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Discusiones sobre la guerra: Los factores fundamentales

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Por Víctor Montes

Este material es la primera parte de una serie de artículos del compañero Víctor Montes, que serán publicados bajo el rótulo «Discusiones sobre la guerra». Expresan la comprensión a la que el compañero ha arribado frente al fenómeno de la guerra imperialista contra Irán y la dinámica de la lucha de clases a su al rededor. Desde el PST lo consideramos un aporte al debate y uno de los puntos de partida para la construcción de una comprensión común que nos lleve a actuar desde una postura marxista revolucionaria en el momento actual.

La guerra desatada por el imperialismo yanqui y su perro guardián, el estado sionista de Israel, contra Irán, es hoy sin duda el centro de la lucha de clases en el mundo. Y por eso mismo, su desenlace impactará en todo el globo, marcando por un periodo la dinámica en la que se desarrollará el enfrentamiento entre revolución y contrarrevolución.

Los hechos muestran, a la fecha, que Trump y compañía se han metido en un pantano del que no podrán salir bien librados. Las reciente amenaza de una incursión con tropas terrestres en Irán, muestran desesperación y, de concretarse, solo puede incrementar las crisis interna en los Estados Unidos y, como hipótesis, crear una movilización mundial análoga a lo sucedido en 2003 previo a la invasión que G. W. Bush lanzó sobre Irak.

Al momento de publicarse este artículo, acaba de producirse una nueva acción multitudinaria en los Estados Unidos bajo el lema «No kings» (No reyes), contra Trump, a los que se han sumado exigencias concretas contra la guerra en Irán, además de las que exigen el fin de las redadas del Servicio de Inmigración y Control de Aduanas (Immigration and Customs Enforcement – ICE en inglés), y de los ataques a la salud pública por parte de su gobierno.

En cualquier caso, la dinámica de la guerra, al día de hoy, no es la que el imperialismo esperaba, y desde ya constituye una victoria de la resistencia iraní. De esto se desprende la importancia que tiene para las revolucionarias y revolucionarios el estudio y discusión de su carácter, sus posibles dinámicas, así como sacar las lecciones que permitan orientar la lucha del proletariado y los pueblos contra el imperialismo.

El imperialismo estadounidense ‘golpea la mesa’

Un primer aspecto clave para comprender la guerra como fenómeno de la lucha de clases, es entender de dónde viene el imperialismo yanqui y qué fuerzas le han llevado a lanzarse a la guerra.

El ataque estadounidense a Irán responde a múltiples factores. Sin embargo, los fundamentales son la necesidad de controlar recursos naturales estratégicos, entre ellos el petróleo, y la necesidad de revertir la correlación de fuerzas que se estableció tras sus derrotas en Irak y Afganistán.

Ambos factores son clave para salir de la “curva decreciente” de la economía capitalista que se abrió con la crisis mundial en 2007-2008, que fue producto, justamente, de la derrota del proyecto bonapartista de George W. Bush sobre esta misma región.

El imperialismo es conciente que para salir de esta curva, e iniciar una nueva onda ascendente para sus ganancias, requiere imponer nuevos niveles de explotación a los pueblos del mundo, controlar directamente las materias primas, desarrollar nuevas tecnologías y derrotar la resistencia que las masas ofrecen. Esa es, justamente, la ofensiva en la que nos encontramos.

Petróleo e inestabilidad

Entendido así, resulta sencillo comprender la importancia del Golfo Pérsico y, en él, de Irán. En esta región del globo se concentra la mitad de las reservas petroleras del mundo, e importantes yacimientos de gas natural, cruciales para la cadena de suministro energético global.

Por eso el imperialismo yanqui ha invertido dinero y armas para mantenerlo bajo control. No es casual que Estados Unidos mantenga al menos ocho bases militares, principales y permanentes, que suman entre 40,000 y 50,000 efectivos, se reparten entre Baréin, Catar, Kuwait y los Emiratos Árabes Unidos, estados subordinados a Washington, bajo el Comando Central (CENTCOM). Esto sin hablar del enclave colonial-militar de Israel, su principal puesto militar en la región.

Sin embargo, desde 1979, justo cuando el imperialismo iniciaba el proceso de domesticación de los gobiernos árabes del norte del África y el llamado “cercano y medio oriente”, la región se vio sacudida por la revolución iraní, que conquistó para sí, más allá de su desfiguración por la casta de los ayatolás, la independencia del país respecto del imperialismo.

