo el Golfo, donde ha liquidado su principal base militar, destruido varios sistemas de radar que monitoreaban los ataques y causado un número indeterminado de bajas.
– Ha tomado control absoluto del estrecho de Ormuz, por donde circula el 20 % del petróleo mundial, obligando a un alza de los precios del petróleo y el gas y la caída de las bolsas del mundo, cuyo impacto crece con cada día que se extiende el conflicto.
Estos dos últimos logros militares colocan en posición ventajosa a Irán. De un lado, porque prácticamente ha alejado las bases de ataque de EE.UU., condicionando la neutralidad de sus principales socios del Golfo, de tal modo que, si deja usar su espacio aéreo o las bases que aún quedan, pueden sufrir nuevos ataques, como sus refinerías y yacimientos, que provocarían una mayor crisis energética. Y el control del estrecho de Ormuz, no solo es un bloqueo naval al transporte de petróleo, sino también es una muestra de poder militar ante EE.UU.
Al éxito de su respuesta militar Irán suma el hecho de que puede controlar y amenazar con agravar la crisis energética, golpeando en el corazón del negocio imperialista.
Esto no es todo. Irán también ataca a los que apoyan la ofensiva norteamericana: bombardeó una base en Chipre bajo control británico y realiza disparos de advertencia sobre Turquía, Azerbaiyán y otros países.
Y el teatro de operaciones se ha ampliado con el ingreso de sus aliados inmediatos. Hezbolá, desde el Líbano, realiza bombardeos simultáneos con Irán, y sus combatientes enfrentan a las tropas israelíes que han empezado la invasión terrestre. Los hutíes, en Yemen, atacan objetivos norteamericanos. El grupo chií en Irak voló la embajada de EE. UU. en dicho país. Los chiíes en Pakistán atacaron la embajada de EE. UU.
Empantanamiento y amenazas
Estamos entonces ante un empantanamiento del ataque militar imperialista-sionista en la región que ahora no sabe cómo salir del conflicto. El imperialismo parece haberse quedado sin política. Solo atina a correr hacia adelante lanzando más cargas explosivas en zonas urbanas, hospitales, colegios; sobre una planta desalinizadora para dejar sin agua a la población, y hasta a bombardear su mayor refinería y depósito de petróleo, originando un inmenso daño ambiental. En tanto, Israel ataca el Líbano con fuertes bombardeos y fuerza al desplazamiento de más de medio millón de habitantes creando una grave crisis humanitaria.
A Trump, no le queda más que fingir para calmar los mercados diciendo que todo va bien y que han avanzado mucho en su plan, mientras amenaza con mayores ataques y hace promesas que no podrá cumplir, como que recuperará el control del estrecho de Ormuz. Irán, en cambio, hace lo que dice y obtiene resultados, lo que hace prever que mantendrá su defensa, sus ataques y mantendrá jaqueado a los países del Golfo y a los que colaboran con el ataque de EE. UU., y mantendrá su bloqueo del estrecho de Ormuz. Por su parte, en el Líbano, Hezbolá está mostrando una fuerza inesperada en su enfrentamiento con las tropas sionistas.
Trump sigue hablando de una guerra corta y de que los iraníes están desesperados por negociar. Y las autoridades iraníes responden diciendo que no hay ni habrá negociación hasta que ellos lo digan.
Es decir, en gran medida Irán está poniendo la pauta de la guerra. Y la misma prensa norteamericana que subvaloró el genocidio en Gaza y ahora subvalora los ataques brutales sobre la población civil en Irán y el Líbano, no puede ocultar ni disimular los aprietos del imperio en esta guerra.
La estrategia de EE. UU. e Israel, de demoler de manera violenta a Irán, viene perdiendo terreno frente a la de Irán, cuya estrategia es resistir y alargar la guerra apostando a desgastar al imperio y a sus aliados, en los frentes económico, político y militar. En pocos días de guerra, los costos para Irán son impresionantes: los bombardeos criminales sobre la población civil ya causaron más de 1000 muertos y no se sabe si hay muchos más; la infraestructura del país está siendo demolida, y va a haber más. Pero, como se ha visto, por el lado de EE. UU., Israel y sus aliados, la situación no es nada mejor, y adicionalmente sufren sus economías y se aíslan políticamente en el mundo.
