En estas páginas, en la edición de febrero, resaltábamos cómo las principales autoridades y políticos del gobierno y Congreso peruanos, así como de la Alcaldía de Lima, habían expresado su admiración por Donald Trump y, en un acto que solo puede ser calificado de traición a los intereses de la comunidad latinoamericana y del Perú, habían aplaudido los anuncios del presidente yanqui de masivas y denigrantes expulsiones de latinos, imposición hostil de aranceles, amenaza de usurpación del Canal de Panamá, entre otros anuncios gorilescos.
Pues sucede que, desde el arranque de su gobierno, Trump pasó a la acción con una brutal persecución y expulsión de latinos y migrantes de otras regiones; llevó más lejos su matonería respecto de Panamá, Groenlandia, Ucrania y hasta la Franja de Gaza. Junto con eso, al principio de abril, desafió al resto del mundo entero imponiendo elevados aranceles a los países europeos, y más todavía a China y otros países asiáticos, aranceles que desde su arbitrario punto de vista considera “recíprocos”. Perú, junto con otros países latinoamericanos, fue castigado con 10% de aranceles a pesar de tener suscrito un Tratado de “Libre” Comercio, o TLC, que permite a las mercancías estadounidenses ingresar al mercado peruano con cero aranceles.
Esa medida, con la que el imperialismo yanqui lleva a otro nivel la guerra comercial que ya se vivía en el mundo, tuvo que ser suspendida por Trump por el espacio de 90 días (hasta julio), obligado por el impacto catastrófico en las bolsas de todo el mundo, en especial del Dow Jones; difícil no fijarse en la gran debilidad que muestra ese gobierno que pone en evidencia una dinámica decadente a pesar de que Estados Unidos sigue siendo la potencia hegemónica del imperialismo y militarmente la más poderosa.
No obstante, Trump mantuvo y hasta duplicó los aranceles sobre China llevándolos a 145%, recibiendo a cambio, por parte de China, una barrera arancelaría de 125%, que los chinos dicen que no van a seguir subiendo pues consideran que resultaría ridículo. Por este hecho, la suspensión de noventa días al resto del mundo no ha eliminado la incertidumbre en la perspectiva de la economía mundial y menos la desconfianza en el gobierno norteamericano; motivos para la incertidumbre hay de sobra, las potencias europeas no tardaron en preguntarse dónde irían a parar las mercancías chinas que dejarán de venderse en Estados Unidos.
Alerta en la clase trabajadora mundial
Quedó en evidencia que los aranceles de Trump no son un fin en sí mismo sino más bien una patada al tablero del orden mundial para imponer otras reglas de juego, que permitan conseguir, de manera acelerada, las ganancias que en las últimas dos décadas están en niveles muy bajos para la expectativa capitalista. Las confrontaciones por esas nuevas reglas tendrán la forma de disputas interimperialistas, pero su destino de fondo es una guerra económica contra la clase trabajadora en todo el mundo para lograr una mayor concentración de la riqueza.
No es lo más probable que las potencias económicas terminen con el modelo de la globalización, esa gallina de los huevos de oro que les ha generado enormes beneficios en las últimas tres décadas, que ha permitido un crecimiento espectacular de los negocios y las ganancias a las principales corporaciones norteamericanas y europeas, y que incluso han permitida el ascenso de China, que pasó de ser la fábrica del mundo proveedora de mano de obra barata a los negocios capitalistas de occidente, a ser una potencia económica mundial como la segunda mayor economía y propietaria de una tecnología que le permite colocar productos de mayor valor en el mundo, así como también ser el mercado para porciones importantes de la producción occidental.
Las medidas de Trump muestran más bien la impaciencia del gran capital y de la banca imperialista, exacerbada por una prolongada crisis de la ganancia, para hacer que esa globalización les brinde ganancias en mayor proporción, y eso finalmente solo lo conseguirán aumentando la explotación de los trabajadores de todos los países, incluidos los trabajadores estadounidenses.
En efecto, después del garrotazo de los aranceles, Trump se alistó para recibir a las delegaciones de las otras potencias y países (en sus palabras “todos ellos le besaban el trasero”), para negociar mejores términos para la potencia hegemónica.
Cualquier resultado de esas negociaciones tendrá como resultado final nuevos niveles de explotación de la clase trabajadora, así como la expulsión de nuevos contingentes de trabajadores del aparato productivo, bajo el paraguas de discursos de apoyo a las producciones nacionales.
Empezando por Estados Unidos. Es cierto que uno de los objetivos de Trump es proteger algunas industrias norteamericanas claves como la automotriz, pero está golpeando a la clase trabajadora con despidos masivos en el sector público, y recortes de los planes de salud y muchos programas sociales, encarecimiento de la vida que los nuevos aranceles lo agravarán. Además, Trump busca garantizar el pago de la deuda pública de 36 billones de dólares, con vencimientos de 9 billones dentro del año que irán a parar a las arcas de los grandes buitres de la banca imperialista, y la cifra crecerá aceleradamente cada año.
Entonces, es clave constatar que el aumento de los aranceles por parte del gobierno Trump, debe poner en alerta a toda la clase trabajadora tanto en el mundo como en el Perú y prepararnos ya mismo y avanzar aceleradamente en nuestra organización para estar en capacidad de defender nuestros intereses de clase, el empleo, el salario, junto con los intereses nacionales y populares frente a la embestida imperialista y capitalista.
Resistencia de las masas
Es una buena señal la resistencia que ya han comenzado a dar las masas trabajadoras y movimientos democráticos de Estados Unidos contra Trump. Hace dos meses se movilizaron los latinos en repudio a las expulsiones de migrantes, y el último 5 de abril millones de personas se movilizaron en los cincuenta estados del país y otras ciudades del mundo, con la bandera ¡Manos fuera! (Hands off!).
Estas movilizaciones podrían ser mucho más grandes próximamente cuando los nuevos aranceles se trasladen a los precios y provoquen un nuevo salto inflacionario.
La clase trabajadora debe cuidarse de dos grandes trampas: la indiferencia, es decir hacer como si no pasara nada; y, la otra, la trampa del falso nacionalismo capitalista para justificar más sacrificio y sobreexplotación so pretexto de la competitividad.
Ya hemos visto cómo con ese discurso se aplican ceses colectivos, se niegan derechos a la negociación colectiva, se pretende eliminar otros, y se empobrece más a la población mientras los ricos se hacen más ricos.
