Por Federico Romero
En la escena internacional el fenómeno dominante tiene la figura de Donald Trump y la política que despliega globalmente con el propósito de controlar el mundo y reforzar o reposicionar la hegemonía y dominio de EEUU. Esta realidad comprende a nuestro subcontinente, donde lo más saltante es el gigantesco despliegue militar de los EEUU en El Caribe con el propósito de derrocar al régimen de Maduro. Estos hechos ponen de vuelta la necesidad y actualidad para los revolucionarios, de colocar en el centro de nuestra agitación y propaganda la lucha contra el imperialismo norteamericano, como una tarea esencial de la lucha por nuestra independencia y el socialismo.
La vuelta de Donald Trump es producto y expresión de la decadencia que atraviesa al imperialismo norteamericano y su desesperación por mantener su dominio y control del mundo.
En la posguerra, EEUU se afirmó como el imperialismo dominante, y luego de la guerra fría, con la bancarrota y posterior caída de la ex URSS y del “campo socialista” entre 1989-1991, su hegemonía se hizo indiscutible.
Su dominio se afirmaría en años posteriores con las transformaciones neoliberales y la conquista de nuevos mercados con la desaparición del campo “socialista”, incluida China, que representaban un tercio del planeta.
Estos cambios trascendentales darían lugar a una onda de crecimiento que se extendería desde fines de los 80 hasta inicios del nuevo siglo, onda que hizo más rico y poderoso a EEUU y sus socios de Europa y Japón. Hasta que estalló la crisis del 2008, un crac económico que hundió grandes corporaciones y países, mostrando los límites de esa expansión dentro de la actual etapa histórica de agonía del capitalismo, y que abrió un largo ciclo de estancamiento de la economía mundial en la que nos encontramos aun ahora.
Del estancamiento no se cae en una recesión global –con excepción del periodo de la pandemia que obligó al cierre de la mayoría de las economías del mundo–, por el impulso de la economía china. Su inmenso mercado, las gigantescas compras que realiza para alimentar su aparato productivo y las exportaciones masivas de productos manufacturados más baratos para abastecer al mundo, actúan como locomotora que sostiene la economía global, incluida la de EEUU, la más importante del mundo, que se ha convertido en su principal socio comercial y hasta mayor acreedor. Es así hasta ahora que el dinamismo chino empezó a frenarse: para este año el crecimiento de China se estima en 4.8%, entre los más bajos en 40 años (con excepción del periodo de la pandemia).
En el marco de la globalización y el libre mercado, las metrópolis capitalistas tendieron a la financiarización de sus economías y a su desindustrialización, relocalizando o mudando sus plantas y fábricas a China para aprovechar la abundante mano de obra barata y de un régimen dictatorial que garantizaba estabilidad. Pero China no solo se convirtió en la fábrica del mundo controlada por los principales grupos económicos monopolistas, sino que avanzó y avanza a través de una forma de capitalismo de Estado y una economía dirigida, que acumula y desarrolla tecnología de manera independiente, llegando a convertirse en la actualidad en una nueva potencia capitalista. Así, de socio ha pasado a convertirse en un competidor de las principales economías del mundo, sobre todo del hegemónico, dando origen a su actual rivalidad con EEUU.
Muchos sectores interpretan la actual inestabilidad del mundo por esa competencia entre ambas naciones. Lo ven como una competencia “interimperialista” por un nuevo reparto del mundo, e incluso hablan de una carrera armamentista que nos llevaría a una nueva guerra mundial. Hay una indiscutible rivalidad entre ambos, pero es una rivalidad entre socios globales con economías que son complementarias, y donde EEUU disputa por quedarse con la mayor parte de los beneficios.
La decadencia de EEUU
La rivalidad EEUU-China es espoleada por la decadencia que hace años atraviesa la economía norteamericana. Esta decadencia es la manifestación más concentrada del agotamiento del modelo de globalización liberal, y es agravada por su papel de policía del mundo. Con las guerras de Irak y Afganistán el imperialismo no solo salió derrotado, sino más desgastado, y lo mismo sucede con su intervención en los múltiples estallidos que sacuden el mundo, entre ellos lo que sucede hace dos años en Oriente Medio detrás de la heroica resistencia palestina.