Pero también la guerra entraña amenazas. Una es la devastación de los pueblos atacados, una extensión del genocidio de Gaza. La otra es la guerra nuclear. Aunque los principales actores están buscando que no se agrave más y que desescale, el hecho es que Israel tiene bombas nucleares y a la cúpula gobernante sionista no le temblará la mano para lanzar algunas de ellas sobre Irán en el momento en que se vea acorralado. Es una amenaza real que, de producirse traerá otras implicancias. Y es una amenaza que también hacen crecer las presiones para la desescalada.
Los impactos en el mundo y en la lucha de clases
El golpe a EE.UU. con el bloqueo del estrecho de Ormuz y la parálisis de los Estados del Golfo, han permitido cortar en seco el suministro del 20% del gas y petróleo del mundo, ocasionando el alza de sus precios, la caída de las bolsas y la desinversión en toda la región. En la medida en que la guerra se prolongue estos impactos pueden llevar hasta una depresión con inflación generalizada golpeando el corazón de Wall Street y la City, ocasionando más impacto en las economías de los países pobres y dependientes. Entre ellos Perú que importa petróleo y sus derivados.
El fracaso del plan de Trump y el alargamiento de la guerra, junto a los altos costos que debe pagar el imperialismo, agravan su crisis interna. En EE. UU., un gran sector de la burguesía no apoya la guerra porque conoce la realidad descrita y el alto costo que tendrá que pagar. Los propios aliados que llevaron al poder a Trump le quitan su apoyo por el mismo motivo. El 80 % de la población de EE. UU. no apoya la guerra y ese porcentaje será mayor tanto como empiece a sentirse las alzas y la caída del empleo, y crecerán las movilizaciones que ya están en curso. Así, aun como están las cosas, Trump ya perdió. Y es muy probable que pierda las elecciones de noviembre y que una mayoría opositora en ambas cámaras lo pueda destituir. Todo se encamina a una mayor profundización de la crisis imperialista.
En el panorama de los aliados de EE.UU. sucede lo mismo. Las monarquías del Golfo, aliadas de EE. UU., han visto esfumarse el manto de protección que les aseguraba EE. UU., junto con parte de sus inmensas riquezas, y ahora presionan por una desescalada del conflicto, e incluso Omán ya se pronunció claramente contra la guerra.
De otra parte, sus aliados de Europa sufren una crisis energética grave porque, desde que se inició la guerra de Rusia contra Ucrania, depende del gas que viene de Medio Oriente. En su desesperación, Gran Bretaña, Alemania y Francia quieren involucrarse para acabar pronto la guerra, pero no pueden hacerlo de manera directa. Ahora Trump habla del levantamiento de las sanciones a Rusia para que vuelva a vender su petróleo y gas, lo que es una invitación a Europa a abandonar a Ucrania que, sin ayuda, se convertirá en presa fácil de Putin, quien ya empezó a contraatacar para mejorar sus posiciones.
Putin, que ya estaba en apuros por la larga guerra de resistencia ucraniana, mejoró su posición ahora porque mantiene estrechas relaciones con el régimen iraní a quien se dice apoya en esta guerra, pero para él lo más importante es ganar su propia guerra y eso es lo que actualmente negocia con Trump.
Por su parte, China y el sudeste asiático también son castigados porque dependen del petróleo y gas del Golfo, pero no se involucran, en especial China (que mantiene una pose diplomática), pero también son un actor de peso que presiona para la no agravación del conflicto y su pronta solución.
Por ahora no hay visos de desescalada ni de fin de la guerra. Lo único que parece cierto por ahora es que Irán resistirá y le seguirá infligiendo daños considerables a Israel, EE. UU. y sus aliados y que seguirá ganando apoyo en el mundo, y que más pronto que tarde EE. UU. se verá obligada a detener la guerra.
Después de la guerra, los cambios que se producirán en las relaciones entre Estados y entre las clases dependerán de cuánto más se profundice la conflictividad. Esto implica que las bases militares de EE. UU. en la región pueden debilitarse o incluso desaparecer definitivamente, y con ellas podría afectar o hasta quebrarse el petrodólar, que ahondaría la crisis financiera de EE. UU. Los países del Golfo, por otra parte, o cada uno por su lado, tendrán que reevaluar sus relaciones con Irán y su posición ante el tema palestino para tener un grado de seguridad. Los grupos armados de Hamás y Hezbolá podría recuperar protagonismo y el mismo pueblo palestino para su causa liberadora. Es posible también que se debilite el respaldo de EE.UU. a Israel, que además de reconstruirse estará más aislado que nunca en la misma región.