Desde entonces, Estados Unidos ha intentado obligar al régimen iraní a ceder ante sus presiones y así tomar control pleno de la región. Por eso, desde el mismo año 79, Estados Unidos ha impuesto sanciones económicas contra Irán, castigando a quienes inviertan en su petróleo y limitando su sistema financiero. 

También es conocido el apoyo yanqui a la guerra desatada por Sadam Hussein contra Irán en 1980, con ayuda económica, entrenamiento y tecnología de doble uso hasta que la guerra terminó en 1988.

Sin embargo, hasta hoy, nada de esto ha dado los resultados esperados para el imperialismo. Irán sigue siendo políticamente independiente y extiende sus brazos hacia el mundo árabe, poniendo en cuestión, de forma relativa, la estabilidad de los pactos semicoloniales que los Estados Unidos han impuesto a sus vecinos.

Los lazos iraníes

El pueblo iraní no hace parte del pueblo árabe. Sin embargo, en forma absolutamente mayoritaria, comparte con éste el hacer parte del mundo islámico, particularmente, de su rama chií.

Y desde la década del 80 en adelante, mientras organizaciones y gobiernos ligados al nacionalismo árabe (panarabismo) iban abandonando sus banderas y cedían a las presiones del imperialismo yanqui, e iban reconociendo la ocupación del territorio palestino por parte del estado nazi-saionista de Israel, organizaciones político-militares chiíes, en relación con la casta sacerdotal de los ayatolás iraníes, fueron ganando espacio a partir de sus acciones de resistencia a la ocupación sionista. Ese fue el caso, entre otros, de Hezbollah y Hamas. También,  más recientemente, de los Hutíes en Yemen.

Estas organizaciones ganaron importante espacio en la vanguardia de sus países, ampliando, de paso, el radio de acción política del régimen iraní, y desestabilizando el plan imperialista.

Vista así, la existencia de ese Irán independiente, y con importante influencia en la región, es imposible de aceptar para el imperialismo.

El régimen iraní

No es el propósito del artículo, pero es imprescindible aclarar, que la independencia política que ganó Irán en el 79 fue producto de la revolución, y no de la casta chií de los ayatolás, que gobierna en forma dictatorial y reprime salvajemente al pueblo iraní.

Esta casta representa los intereses de la burguesía iraní, y como tal, mantiene negociaciones con el imperialismo, cediendo incluso en ciertos aspectos, como cuando aceptó la intervención (“supervisión”) de su programa nuclear. Y al mismo tiempo, reprime a tiros las movilizaciones que exigen libertades dentro del país. 

De ahí que cualquier análisis y posicionamiento sobre la guerra, no pueda basarse en idealizar al régimen dictatorial, ni en atribuirle un supuesto antiimperialismo consecuente, sino en partir del hecho de que la guerra desatada es una agresión imperialista artera, con propósitos muy lejanos a la libertad del pueblo iraní, que será el único que podrá liberarse a sí mismo de la dictadura de los ayatolás.

Las derrotas en Irak y Afganistán

El otro elemento que debilitó el control imperialista fueron las derrotas en Irak y Afganistán. En ambos casos, la resistencia armada contra la ocupación les obligó a prolongar su presencia y, por lo tanto, los daños sufridos por las tropas de ocupación, lo que se traduce concretamente en soldados muertos, llevando la crisis al interior de la sociedad estadounidense.

Esto ha puesto un límite a las posibilidades reales del imperialismo yanqui de sostener acciones militares sobre otros países. No hablemos de bombardeos esporádicos, como los que Obama realizó sobre Líbano y luego en Siria. Sino de acciones con despliegue de tropas terrestres para tomar control directamente de los territorios de los países agredidos.

Y ese es el límite, hasta ahora infranqueable, para una acción de esa magnitud y características sobre Irán.

Por otro lado, la situación de los regímenes construidos en forma ficticia por los yankees, tanto en Irak como en Afganistán, de permanente crisis, pone en evidencia desde el plano político el fracaso de esas guerras. En Afganistán, finalmente, se ha llegado al absurdo de que Estados Unidos tenga que reconocer que el poder volvió a manos de los mismos talibanes a los que en 2001 declararon la guerra.