En 1945, al término de la II Guerra, EEUU aportaba el 50% del PBI global; ahora, en 2024 aporta solo el 22%. El dólar, moneda dominante en el comercio y las finanzas mundiales, representaba el 71% de los depósitos de los bancos centrales del mundo, hoy es de menos del 60%. Solo el consumo de fentanilo causó la muerte de 107,500 personas en 2023 en los EEUU. Y la pobreza en dicho país, ya se ha elevado a 12% de su población.
“Según los datos que proporcionan los organismos internacionales de referencia, como el Banco Mundial y el Fondo Monetario Internacional, EUA no puede detener el crecimiento económico de China: China ahorra el doble que EUA como proporción del PIB, invierte el doble que EUA como proporción del PIB. La formación bruta de capital fijo de la economía de EUA es de un 20% del PIB y la de China es del 45% del PIB. China tiene superávit comercial del orden de 700.000 millones de dólares al año; EUA, un déficit comercial mayor a un billón de dólares por año. La deuda de EUA es de 130% del PIB; la de China es del 75%.” [1]
La economía norteamericana sigue siendo hegemónica, pero hace años viene en tendencia decadente. Ante ello, la política de los grupos de poder norteamericano es frenar el descenso y recuperar su poder, una política que comparten tanto el Partido Demócrata como el Republicano, con variaciones más de forma que de contenido. Trump, si se quiere, es la cara más despótica y desinhibida de la rapacidad imperialista. Inició su mandato anunciando que quería comprar Groenlandia, que Canadá debería ser el Estado 51 de los EEUU, que el Golfo de México debía renombrarse Golfo de América, que iba a recuperar el Canal de Panamá….
El fenómeno Trump
Trump ha entrado en escena como encarnación de las necesidades de los poderosos grupos monopólicos norteamericanos, y en especial de los gigantes que dominan el mercado de las tecnologías. De aquí su lema Make América Great Again (Hagamos de Estados Unidos grande otra vez), que también da nombre al movimiento MAGA que lo encumbró y sostiene en el poder.
En su primer año de mandato, en el plano interno Trump se concentró en ajustes fiscales produciendo despidos masivos en la administración pública, y en un agresivo plan de persecución, arresto y deportación de migrantes. En su política exterior aplicó aranceles a todos los países sobre la base de un mínimo de 10%, y tasas más elevadas y hasta escandalosas a Japón, China, Brasil, México, incluso con aquellos con quienes tenía y tiene acuerdos de libre comercio, buscando réditos no solo económicos sino también políticos. Y en el plano militar, reforzó la ofensiva de Netanyahu sobre Gaza, bombardeó Irán; en Ucrania intenta forzar una salida negociada entre sus socios europeos y Putin, tratando de distanciar a este último de China, calculando con qué tajada se queda. Sin embargo, la mayor ofensiva militar es la que despliega estos días sobre nuestro subcontinente, con un masivo despliegue militar en las costas de Venezuela intentando forzar la caída del régimen de Maduro.
Las poses agresivas y chantajistas mostradas por Trump contra diversos países están dirigidas a arrancar diversos beneficios para EEUU y sus socios políticos. Le impuso un arancel de 25% a México y después la suspendió con el compromiso del gobierno de Claudia Sheinbaum de colocar diez mil efectivos policiales y militares en la frontera norte para controlar la masiva migración y el tráfico de drogas. Envió un avión con deportados colombianos a su país, y ante el rechazo de Gustavo Petro de recibirlos, lo amenazó con aplicarle un paquete de 25% de aranceles, además de acusarlo de narcotraficante y terrorista, obligándolo a ceder. Le impuso un arancel de 50% a Brasil exigiendo beneficios judiciales para su aliado Bolsonaro, pero al final cedió. En todos los casos, prima la negociación y el retroceso de ambos lados por las profundas relaciones económicas tejidas en años de acuerdos, en cuyo entramado predominan los intereses de capitalistas norteamericanos.
