Año y medio después: más pobres, más desempleadas, más violentadas

Colaboración de Lilla R.
Miembro de Trabajadores Socialistas del Cusco

La situación de la mujer en la sociedad de clases, y particularmente bajo el capitalismo, ha sido de opresión. Y a medida que este se hace más decadente, empeora.

Antes de la pandemia, y a pesar de los años de crecimiento económico, las mujeres ya ganábamos un 31.8% menos que los hombres. Esto era, en promedio, S/. 641.50 menos por realizar el mismo trabajo. Esto es lo que se conoce como brecha salarial y que claramente nos coloca, como trabajadoras, en un lugar de desventaja y desigualdad.

Sin embargo, la pandemia ha desvelado de manera dramática esta situación, y al mismo tiempo ha arremetido con mayor violencia contra los derechos y las vidas de millones de mujeres en el mundo, acrecentando las brechas de género, trayendo como consecuencia que las condiciones de vida de la mujer se hayan hecho aún más precarias.

Más desempleadas que desempleados

Si bien el desempleo es uno de los principales problemas en la agenda de la clase trabajadora, con un 30% de la población en edad de trabajar, sin tener dónde hacerlo, desde que inició la pandemia el desempleo femenino se incrementó en un 45.3%, mientras que el masculino, 34.9%. Esto quiere decir que han quedado desempleadas 3 millones y medio de mujeres.

Según el Banco Interamericano de Desarrollo (BID), los datos recolectados en 10 países de la región revelan que «los países más afectados con la caída del empleo femenino -como consecuencia de las medidas adoptadas frente a la pandemia- son Chile, Perú y Brasil».

Las medidas de cuarentena que impuso el gobierno del entonces presidente Vizcarra, para frenar los contagios por COVID 19, sin garantizar el empleo y la subsistencia de la población, sin duda ha agudizado la situación vulnerable de empleo de las mujeres, que en países como el nuestro se concentra mucho más en trabajos precarios, como los trabajos por cuenta propia, negocios familiares y otras actividades que no requieren una relación contractual, sin protecciones ni beneficios sociales y por supuesto el trabajo en el sector informal, que ya antes de la pandemia era conformado en un 70% por mujeres.

Es necesario tomar en cuenta que la segregación ocupacional juega un rol importante en la pérdida de empleo femenino. Los sectores productivos más expuestos a riesgos de pérdida de empleo, tenían una presencia mayoritaria de mujeres (55.9%). Los sectores de servicios y comercio, concentraban a 4 de cada 5 trabajadoras urbanas, y han tenido una disminución de la población ocupada de 56.6% y 54.5% respectivamente (datos de la abogada Jessica K. Maeda Jerí, La fuerza laboral de las mujeres al límite. Consecuencias del COVID-19 en las trabajadoras urbanas del Perú).

La cuarentena para las mujeres trabajadoras

La pérdida de empleo, sumado a las restricciones por la pandemia, ha incrementado la carga del trabajo del hogar que ya realizaban las mujeres en mayor medida que sus compañeros varones. Así, el cuidado de los hijos, que ahora hacen clases desde casa, la limpieza de la casa, el cuidado de ancianos y, por la pandemia, el cuidado de familiares contagiados, se incrementó en horas y actividades. Una labor que no es remunerada, y mucho menos reconocida por nuestra sociedad.

Podemos sumar al trabajo doméstico el trabajo remoto, para las mujeres que han mantenido su empleo, generando una doble y hasta triple jornada a diferencia de los varones que les dedican menos tiempo a tareas domésticas. De acuerdo con una encuesta elaborada por Gender Lab, durante la cuarentena las mujeres le dedicaron en promedio, al trabajo en el hogar, 9 horas y 35 minutos. Tiempo mayor respecto a los hombres, que solo le dedicaron, en promedio, 6 horas y 12 minutos.

Hay que apuntar que la mayoría de hogares monoparentales (familias con un solo progenitor que se encarga del cuidado y crianza del o los hijos) están conformados por mujeres. Lo que significa, que hay muchas madres que, de haber tenido la “suerte” de mantener un empleo en el que hacen trabajo remoto, no solo tienen la carga laboral sino además pesan sobre ellas la responsabilidad total de los hijos, el cuidado del hogar, etc. Y en el peor de los casos, están las madres que no tienen ningún empleo para mantener a sus familias, teniendo que recurrir a la informalidad para sustentarse.

Se duplica la violencia para la mujer trabajadora

Sabemos que la cuarentena ha puesto a muchas mujeres en una situación vulnerable, teniendo que vivir en el encierro con sus abusadores. La alarmante cifra de feminicidios y violaciones durante la cuarentena revela la violencia persistente en los hogares de familias trabajadoras.

Pero además, el año y medio de pandemia no solo ha sido violento con las mujeres físicamente, también ha violentado a las mujeres quitándoles el derecho al trabajo. El despido, que ya era un atentado contra la vida de los trabajadores y trabajadoras antes de la pandemia, ahora se convierte en un acto aún más violento. No es posible que en plena crisis sanitaria y sin ninguna posibilidad de encontrar un medio distinto para sustentar sus familias, mujeres y madres trabajadoras hayan sido echadas a la calle. El despido en estos tiempos no solo ha significado, sufrimiento, hambre y miseria; en muchos casos ha significado también la muerte.
El capitalismo no puede ofrecernos una solución

La sociedad capitalista califica el derecho al trabajo como un derecho fundamental, pero lo hace con hipocresía, porque día a día lo arrebata, porque sus leyes no protegen el trabajo, ni tampoco los beneficios mínimos que este derecho debería contemplar.

Son las políticas de gobierno las que han llevado a esta situación a las madre y mujeres trabajadoras, la principal preocupación ha sido mantener las ganancias de las grandes empresas, mas no el darle solución a las cuestiones más urgentes como el desempleo. Por lo tanto, es evidente que el gobierno no tiene planes de resolver estos problemas, y que el gobierno entrante muy probablemente tampoco los tenga.

Por eso es necesario que como mujeres nos organicemos, y juntos a nuestros compañeros, exijamos solución a nuestras demandas como clase y como mujeres: fuentes de trabajo estables, seguro de desempleo, presupuesto para las ollas comunes que ayudan a la sobrevivencia las familias pobres, desaparición de la brecha salarial, que se reconozca con un salario digno el trabajo del hogar, etc.

La pandemia azota nuestras condiciones de vida. Y las mujeres jóvenes y trabajadoras de todo el mundo estamos al frente de los principales procesos de lucha (Chile, Colombia…). Por eso es clave organizarnos en torno a un programa obrero, marxista y revolucionario, que guíe nuestra lucha como mujeres de la clase trabajadora, entendiendo que los trabajadores no podrán llegar a emanciparse completamente si haber conquistado derechos plenos para las mujeres, que no solo estén escritos en un papel, si no que se respeten.