La lucha del pueblo árabe

En el contexto descrito, de control del imperialismo estadounidense en la región gracias a la colaboración sumisa de los gobiernos de los países árabes, dos procesos adicionales agregan inestabilidad a dicho proyecto.

De un lado, el estallido, hacia 2011, acicateada por la crisis económica mundial y por el debilitamiento del control imperialista a raíz de las derrotas en Irak y Afganistán, de la llamada “Primavera Árabe”.

Ésta significó la caída de un conjunto de gobiernos dictatoriales, sumisos al imperialismo, a manos de las masas árabes. Los nuevos gobiernos que surgieron de este proceso de revoluciones, no son antiimperialistas. Sin embargo, son en un sentido más frágiles que los anteriores, y por tanto arriesgan en alguna medida el férreo control que el imperialismo yanqui requiere imponer en la región.

La resistencia palestina

De otro lado, con décedas de historia, la permanente y heroica resistencia del pueblo árabe-palestino, que es una herida abierta en el corazón del mundo árabe y también en el mundo musulmán. Lo que en contrapartida afecta directamente la estabilidad y existencia de su gendarme, el estado nazi-sionista de Israel.

Esta última, volvió a golpear fuerte el proyecto de control imperialista en la región, desde el inicio de la segunda Intifada, allá por el año 2000, que obligaría a la retirada unilateral de las tropas sionistas de la franja de Gaza en 2005. 

En 2006, se expresó en forma distorsionada cuando, por primera vez en la historia, la organización laica Al Fatah, del líder histórico de la resistencia palestina, Yasser Arafat, fue derrotada por Hamas en las elecciones. Victoria que no fue respetada por Al Fatah, responsable de haber entregado la lucha del pueblo palestino en los Acuerdos de Oslo.

Ese mismo año, Israel se retiraba derrotada de su incursión en el Líbano. Derrota infringida por las milicias chiíes de Hezbollah y reconocida por el propio gobierno sionista, que en 2008 concluyó en 2008, en un informe oficial, que la operación fue un fracaso y que se habían lazado a «una larga guerra, que terminó sin una clara victoria militar«. 

Este resultado fue un duro golpe para al enclave imperialista-sionista. No es necesaria una derrota aplastante para que la sociedad israelí, compuesta por colonos militarizados, criados bajo la lógica del sionismo, que combina la idea del “derecho divino” con la de un pueblo cercado por enemigos, entre en zozobra. Justamente por su carácter de enclave militar, su superioridad bélica conforma uno de los pilares de su existencia, y cada derrota, introduce elementos de crisis.

Por eso mismo la heroica acción de la resistencia palestina del 7 de octubre de 2023, era un golpe que no podían dejar pasar. Pero su ofensiva genocida sobre Gaza ha sido resistida nuevamente por el incansable pueblo palestino, lo que ha incorporado nuevos elementos de inestabilidad en la región.

En primer lugar, pues es evidente que a pesar del genocidio, el ente sionista no ha logrado acabar con Hamas. En segundo lugar, porque las masas árabes y musulmanas reavivan su odio por el ocupante sionista, y se movilizan por millones en solidaridad con el pueblo gazatí. Y por último, porque el genocidio ha desencadenado una ola de solidaridad mundial con la causa palestina que ha puesto al estado sionista de Israel en el momento de mayor repudio y aislamiento mundial. Situación que debilita aún más la estabilidad del control imperialista yanqui en la región.

Un golpe de timón

Este marco de inestabilidad en el control imperialista, debido a distintos episodios de la lucha de clases, es el factor clave para entender la necesidad de la ofensiva militar de Trump y Netanyahu en la región, así como los límites que muestra hasta este momento. 

Ambos, el imperialismo yanqui y el enclave sionista, hacen parte de un mismo proyecto de control regional al servicio del primero, en busca de salir de la crisis de dominación en la que ha entrado a partir de sus derrotar en irak y Afganistán, y del posterior estallido de la crisis económica mundial que prolonga su dinámica de fondo hasta la actualidad.

Es una nueva ofensiva contra los pueblos del mundo, pero que, como todo, se definirá en el terreno de la lucha de clases, y hasta el momento, el imperialismo tiene rostro de no poder ganarlo sin aumentar su propia crisis.

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