El resultado de esta política, mucho antes de cumplir su primer año, ha sido inflación (3%), depreciación del dólar y corridas en varios bancos centrales hacia el reemplazo de sus reservas en dólares por oro, presionando al alza de este mineral; y un crecimiento estimado a la baja (menos de 2%). Pero el saldo más negativo se ha dado en el plano político: en EEUU se han desatado gigantescas movilizaciones de protesta contra las políticas de Trump, y este creciente descontento se manifestó en los resultados de las últimas elecciones de autoridades locales perdidas por Trump en casi todos los Estados. El mayor resultado adverso por su significado simbólico, fue el triunfo de Zohran Mandani en New York, un musulmán de perfil socialista que defiende la causa Palestina y que es abiertamente opuesto a Trump.
“América para los americanos”
La ofensiva global de la administración Trump ha tenido en A.L. a uno de sus principales escenarios tanto que algunos periodistas vienen hablando de la “Doctrina Donroe”. En 1823 el presidente norteamericano James Monroe dijo: “América para los americanos”, estableciendo desde entonces los intereses prioritarios de EEUU sobre América Latina, con respecto a Europa. Desde entonces ha sido es así. Solo que ahora, la vuelta de la mirada y las nuevas acciones de Trump se hacen respondiendo a una nueva realidad: la creciente presencia económica de China en el subcontinente.
La hegemonía ganada por EEUU en la posguerra y luego con la globalización liberal tras la caída del “campo socialista”, llevó a considerar a América Latina simplemente como su patio trasero donde el dominio yanqui era incuestionable. En los años 90 se estableció el Consenso de Washington mediante el cual se alineó al subcontinente tras las políticas de libre mercado promovidas por el EEUU. Hubo resistencias, como el No al ALCA que hizo fracasar el primer intento de establecer un tratado comercial “de las américas”, y surgieron gobiernos y movimientos de corte nacionalista, los que sin llegar a cuestionar la hegemonía y dominio norteamericano intentaron una tercera vía (Chávez, Evo, Correa, Lula en su primer mandato). Los principales escenarios de confrontación fueron Venezuela, por la nacionalización del petróleo en uno de los países con más reservas del mundo, y Cuba, por su significado político para el subcontinente. Esto, hasta la crisis del 2008 y la emergencia de China en el mundo y su creciente presencia en América Latina.
China en América Latina
La presencia económica de China en A.L. se ha desarrollado durante el nuevo siglo, hasta convertirse en la actualidad en el primer socio comercial para la mayoría de países (entre ellos Perú, Brasil, Chile, Uruguay y Venezuela), desplazando a EEUU a un segundo lugar.
En el caso específico de Perú, las exportaciones peruanas a China en 2024 fueron de $ 25,200 millones, mientras que las exportaciones a EEUU ascendieron a $ 13,106. Las importaciones de China a Perú fueron de $ 15,800 millones, mientras que las provenientes de EEUU fueron $ 10,000 millones. En ambos casos, con un superávit comercial favorable a Perú. Perú exporta a ambos países productos primarios y sobre todo minerales, e importa de ellos maquinarias, vehículos y equipos de tecnologías, reforzando su condición de país dependiente y atrasado.
En cuanto a inversiones, la presencia China también se ha incrementado, sobre todo en minería e infraestructura. En minería sus capitales se concentran en la minería de cobre y hierro (Chinalco, Las Bambas, Shougang), y en infraestructura, toda la red eléctrica de distribución de Lima (13 millones de habitantes), el megapuerto de Chancay destinado a ser un hub logístico para unir los mercados de Latinoamérica con Shanghái; también tiene presencia en la Refinería de Talara y el Metro de Lima. La inversión en infraestructura está ligada al plan de desarrollo comercial chino a través de la Ruta de la Seda. Además, China facilita préstamos a varios países en mejores condiciones que EEUU, y establece acuerdos comerciales con aquellos que rivalizan con el país del norte.
La ofensiva de Trump
De este modo, la hegemonía norteamericana se ve cuestionada en el subcontinente. Esto explica la nueva política de EEUU hacia la región. Ya en 2022 la administración Biden se planteó en la Cumbre de las Américas la creación del “Acuerdo de Prosperidad Económica de las Américas”, APEA, orientado a fomentar inversiones en la región buscando un contrapeso al avance chino. Ahora Trump desata una ofensiva a mayor escala. Ya intervino para “recuperar el Canal de Panamá” de la presencia china. Ante la inauguración del megapuerto de Chancay, la administración Trump anunció que aplicará nuevos aranceles a los productos que vengan de dicho puerto. Y afianza relaciones con los gobiernos que le son más afines, al mismo tiempo que ataca a los que considera rivales buscando someterlos.
