Escribe Federico Romero
El ataque de Estados Unidos a Venezuela constituye un hecho casi sin precedentes en América Latina. En el pasado ha habido varias intervenciones de este tipo, pero nunca de la magnitud de la realizada el 3 de enero, con bombardeos directos sobre una gran ciudad como Caracas, respaldados por un despliegue gigantesco de la principal fuerza militar del mundo.
Este hecho, revela que la disyuntiva para nuestro continente es ahora, de manera brutal, colonia o revolución. El ataque no es una intervención más: es la ejecución de una estrategia de reimpulso a la recolonización de América Latina por parte de Estados Unidos, como respuesta a su crisis y a la crisis mundial capitalista que solo puede ofrecernos más saqueo, miseria y explotación de lo que ya conocemos.
Pero como siempre sucede en las grandes crisis, también hay respuestas y una salida, que nos invitan a seguir luchando con más determinación que nunca.
Un ataque sin justificación, pero con motivaciones claras
Tampoco tienen precedente las motivaciones alegadas. Aunque se justificó inicialmente en la defensa nacional de Estados Unidos ante una presunta invasión del Cartel de los Soles –al que se vinculó a miembros de la cúpula del gobierno venezolano–, pretexto que luego fue desechado por el propio fiscal que lidera el proceso contra Maduro, debido a la ausencia absoluta de pruebas, como ya era evidente.
La verdadera motivación la expresó el propio Trump: Estados Unidos atacó a Venezuela para apropiarse de su petróleo, la mayor reserva del mundo. Así lo repiten funcionarios de su gobierno, lo que no deja dudas de que se trata de una operación de pillaje: un país poderoso contra otro más débil, en violación del derecho internacional y ante la mirada pasiva de los organismos que supuestamente garantizan el orden mundial. Una operación de rapiña colonial en pleno siglo XXI.
No solo eso. Además, Estados Unidos ha tomado el control del gobierno y del Estado venezolanos, como si se tratara de una colonia, sin fecha de vencimiento. Y pese a lo declarado por Delcy Rodríguez, todas las decisiones del actual gobierno se deciden con la aprobación previa de la Casa Blanca. De ahí que uno de los primeros acuerdos puestos en marcha haya sido el control total de la industria petrolera venezolana por parte de Estados Unidos, que ha encargado su explotación a empresas propias, principalmente Chevron.
El régimen venezolano ha sufrido múltiples ataques desde la asunción de Hugo Chávez en 1999, debido a su orientación nacionalista. Pero el escenario actual no tiene parangón. Se trata, definitivamente, de un hecho sin precedentes y de extrema gravedad para el mundo, y en particular para América Latina, pues no está en juego solo Venezuela ni su petróleo, sino una política global del imperialismo norteamericano y, en especial, su control y dominio de lo que considera su “patio trasero”.
La razón de fondo es la crisis imperialista y su respuesta para salir de ella
Desde 2008 se desarrolla una crisis mundial que tiene su epicentro en el principal país capitalista, Estados Unidos. Esta crisis es resultado del agotamiento del modelo neoliberal y de globalización impuesto tras el fin de la Guerra Fría y la caída del bloque soviético. El principal impulsor y beneficiario de ese orden fue y es EE.UU., pero su agotamiento ha abierto una prolongada crisis de la que aún no se sale. La crisis afecta no solo su capacidad de acumulación económica, sino que también profundiza el desorden mundial con conflictos y convulsiones en los cinco continentes, poniendo en entredicho su hegemonía. En este mismo contexto han emergido otras potencias, como China, que disputa espacios y segmentos del mercado mundial.
Para enfrentar esta crisis, el imperialismo norteamericano ha elaborado un plan global orientado a fortalecer su economía y su dominio. Parte de este plan es lo que, hace algunas semanas, dio a conocer la administración de Donald Trump con el documento denominado Estrategia de Seguridad Nacional de los Estados Unidos, que tiene el objetivo declarado de volver a convertirlo “en el país más rico, fuerte, poderoso y próspero del mundo”. Sobre los objetivos generales allí planteados, en realidad, existe consenso en el establishment estadounidense, más allá del énfasis personal que imprime Trump con su estilo desacomplejado y su base MAGA, vinculada a grandes capitales tecnológicos. El documento, no obstante, ayuda a comprender la política actual de Washington para enfrentar la crisis, con el sello de esa administración.