Desde el punto de vista del movimiento de masas y de los pueblos el problema es que se les hará pagar el costo de la guerra y, después de ella, el costo de la recuperación imperialista. Eso ya empezó con el alza de los combustibles y el gas y de los derivados del petróleo (fertilizantes y otros) en todas partes. Si la guerra se prolonga y causa un mayor retroceso económico global, pronto vendrán los ajustes presupuestarios, los cierres de empresas y nuevos ataques a los derechos laborales, los que será literalmente echar más combustible sobre las protestas que ya recorren el mundo, y en los propios EE.UU. Todo esto, junto al impulso que traería sobre el movimiento de masas, especialmente de la región, una retirada del imperialismo.
En este contexto, es previsible el desarrollo de una nueva ola de luchas y movilizaciones en diversas partes, en especial en los mismos EE. UU. A América Latina nunca le fue bien bajo la férula del imperialismo norteamericano, pero ahora puede ser peor. Hay un plan de recolonización en marcha que busca tomar el control de nuestros recursos en favor de las multinacionales yanquis, con mayor presencia militar (con el pretexto de los cárteles de la droga), para lo cual EE. UU. busca gobiernos serviles, como los que acaban de reunirse en Washington. Este plan se debe acelerar ahora después de la guerra, y alimentará nuevas luchas y levantamientos.
Lo anterior confirma la tesis de que no hay ni habrá un nuevo reparto del mundo y una nueva hegemonía imperial sin guerra. EE. UU. muestra que está dispuesto a pelear hasta el final por defender su hegemonía, y después de este grave traspié no hará otra cosa que lamer sus heridas, recuperarse y volver a embestir. En Venezuela, además del petróleo, se trataba de desplazar a China como principal socio de dicho país. En Medio Oriente, el resultado de la guerra va a fortalecer a los rivales de EE. UU.: China y Rusia. En el caso de Ucrania, como resultado indirecto de la guerra actual, puede salir ganador Putin. No hay duda de que la actual carrera armamentista se acelerará, con EE. UU. al frente, fortaleciendo las posiciones disuasorias de cada uno y preparándose para nuevas conflagraciones locales.
En conclusión: la declinación de EE. UU. se profundizará junto a la de sus aliados, y en el otro polo pueden salir mejor parados China, Rusia e incluso Irán, con un nuevo papel para equilibrar la estabilidad de la región; con un telón de fondo de nuevos ataques a los trabajadores y naciones oprimidas y aumento de las respuestas. Se profundizará la característica general de la etapa: polarización entre revolución y contrarrevolución y la lucha de clases.
La lucha contra el imperialismo en el centro de nuestras tareas
Nunca como ahora vuelve a colocarse en Latinoamérica la lucha contra el imperialismo yanqui en primer plano. Si en el siglo XX surgieron corrientes nacionalistas burguesas y pequeño burguesas revolucionarias, ahora podemos experimentar al menos la lucha antiimperialista del movimiento de masas, donde los marxistas revolucionarios tenemos la mayor oportunidad para construir la alternativa de dirección.
Esta lucha significa que pongamos en el primer plano de nuestras tareas, primero, estudiar los nuevos fenómenos y cambios que se vienen produciendo para armarnos, y, en segundo lugar, colocarnos a la cabeza de la lucha antiimperialista a partir de las tareas que van a ir surgiendo: el ataque contra Venezuela, el ataque a Cuba y ahora la guerra contra Irán, en el plano de la propaganda, la agitación y la organización. En el caso de la guerra, nos posicionamos sin duda alguna al lado de Irán, en su campo militar y por su triunfo, y contra el imperialismo, su agente sionista y sus aliados y por la derrota militar de ellos. Esto, sin prestar el mínimo apoyo político al régimen iraní, y con la seguridad de que una derrota del imperialismo fortalecerá a la clase trabajadora iraní en su lucha por liberarse del régimen, a los procesos revolucionarios que vive todo Medio Oriente, entre ellos la causa palestina, la lucha obrera en los países imperialistas como EE. UU., y a la clase trabajadora latinoamericana.