El derechista Nayib Bukele de El Salvador, pasó a convertirse en uno de sus socios, ofreciéndose éste a acoger a presidiarios norteamericanos en sus seguras megacárceles. Otro derechista como Daniel Noboa de Ecuador, se ofrece para volver a reabrir la base militar de Manta, a cambio de ayuda para la seguridad interna; plan en el que por ahora ha fracasado porque ha sido rechazado en consulta popular. Otros muy cercanos a la administración Trump, son los gobiernos de Paraguay, Costa Rica y hasta gobiernos de “izquierda” como el de Luis Lacalle de Uruguay. Ahora acaba de ingresar a su círculo Bolivia, con la elección de Rodrigo Paz, de derecha y elegido después de la catástrofe e ingobernabilidad que dejó el MAS en dicho país. Y hora se espera que ingrese Chile con la elección en segunda vuelta de José A. Kast, de extrema derecha, el posible triunfo también de la derecha en Colombia, en reemplazo del otro desastre que significa el gobierno de Gustavo Petro. Las mismas expectativas se abrigan también para Perú y Brasil en las elecciones del próximo año.
El más representativo de las nuevas relaciones construidos por gobiernos de derecha con EEUU, es el que muestra estos días la Argentina.
El salvataje a la Argentina de Milei
El caso de la Argentina nos revela la política de la administración Trump hacia las naciones latinoamericanas: el dominio económico directo. Milei es un gobernante ultraderechista admirador de Trump. Ganó las elecciones ante la bancarrota económica de dicho país bajo la administración del kirchnerismo, y aplicó un paquetazo ofreciendo estabilidad y un futuro promisorio; pero no logró nada de eso sino una mayor crisis con desempleo creciente, más pobreza, hundimiento de los servicios públicos y, lo que es peor, la amenaza de una nueva corrida cambiaria y espiral inflacionaria. En este contexto, las elecciones para renovar una parte de la bancada parlamentaria, se convirtieron en plebiscitarias, y a primera vista era inevitable el aplastamiento del oficialismo. Pero ocurrió todo lo contrario: el oficialismo ganó por amplio margen. Y ganó porque Trump chantajeó al país a votar por Milei prometiendo lanzarle un salvataje de $ 20 mil millones. Ante la falta de alternativas se impuso el miedo y la mayoría le dio el triunfo a Milei, que como primera medida ya anunció un nuevo ajustón con una reforma laboral incluida.
De este modo la Argentina, un país rico en recursos, pasó a atar su suerte a la de EEUU, convirtiéndose en una suerte de protectorado sin por ello saber o tener la seguridad de salir de la crisis que la agobia.
El ataque a Venezuela… y Cuba
Lo señalado no agota el plan de Trump para América Latina. Las dos piedras en sus zapatos siguen siendo Cuba y Venezuela. Hacia Cuba ya aprobó un Memorándum mediante el cual endurece su política hacia la Isla (prohibición de turismo, prohibición de transacciones financieras, financiamiento de la oposición, etc.), en un intento por acabar con el régimen del Partido Comunista, el único que pálidamente simboliza la lucha por la independencia de América Latina. Y el ataque a Venezuela dirigido a voltear al régimen de Maduro, que también es parte de esta política de aislar a Cuba, cortándole el suministro de petróleo.
No obstante, hasta hoy, el más espectacular ataque sobre América Latina y el Caribe ha sido y es el gigantesco desplazamiento militar de EEUU en las costas de Venezuela. Destructores, cruceros, miles de marines y sobre todo el portaaviones USS Gerald R. Ford considerado el más grande y moderno del mundo, se han apostado en el mar del Caribe y a pocos kilómetros de las costas de Venezuela, con el pretexto de combate al narcotráfico y a la banda criminal Los Soles, a la que pertenecería Maduro y su régimen. Así, ya se ha hundido 22 embarcaciones y asesinado a cerca de un centenar de sus tripulantes. Así, en un acto que lesiona todo el derecho internacional, EEUU se arroga el derecho de calificar como cárteles de la droga a cualquier gobierno y así justifica su ataque en nombre de su “seguridad” interior.