En síntesis, el documento plantea un repliegue del orden mundial de posguerra fría –basado en la globalización y la liberalización– y pone énfasis en la prioridad de la economía norteamericana para fortalecer su liderazgo y su papel de policía mundial. Así, se propone hacer de EE.UU. “la economía más fuerte, dinámica, innovadora y avanzada del mundo”, sustentada en una sólida base industrial (o de reindustrialización) y “respaldada por un robusto sector energético” basado en industrias extractivas como el petróleo. Junto a esto, busca construir “la fuerza militar más poderosa, letal y tecnológicamente avanzada del mundo, para disuadir guerras y, si es necesario, ganarlas de forma rápida y decisiva”, con el fin de asegurar su hegemonía.
En este marco, actualiza el concepto de la Doctrina Monroe, con la cual, hace más de doscientos años, Estados Unidos definió a América Latina como zona de su dominio exclusivo. Ahora se trataría de “restaurar la preeminencia estadounidense en el hemisferio occidental y proteger nuestro territorio y nuestro acceso a zonas geográficas clave”, en un contexto que considera vulnerado. A este enfoque se lo denomina en el propio documento “el corolario de la Doctrina Monroe”, al que Trump se refirió jocosamente como la “doctrina Donroe”.
Bajo esta política, Washington ha venido alineando a distintos gobiernos latinoamericanos, tanto de derecha como de sectores autodenominados progresistas. Con algunos aplica acuerdos directos; con otros, presión política y económica. Asimismo, interviene de manera sistemática para influir en procesos electorales. Trump también anunció la caída próxima de los regímenes de Nicaragua y Cuba, y manifestó su intención de ejercer control directo sobre el Canal de Panamá y sobre Groenlandia –territorio danés con enormes reservas de tierras raras, posibles yacimientos de petróleo y una ubicación geoestratégica clave–.
Esto representa un mensaje directo a China. El documento precisa una orientación: “impedir que competidores no hemisféricos posicionen fuerzas u otras capacidades amenazantes, o que posean activos estratégicamente vitales en nuestro hemisferio”. China ha desarrollado importantes relaciones comerciales con varios países del continente, inversiones estratégicas y grandes infraestructuras logísticas, como el megapuerto de Chancay en Perú. Sobre todo, ha construido una relación avanzada con Venezuela en torno al aprovechamiento de su principal recurso petrolero, sacando ventaja del bloqueo y aislamiento aplicado por EE.UU. durante años.
En este marco general puede ubicarse y entenderse mejor el actual ataque a Venezuela. Desde la perspectiva imperialista, en nuestro hemisferio, el cuestionamiento a su hegemonía tendría el nombre de Venezuela: no solo por ser un país clave por su peso y ubicación geoestratégica, y por su referencia simbólica de resistencia a la dominación imperial, sino también porque cuenta con la principal reserva de hidrocarburos del mundo, la cual está siendo aprovechada por China y Rusia.
El ataque también tiene otra lectura: es un mensaje al resto del mundo de que la administración Trump no solo amenaza, sino que actúa, respaldada por la fuerza militar que considera la más poderosa. Por ello se ha esforzado por presentar el operativo en Venezuela como uno impecable, en el que se habrían atacado varios objetivos militares y civiles, ingresado al país con una flota de aviones, vulnerado un búnker y capturado al presidente, asesinando a su guardia pretoriana, todo “a costo cero” y “sin derramar una gota de sangre”, según dicha narrativa.
En concreto, y como aspecto más importante, esta política imperialista hacia América Latina significa un reimpulso al proceso de recolonización en la que encuentra al menos desde inicios de siglo, lo que traerá más saqueo de recursos naturales, dependencia económica, presencia militar e intervención en asuntos internos, apuntalado por la colaboración de agentes políticos locales serviles. Todo lo cual, según el análisis presentado, agravaría el atraso, la pobreza y la explotación de la clase trabajadora en la región.
La caída del régimen y el futuro de Venezuela
La rápida operación que derivó en el secuestro de Maduro y la inmediata sujeción del gobierno a los mandatos de Estados Unidos constituye un hecho que exige múltiples explicaciones. Resulta difícil comprender un ataque de tal magnitud sin que se haya producido una mínima respuesta o resistencia, y más aún que el régimen se sometiera de forma inmediata a Washington, considerando que Venezuela cuenta con un sólido sistema de defensa antiaérea y una flota de aviones Sukhoi SU-30 que se encontraba en estado de alerta.
Las versiones difundidas sobre una supuesta colaboración del comandante de la Fuerza Aérea –quien habría ordenado neutralizar las defensas– y sobre la existencia de agentes infiltrados en el círculo íntimo de Maduro, que habrían facilitado su captura, aun de ser ciertas, no resultan suficientes para explicar lo ocurrido. Más aún, ¿cómo se entienden las primeras declaraciones de los principales jerarcas del régimen –Diosdado Cabello, ministro del Interior y hombre fuerte del poder, y Vladimir Padrino, jefe de las Fuerzas Armadas– llamando a la calma, así como las de la propia vicepresidenta Delcy Rodríguez, quien, apenas asumió el mando, aceptó la “colaboración” con Estados Unidos? No hubo respuesta militar, ni llamado a la movilización ni a la defensa nacional, como tantas veces se había anunciado. ¿Qué ocurrió con los “líderes” de la llamada “revolución bolivariana”, con su discurso antiimperialista y su pregonado “nacionalismo”, presentado durante años como símbolo y ejemplo para luchadores de todo el mundo? Simplemente se desvaneció.