El último ataque militar del imperialismo que conocimos sucedió el siglo pasado, en 1982, con la guerra de Las Malvinas, una guerra del imperialismo inglés contra la Argentina. La otra fue en 1989, con la invasión a Panamá por parte de EEUU con el fin de detener al gobernante Manuel Noriega. En ambos casos, pero sobre todo en la primera, hubo una amplia solidaridad de toda América Latina, incluso con gigantescas movilizaciones y envío de armas para el caso de Las Malvinas. Ahora sucede lo contrario: ante el ataque a Venezuela y la soberanía de América Latina se produce un silencio total, no solo de todos los gobiernos incluidos los llamados “progresistas”, sino incluso de la izquierda reformista que no hace nada para denunciar y frenar dicho ataque.
Más que el combate a un cártel de la droga (calificación que puede ser usada mañana para justificar la invasión de cualquier otro país no amigable con Trump y EEUU), el objetivo del desplazamiento militar es el derrocamiento del régimen de Maduro, un régimen corrupto y asesino que bajo el ropaje del “socialismo del Siglo XXI” ha hundido la economía obrera y popular de dicho país; para reemplazarlo por un nuevo régimen con Edmundo González y María Corina Machado, cabezas de la golpista derecha venezolana, y por esa vía, adueñarse de los inmensos recursos energéticos de dicho país. Para colmo, para mejor facilitar el cambio, la Corina Machado ha sido distinguida con el “Premio Nobel de la Paz”.
Todo indica que la salida de Maduro es cuestión de días. Ninguna resistencia se puede esperar de un tirano que con la misma cobardía que ordena disparar a su pueblo se arrodilla al amo imperial. Esto significará para Trump un nuevo triunfo en su plan de sujeción y control del subcontinente.
El antiimperialismo en agenda
De todo lo anterior, deducimos la vigencia y actualidad continental de la lucha contra el imperialismo, principalmente norteamericano, bajo las viejas consigna levantadas por generaciones de luchadores, de Fuera Yanquis de América Latina. No se trata de hacernos de la vista gorda ante la presencia y saqueo que producen otras potencias, como China, y menos de verlos como progresivos como hace la mayoría de la “izquierda” stalinista y maoísta que lo apoyan, supuestamente porque sigue siendo “socialista”. Se trata de que en la hora actual quién hegemoniza ese dominio, quien interviene directamente incluso con embarcaciones de guerra, es el imperialismo norteamericano.
La situación del continente y del Perú, es resultado de su sumisión al imperialismo, relación construida por las burguesías locales en asociación con sus representantes políticos, y preservada con la colaboración de los representantes de la izquierda reformista que, renunciando a sus banderas antiimperialistas de antaño, desde los gobiernos que ocuparon u ocupan, han devenido en ejemplares implementadores de las políticas neocoloniales y neoliberales, que han profundizado dicha sujeción.
Ante esto, una verdadera alternativa revolucionaria emergerá a la cabeza de las luchas obreras y populares, explicando, agitando y organizando en la actual situación, en primer lugar y ante todo, la lucha contra el antiimperialismo, por la defensa de la soberanía de A.L. hacia nuestra segunda independencia con los Estados Unidos Socialistas de Latinoamérica; por fuera las tropas yanquis de El Caribe y de A.L., y por el retiro de todas sus bases militares. Por ruptura de los pactos militares y acuerdos suscritos como los organismos imperialistas: los acuerdos de “libre comercio”, la OMC, la OCDE, el FMI, el TIAR, el MIGA, entre otros. Y por la nacionalización sin pago bajo control de los trabajadores, de los oligopolios extranjeros de la minería, la energía, el petróleo y gas. El Perú ingresa a un nuevo proceso electoral, donde desde la derecha no solo se expresa abiertas simpatías y apoyo a la administración Trump, mostrando el futuro que nos ofrecen, y desde las opciones de “izquierda”, ni siquiera se musita una palabra contra el Imperialismo ni contra Trump. Este solo hecho muestra que las verdaderas alternativas para el país y los trabajadores no pasan por las elecciones. Pasan y se forjarán en la lucha directa, desde las calles, donde se construirá la consciencia y la organización de una nueva vanguardia política, verdaderamente antiimperialista, anticapitalista y socialista
[1] https://rebelion.org/trump-oportunidad-para-america-latina-y-el-mundo/