Dado que los acontecimientos aún están en desarrollo, puede afirmarse que el régimen fue derrotado y transformado en su opuesto: un régimen colonial que conserva sus rasgos dictatoriales, mafiosos y represivos. Este viraje abrupto solo puede explicarse por la condición de clase pequeño-burguesa y/o burguesa de sus dirigentes, quienes, llegado el momento decisivo, priorizan sus intereses materiales por encima de cualquier proclama ideológica. Y esos intereses no son menores: las Fuerzas Armadas administran, en promedio, unas 200 empresas, y tanto ese control económico como el dominio del Estado –fuente central de poder y enriquecimiento– se vieron amenazados, junto con la posibilidad concreta de correr la misma suerte que Maduro. La propia administración Trump anunció que las cuentas secretas de la cúpula gobernante, alojadas en Qatar, Turquía y otros paraísos fiscales, serían congeladas si no colaboraban, bajo la amenaza de nuevos ataques.

Esta capitulación de la cúpula ha sorprendido a amplios sectores del chavismo y a sus seguidores, muchos de los cuales hablan ahora de traición. Sin embargo, cuando no traicionan uno o dos dirigentes, sino toda una dirección, no se trata de una traición individual, sino del desplazamiento de una casta o sector social con intereses propios. Lo cierto es que este viraje y la ausencia total de respuesta efectiva han dejado en evidencia a la corriente chavista y a los estalinistas que la apoyan, quienes, tras años de retórica antiimperialista y de presentar al régimen venezolano como un “modelo”, se limitan hoy a declaraciones formales y hacen poco o nada para impulsar una movilización masiva de rechazo al ataque imperialista y de apoyo real a Venezuela. Esto revela, al menos, un desarme y confusión de dichos sectores tras la deriva de su propia dirección.
La comprensión del carácter de clase de los que administran el régimen venezolano también permite comprender su trayectoria pasada, marcada por constantes oscilaciones entre la presión del movimiento de masas y la del imperialismo. Esa dinámica limitó su nacionalismo burgués y fundamentó una posición crítica e independiente frente al chavismo (como la nuestra), mientras la mayor parte de la izquierda mundial –incluidos sectores que se reivindican trotskistas– le brindaba apoyo político.
Un elemento a favor de esta cúpula, como salvavidas lanzada por el enemigo, ha sido el abandono de Trump a su principal agente y socio local, la oposición de derecha que encabeza María Corina Machado, que esperaba asumir el poder tras la caída de Maduro. Desde la perspectiva de Estados Unidos, resulta evidente que era –y es– más eficaz controlar la transición a través de un chavismo casi muerto, que conserva el control del aparato estatal y represivo y aún cuenta con el respaldo de un sector del movimiento de masas, que hacerlo mediante una oposición fragmentada y con menor capacidad de contención social.
En estas condiciones, surge inevitablemente la pregunta: ¿qué ocurre y qué ocurrirá en Venezuela? ¿De qué tipo de transición se trata? Todo indica que se avanza hacia una transición tutelada, al estilo pinochetista, con un férreo control del movimiento de masas por parte del régimen chavista, orientada a la construcción de una “democracia” neocolonial bajo control monopólico del petróleo y de otros recursos estratégicos por parte de Estados Unidos. En el Estado que comienza a perfilarse, los ex dirigentes chavistas se preparan para desempeñar el rol de administradores o coadministradores, siguiendo el camino de la antigua burocracia de la ex URSS, que terminó convertida en una nueva burguesía y en gestora del capitalismo restaurado.
Todo lo dicho no significa que esté definitivamente resuelto. Insistimos en que el proceso sigue abierto y que nada está completamente definido. En el seno del régimen –como en toda estructura mafiosa– existen disputas entre distintos grupos de interés, así como tensiones en las bases que aún controlan, lo que puede generar cambios o giros en la situación. Lo fundamental es identificar el rumbo que hoy sigue la cúpula chavista. En ese marco, la última palabra siempre lo tiene la lucha de clases.
Este desenlace ha sido posible y puede seguir rigiendo por un tiempo, porque las masas han sufrido un doble golpe. Por un lado, el de un régimen que durante años alimentó expectativas y terminó defraudándolas, empujando a amplios sectores hacia la órbita de la burguesía liberal y proimperialista. Por otro, la derrota infligida a las propias bases chavistas que aún subsistían, al transformar el régimen que apoyaron y defendieron en su contrario, en uno tutelado por el imperialismo, el enemigo que decía combatir.
Este golpe pudo consumarse también debido a la ausencia de un campo independiente y de una alternativa revolucionaria para el movimiento de masas, resultado tanto de la capitulación de la mayoría de las fuerzas de izquierda que apoyaron al chavismo, como de la dura represión estatal contra toda expresión independiente del movimiento popular y su vanguardia. Sin embargo, esas mismas experiencias abren hoy las condiciones para que dicha alternativa comience a levantarse y desarrollarse, en lucha abierta contra el imperialismo, el capitalismo y las direcciones traidoras.
La capitulación del reformismo y la respuesta del movimiento de masas
Al igual que la capitulación del chavismo, resulta escandalosa la del reformismo a escala mundial. Los gobiernos de izquierda de América Latina, que se presentan como antiimperialistas ante el movimiento de masas, no fueron más allá de emitir declaraciones formales contra el ataque de Estados Unidos. Ninguno llamó a la movilización popular para enfrentarlo, ni mucho menos decidió romper relaciones diplomáticas o afectar intereses estratégicos del imperialismo, lo que habría constituido una respuesta real. En una situación como la que atraviesa Venezuela, las palabras son insuficientes.
La respuesta genuina provino del movimiento de masas. Se registraron movilizaciones significativas en numerosos países, incluso en Europa, pero especialmente en Estados Unidos, donde las protestas alcanzaron una magnitud considerable. Esto confirma que la lucha efectiva contra el imperialismo la protagonizan las masas y no las direcciones reformistas.
Ejemplos de esta dinámica se observan también en Argentina y Bolivia. En Argentina, tras el triunfo electoral de Milei bajo el padrinazgo y la presión directa de Trump, la clase trabajadora respondió con un paro nacional y una movilización multitudinaria frente a los intentos del gobierno de aplicar la agenda impuesta desde Washington. En Bolivia, luego de la elección de Rodrigo Paz –una suerte de Fujimori con fujishock incluido–, surgido del desgaste y la decepción generados por el MAS, se desarrolla una huelga general de la clase obrera, encabezada por la histórica Central Obrera Boliviana, contra el ajuste neoliberal y proimperialista.
Por una alternativa revolucionaria en la lucha contra el imperialismo
Vivimos una etapa de creciente polarización de la lucha de clases, marcada por nuevos ataques del imperialismo y por una resistencia heroica del movimiento de masas, incluida la clase trabajadora. Palestina y Ucrania son expresiones extremas de este escenario, que se extiende prácticamente a todo el planeta. América Latina, que hasta ahora parecía ocupar un lugar secundario, ha sido empujada al centro de la escena tras el ataque de Estados Unidos contra Venezuela.
La lucha antiimperialista está presente en las batallas que libran los trabajadores de Argentina, Bolivia y otros países, pero ahora se presenta con mayor claridad para amplios sectores del movimiento de masas, al evidenciarse que el enemigo principal es el imperialismo norteamericano.
Como nunca antes, esta situación coloca en el centro de la lucha de clases en América Latina la confrontación con el imperialismo estadounidense y con las burguesías locales y sus agentes políticos. Hoy, la principal bandera es el rechazo al ataque contra Venezuela, la defensa de su independencia nacional, la exigencia de plenas libertades democráticas y el fin de la dictadura chavista. Al mismo tiempo, se vuelve urgente la lucha contra las políticas de ajuste, contra la injerencia de Estados Unidos en los asuntos internos de nuestros países, contra los tratados de subordinación y contra la presencia de bases militares extranjeras en la región.
Esta polarización plantea de manera cruda la disyuntiva de Colonia o Revolución para nuestro subcontinente. Frente a una crisis capitalista mundial cada vez más profunda, la mera subordinación ya no resulta suficiente para el imperialismo, que avanza hacia formas abiertas de recolonización. La alternativa es aceptar el camino impuesto a Venezuela y los planes de ajuste que se aplican en Argentina y Bolivia, o luchar por una verdadera independencia y soberanía.
Esta lucha solo puede ser llevada adelante por la clase trabajadora y el pueblo pobre, que nada tienen que perder salvo sus cadenas. Pero requiere un programa que vincule de manera clara las demandas nacionales con la ruptura con el imperialismo y el capitalismo, y que apunte a un socialismo auténtico, basado en el gobierno de las organizaciones de los trabajadores. Y, fundamentalmente, requiere la construcción de un partido verdaderamente revolucionario, de carácter obrero y popular, capaz de luchar por ese programa y por esa salida histórica.